Desde el mirador

Autores crueles en la ciudad

lunes, 01 de agosto de 2016 · 12:00:00 a.m.
Para proteger la visión podemos cerrar los ojos. Lamentablemente no es posible hacer lo mismo con los oídos. Y en nuestro entorno está presente una agresión acústica de todos los días. Se la considera, científicamente, como la polución mayormente penetrante; peligrosa para el cuerpo y el alma.

Es difícil citar el número creciente de personas afectadas por el ruido. Lo que se sabe a ciencia cierta son las consecuencias anímicas y físicas:   daños al órgano del oído, porque el ruido causa la muerte lenta de las células auditivas, dolencias cardiovasculares, depresiones, úlceras de estómago, problemas de comunicación y reducción de la capacidad de rendimiento.
 
El poder y la crueldad del ruido tiene un ejemplo en la investigación de Gret Peters, de Neue Zeit, Berlin:  "el Imperio chino de Ming-Ti, en el año 221 a. C., introdujo la muerte por el ruido como castigo por delitos graves”.  Así se demuestra de manera tan terrible, como espectacular, el potencial destructor de los "desechos acústicos”. Y no es necesaria la imposición, como en el ejemplo mencionado,  el fenómeno puede dominarnos sutilmente por situaciones constantes, aparentemente inofensivas.  Muchos conductores de vehículos se han familiarizado con ruidos cuyas intensidades oscilan en torno a los 120 decibeles (dB), (casi el doble de lo normal) y es poco probable que jóvenes que asisten consuetudinariamente a discotecas consideren molesto el torbellino sonoro de esas salas, a pesar de que se llega a los 130 dB, comparable al estrepitoso despegue permanente de aviones a chorro.
 
Muchas veces nos hemos ocupado del importante y delicado asunto pero, como otros, quedó en la impunidad. Quienes tienen la responsabilidad de velar por la salud y el bienestar de la comunidad se limitaron a intentar prevenciones en tanto el exceso de ruido en la ciudad afecta a la población. Además, para citar otras realidades,  cuando en la calle se reclama a algunos de tantos comerciantes abusivos del uso de tremendos y sobremodulados equipos de amplificación, dicen que cuentan con autorización municipal.. .y así inundan las vías públicas, desde la puerta de cualquier negocio, o en puestos callejeros de venta, con atormentadores ruidos.
 
Por su parte, conductores de vehículos de transporte público y particulares se solazan con el uso y abuso de la bocina; pareciera que así vuelcan complejos y fobias, porque no se justifica abrirse paso a bocinazos. En el centro el problema es caótico y zonas descongestionadas de tráfico vehicular también son campo abierto para los impacientes que no conocen la tolerancia y manejan motorizados  a plena bocina.
 
Se dan acontecimientos en los que en la noche, horas en las que la gente necesita acogerse al re poso, no puede hacerlo porque muy cerca se establecen lugares de diversión nocturna,  sin ningún tratamiento de aislación acústica, lejos de toda norma. Y los que viven por allí sufren la agresión intolerable.
 
Un caso especial es del Centro Ferial y de Convenciones Chuquiago  Marka, ubicado en Següencoma Bajo. Era una necesidad para la ciudad de La Paz, nadie diría lo contrario, pero en lugar de realizar actos de esa naturaleza se ha trastocado lo que debe ser racionalmente en sus salas o en su auditorio, con la actuación de grupos musicales con sistemas de amplificación de increíble número de parlantes de alta capacidad, ciertamente  ensordecedores.  Lo malo es  que no se toma en cuenta que está establecido en un barrio residencial  y la vecindad, incluso con personas enfermas, se la tiene que aguantar impotente.    
 
Para resolver los problemas expuestos y otros evidentes que se relacionan con la cruel contaminación acústica, seguramente hay medidas claras y contundentes.  En otras ciudades lo  han logrado no obstante una mayor densidad demográfica que la nuestra. Lo primero es que no se preste oídos sordos a los constantes reclamos sobre este tema que lastima a tantos habitantes, en  los cuatro costados de la ciudad. Luego, alentar cuidadosos  estudios de esa problemática y, finalmente, sin privilegios, aplicar las medidas que correspondan.
 
Vivimos en un ambiente vejado y hostil, en medio de una estridencia excesiva, y no sugerimos vivir en una ciudad con la paz deliciosa que genera un riachuelo de estas montañas o del canto matinal y arrullador de los pájaros que deleitan como  regalo de la naturaleza, simplemente este es el eco de la gente que desea una ciudad que no sea irritante, si no sana y placentera. 

Mario Castro es periodista.