Desde la acera de enfrente

La monja abortera

miércoles, 29 de marzo de 2017 · 12:00:00 a.m.
   La monja es una mujer que tiene muy buenos motivos para entrar al convento, los ha tenido ancestralmente. Cuando no estaba permitido el divorcio y una mujer tenía que casarse obligatoriamente, la monja entraba al convento huyendo del matrimonio. Hoy es una huida del hambre en la familia, en busca de la comida abundante que hay en el convento. 

La monja es una mujer silenciosa que lo mismo limpia los pisos, barre los patios, cuida las flores del jardín, limpia los altares, hace las hostias o recorre el barrio escuchando los problemas de la gente. Le gusta ponerse esas ropas anchas y ocultar su cuerpo, porque la monja es una mujer que huye también de su propio cuerpo.

La creen tonta los obispos y párrocos  y continúan sus conversaciones en su presencia, como si de un mueble más se tratara, mientras devoran las masitas que la monja cantando ha preparado para el té de los sábados.

Ella sabe por qué puerta entra la amante del cura por las noches a su dormitorio. Sabe dónde esconde el whisky y lava sus mugrientos calzoncillos tantas veces cargados de semen, tantas otras cargados de orín. 

La monja sabe que del voto de pobreza que la Iglesia proclama no hay nada. El cura tiene un cuatro por cuatro, viajes a Roma, salario, donaciones que nadie fiscaliza y una vida llena del bienestar que en el barrio falta.

Era la hermana mayor de una familia de ocho hermanos, se dedicó a criarlos, nunca hubo suficiente en su casa por eso decidió irse  al convento, su decisión fue práctica y su vida allí adentro es práctica también; baja la cabeza, obedece y calla, pero sus ojos todo lo ven, sus orejas todo lo escuchan. 

La monja ha ayudado a abortar ya a varias mujeres del barrio, ha decidido hacerlo porque aprendió el procedimiento de su madre y ésta de su abuela.  Cuando vio que una mujer murió por aborto dejando tres wawas huérfanas decidió ayudar a cualquiera que se lo pidiera, sin sermones y por puro sentido de justicia. Piensa que el cura y la madre superiora de esto no saben nada, y se escurre por los callejones con cualquier pretexto cuando de realizar un aborto se trata, pero el cura y la superiora lo saben y se callan.  Ellos prefieren el silencio porque le tienen miedo a la monja mansa, el párroco no olvida la ocasión en que la monja ayudó en el aborto de una novicia que estaba embarazada del seminarista. El cura tiene temor que se destape que él también exigió a una catequista que abortara. 

Cura, madre superiora y monja abortera aplican cada uno, por intereses distintos, algo que ha hecho de la Iglesia una institución milenaria; aplican la ley del silencio. 

La monja no es ni filósofa ni teóloga porque a la Iglesia no le interesa que las mujeres allí adentro piensen ni tengan formación profunda, sabe apenas algo de catecismo que les enseña a los niños jugando fútbol y pesca pesca. La monja es humilde y callada, y cuando sermonea el cura, ella se distrae mirando como el gato de la parroquia se coloca en la puerta de la sacristía a darse placenteros lametones. Evita mirar  la cruz colocada al centro del altar, porque más de una vez ha visto al Cristo crucificado convertido en una mujer.

La vida sexual en el convento está llena de amenazas, violaciones, abortos clandestinos y obligatorios, de hijos bastardeados, de sentimientos de culpa y de humillaciones, y es la necesidad de tapar eso la que saca el cura en el sermón de domingo. Por eso predica gritando y condenando, porque no puede más con su doble moral, porque no puede más con su doble vida. 

La monja nunca lo dirá, nunca se rebelará, nunca huirá del convento, ni dejará las tareas sin hacer porque es uno de esos seres mansos que pasan en la vida por tontos a los ojos de los poderosos.

Las hostias que se comen los católicos en la comunión están hechas de una masa humedecida con lágrimas de monja, catequista y feligresa violada, manoseada y humillada. Esas hostias están amasadas con semen de cura hipócrita, de seminarista que exige sexo sin condón. La plancha caliente que aplana las hostias y las cuece está calentada con el calor del dolor contenido del que está prohibido hablar.

La tijera filosa con la que se cortan las hostias que se comen los católicos en la comunión es el filo con el que se amenaza a cualquiera que dentro el convento ose decir la verdad y nada más que la verdad.

Tu Iglesia crucifica mujeres cada día, el feminismo las resucita.

María Galindo es miembro de Mujeres Creando.
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