Continuidades y rupturas

La esperanza no es una estrategia

jueves, 21 de julio de 2016 · 12:00:00 a.m.
En noticia de decimotercera plana en los periódicos y de apenas breves caracteres  en los canales de televisión se anunció la conclusión  de uno de los conflictos más denigrantes de este siglo en el país. Después de más de 80 días de movilización, los últimos combatientes de los discapacitados recogen silenciosa y mustiamente sus últimas pertenencias de las calles del centro de La Paz, en medio de un paisaje desolador.

 No hay peor derrota que aquella que proviene de un escenario totalmente vacío de resultados. No se trata, como en otros casos, de una negociación desventajosa, sino que, literalmente, se van con las manos vacías. Quienes partieron con ímpetu y valor -porque no se puede decir menos de quienes con graves problemas físicos enfrentan una larga y sacrificada movilización- ahora se repliegan sobre sus pasos ante la indolencia, no sólo de quienes eran responsables de resolver un grave problema humano y social, sino de la propia ciudadanía, que al correr de los días parece haberse acostumbrado a su presencia, a veces molesta, en medio del paisaje ruidoso y apresurado de la urbe paceña.

 Una  de las estrategias políticas para enfrentar el conflicto, utilizada por el Gobierno, ha sido apostar a su desgaste, que resulta verdaderamente cruel ante un sector con escasísimos recursos para mantenerse en pie de lucha, al punto que muchos de ellos terminaron pidiendo limosna para sobrevivir al intenso frío y al aislamiento a que fueron conminados. 

 ¿Es humanitario apostar al desgaste de un sector que de hecho inicia la lucha desgastado? Esta pregunta, que ahora parece cobrar sentido, no conmovió a quienes planearon fríamente neutralizar el conflicto. La segunda estrategia  hábilmente utilizada -como  otros casos- fue la división de la organización, propiciando  que fracciones de los movilizados y algunos dirigentes negocien o se reúnan con las autoridades; mientras los otros  eran los irracionales, desconsiderados con el país e, incluso, infiltrados de la oposición simplemente porque insistieron en no renunciar a su  demanda.

 La tercera estrategia fue la represión,  que produjo verdaderas escenas de terror en los alrededores  del cerco metálico que protegía al centro de poder en la plaza Murillo.  ¿Protegiéndose de la furia armada? ¿De manifestantes que podían correr y derribar las puertas del Palacio Quemado? No sucedió una vez sino varias, en distintas ocasiones. 

 La cuarta estrategia fue denostar al movimiento a través de propagandas gubernamentales, difundiendo la racionalidad y benevolencia de la posición oficialista frente  al despropósito de la demanda e instalando otros temas de "preocupación” nacional, invisibilizando así la protesta.

 Más allá de quién se trate –aunque éste no es un dato menor- el Presidente simplemente no recibió a los marchistas. Además, las preocupaciones de la vida cotidiana de los y las bolivianas  terminaron convirtiendo la movilización en una anécdota más en la amplia colección de conflictos del turismo aventura de las calles bolivianas. 

 Se acabó.  Sin embargo, no es concebible pensar este acontecimiento como "un triunfo” gubernamental por la maniobra desplegada frente a un sector, que por sus características debió ser atendido como prioridad humanitaria. El costo vendrá de la historia, como un desagravio para quienes no pudieron, con fuerza propia,  decir su palabra.

María Teresa Zegada es socióloga y analista.