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Palabras vacías

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jueves, 01 de marzo de 2018 · 00:05

Promesas incumplidas, discursos carentes de contenido,  sonidos distantes de cualquier  referencia con la realidad, conectores  entre palabras (stop words), ausencia de sentidos y una innumerable lista de definiciones rodea  la noción de palabras vacías. Tendemos a relacionarnos con ellas  a partir de alguna experiencia negativa directa,  frustraciones, una gran decepción  o distopías encubiertas. 


 Varias palabras en el país han pasado en los últimos diez años a los anaqueles de las palabras vacías. Revolución, socialismo, descolonización,  plurinacionalidad, entre muchas otras. Pero en realidad no se trata de hacer un ajuste de cuentas o discutir cuán vacías o llenas están las palabras, dependiendo del punto de vista del observador, sino de encontrar sentido a las que aún persisten. 


 Una de las que todavía está en medio del escenario público es la palabra democracia. Es evidente que el énfasis depende del adjetivo que se le agrega: democracia formal, democracia participativa, democracia deliberativa, democracia real, democracia liberal… y de los discursos a los cuales se articula para adquirir significado.


 Sin embargo, hay algunas condiciones  de la palabra democracia que prescinden de los adjetivos y que forman parte del sentido común, por tanto no son negociables: una es la vigencia de leyes y reglas que regulan la convivencia social y el ejercicio de derechos; y la segunda es la participación en las decisiones. 


 El año  2009 se ha sellado un acuerdo constitucional con la promulgación del nuevo texto, que no sólo refleja las expectativas en relación con de los cambios acaecidos en los últimos años, sino que fue  producto de un amplio y controvertido debate durante la   Asamblea Constituyente, y que entre sus resultados ratifica la voluntad política de preservar y profundizar la democracia como régimen político y como espíritu de convivencia social.


  Por las características señaladas, esta palabra  compromete prioritariamente al  Estado, que es el responsable de su acatamiento y preservación. Por esta razón han causado tanta indignación los acontecimientos relacionados con  la insistencia del partido de gobierno en la repostulación del actual Presidente.


 En primer lugar ignorando los resultados  del referendo del 21 de febrero,  que fue convocado por la propia ALP, y cuyo proceso y resultados fueron incuestionables debido a que se acató la norma y fueron refrendados  por el Órgano Electoral, que hoy tiene la difícil tarea de velar por su cumplimiento.

Y en segundo lugar,  por la ratificación de esta voluntad política particular en  el fallo emitido por el Tribunal Constitucional Plurinacional que, bajo argumentos forzados de la normativa internacional, se pronunció días antes de la cesación de funciones de los responsables.


 La institucionalidad democrática no es una anécdota histórica,  la reiteración periódica de un rito formal o “el apego abstracto a la norma”, como dice el Vicepresidente.  La conquista de la democracia a fines de los setenta implicó el costo de vidas humanas y de intensas luchas sociales, por lo que durante sus más de treinta años de historia, junto a los esfuerzos a veces fallidos por mejorar el andamiaje institucional, ha ido forjando silenciosamente una ciudadanía que hoy se expresa  en defensa de los derechos establecidos precisamente en la nueva Constitución. 


 De ahí que, las recientes movilizaciones no pueden interpretarse como un hecho  casual u orquestado por intereses ocultos del imperio o de los partidos opositores -que sería otorgarles un poder y capacidad de acción política que no la tienen-  o, peor aún, que responden a una confabulación maléfica de las redes sociales, sino reconocer a tiempo el enorme costo que puede significar abandonar el significado sustantivo de la democracia, una democracia sin adjetivos.

María Teresa Zegada es socióloga.

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