Desde la acera de enfrente

Mi casa sin marido, mi trabajo sin patrones

miércoles, 16 de agosto de 2017 · 12:00:00 a.m.
La calle, en La Paz y El Alto y en todo el eje central del país ha sido convertida en un medio de subsistencia.

Ante el desempleo generalizado, ante la imposibilidad de encontrar un trabajo, ante la irresponsabilidad paterna generalizada y ante la necesidad de llevar adelante un trabajo en condiciones que te permitan además criar a tus wawas, cientos de miles de mujeres han ido tomando las calles de las ciudades para inventar modos de subsistencia. En este ejercicio han llegado a construir auténticas ciudades paralelas que se montan y desmontan todos los días.

 Ciudades paralelas llenas de color, llenas de servicios baratos y al paso para comer, para refrescarse, para pasar por circuitos de la ciudad como quien pasa por un patio interior colectivo donde las wawas juegan, donde se hace la siesta, donde se charla entre desconocidos, donde hay inclusive teatro gratuito, escuela política y análisis de coyuntura al paso. Son inclusive dueñas de "opinión pública”. 

Esta toma del espacio público tiene una larga historia, con esta intensidad 25 años de historia, porque surge de forma paralela a la privatización de las empresas,  la relocalización minera, la migración masiva a las ciudades, etcétera.

 Esa historia está marcada no sólo por la espontaneidad y la lucha por el espacio, sino por el surgimiento de mafias que administran el espacio público a través de las federaciones de gremiales que ofrecen "tranquilidad” y "derecho propietario” a cambio de fidelidades a dirigentes mafiosos y pagos por el espacio. La leyenda de Braulio Rocha en El Alto y el matonaje que pueden instalar para lograr esa fidelidad es sólo un ejemplo. En la ciudad de La Paz sucede otro tanto.

 Ningún gobierno municipal ha podido entender el problema y menos aún ofrecer una solución. 

Revilla ofrece carnetización y las gremiales rechazan en masa esa oferta porque no confían en la Alcaldía como institución, y aunque están sometidas a la mafia que controla el espacio público en la ciudad, prefieren tranzar con esa mafia que creerle al gobierno municipal. Otro poco de lo mismo está pasando en El Alto.

 El problema central está en el hecho, especialmente en el caso del gobierno municipal de La Paz, en que viene gobernando pensando la ciudad para el varón, blanco, enternado, que tiene que trasladarse a su oficina. Es un gobierno municipal que tradicionalmente  ha despreciado a la vendedora y que ha gobernado para expulsarla de la calle. Un gobierno municipal que la considera un estorbo, un impedimento y la expresión de desorden.

 El divorcio entre vendedoras de la calle y gobierno municipal es también físico porque tenemos innumerables ejemplos de pésimos mercados que han roto la estructura arquitectónica de la ciudad, pero que al mismo tiempo no le han ofrecido a ella condiciones dignas que le permitan creer en el gobierno municipal.  Los ejemplos de La bolita en el Teatro al Aire Libre, donde se pretendió relocalizar el comedor popular más céntrico de la ciudad, donde se endeudó a las comideras y resultó ser un fraude; el caso del mercado Lanza, que es un refrigerador sin las mínimas condiciones para cocinar, donde ellas tienen que sacar sus baldes a un costadito y donde se mueven apenas por la estrechez de sus casetas; el caso del mercado del cruce San Antonio, donde no han podido ingresar la mayor parte de vendedoras, porque arquitectónicamente el mercado no es operativo y porque los puestos, en ningún caso, han sido repartidos con transparencia. Éstos y muchos otros ejemplos funcionan como alertas generalizadas para el movimiento gremial de que en este gobierno municipal no se puede confiar.

 La falta de buena fe del gobierno municipal en su diálogo cotidiano con el movimiento gremial hace que el proyecto de carnetización nazca muerto.

La comerciante quiere usar su puesto, pasárselo a su hija; si no lo necesita, disponerlo para su comadre o alquilarlo, porque es un medio de subsistencia que aunque no responde a las leyes estrictas de la propiedad privada, sí supone una cantidad de horas de trabajo que han convertido el puesto que ella ocupa es un auténtico puesto de trabajo sostenible con clientela ganada que no es del gobierno municipal, sino de esa comerciante ingeniosa que se inventó el paraíso en el centro paceño.

María Galindo es miembro de Mujeres Creando.
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