Desde el mirador

El importante diálogo ausente

El importante diálogo ausente
El importante diálogo ausente
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lunes, 15 de enero de 2018 · 00:05

Vamos a llamar “al pan pan y al vino vino”,  se dijo muchas veces;  tan repetidamente que, al final, casi nadie creyó, inclusive quienes pregonaban esa frase al promocionar los diálogos entre integrantes de alto nivel del Gobierno y representantes de diferentes regiones o de distintos sectores que hacen la estructura de nuestro conglomerado social.


 Sus planteamientos no resistieron la confrontación de los hechos. Y algunos de los ciudadanos creyeron ingenuamente que en los protagonistas del anunciado diálogo había un bienintencionado deseo de hablar con transparencia, pero tuvo preeminencia un “diálogo de sordos”.


 Muchos de los hombres públicos y más aún cuando disfrutan de poder político explayan el oficio de hablar con extraños disfraces literarios, sin responder a lo que se demanda o a lo que se pregunta en el caso de tratarse de medios de comunicación social, incluso  cambiar “en contramano” lo que decían al principio para terminar de modo insospechado. Se nos ha hecho familiar que se repita ese recurso conocido.


 Lo más deplorable es que tratándose de asuntos de la mayor trascendencia y estar en juego la suerte del país, ellos mismos ahuyenten el diálogo. Una de sus armas fue el doble discurso que todo lo confunde. Igualmente el “doble lenguaje” como lo define el lingüista español Amando de Miguel, en su obra  La perversión del lenguaje  señalando:  “No es sólo el ardid de presentar etiquetas más vistosas.

Consiste en un indecible truco retórico por el que cuando se afirma algo, en realidad se está transmitiendo otra idea, a veces la contraria,  que revela hasta una oculta mendacidad. Una regla hermenéutica para esos casos es que las afirmaciones hay que tomárselas con bastante relatividad”.


 Enfocando centralmente el asunto -motivo de este análisis- la palabra diálogo se ha trillado tanto que ha perdido credibilidad; penosamente se ha devaluado  al extremo del fracaso de toda posibilidad de entendimiento. Esta actitud tiene doble vía, lo hacen  desde las dos orillas de los conflictos, quienes reclaman y los llamados a resolverlos.      Resultado: posiciones enguerrilladas que alejaron a las partes en pugna.  Los unos y los otros dicen que luchan por la unidad  del país y no vemos acciones para preservarla, pero sí para destruirla.


 No nos detendremos en sustentos legales argumentados en defensa o denuncia del desencuentro que exigía precisamente el diálogo. Pero remarcamos que pudo haber sido útil, como ninguna otra herramienta,  por grandes que hubieran sido las discrepancias, para evitar los riesgos en los que estamos envueltos.


 Hay otras aristas vidriosas en la cuestión: muchas veces los intentos de modificaciones  indispensables, que gratificarían a la sociedad,  han provocado, por factores de distinta índole -no exento el político partidario- corrientes encontradas alejándose del camino del diálogo.  En otros casos, planificaciones anticipadas,  con el propósito de mejorar los andamios por los que caminamos han encontrado barreras difíciles de superar y no han sido posibles entendimientos que sólo se alcanzan mediante la posibilidad de dialogar.


 En el sintético balance esas posiciones se han caracterizado por una deplorable  pugnacidad, gastando las mejores energías, en una suerte de guerra intermitente librada por responsables de la función pública y los dirigentes de diversos sectores provocando incendios innecesarios y que, sin embargo, afectan casi a todos,  incluidos los que no quieren ser ni espectadores de esas escaramuzas.  


 Esta situación de embrollo, entre autoridades  y ciudadanos de la sociedad civil reclama oxigenarse con un diálogo sincero. Tal vez estemos aún a tiempo de recuperarlo, donde toda proposición y discusión de soluciones a problemas cruciales sea sin eufemismos, hipocresías y dobleces. Algunos seguimos empecinados en creer  que el entendimiento sereno y serio entre bolivianos es posible.


 Finalmente, ahora que se adoptó la iniciativa de constituir el Consejo Nacional de la Democracia (Conade), como lo hubo en la dictadura de García Meza,   se debe  desbrozar el camino para llegar, mediante el encuentro, a un debate franco. Quienes proclaman la paz y la unidad en el país, esperan, como primer paso,   una agenda precisa que comience por propiciar el  esperado diálogo.   


El ámbito político está densamente poblado de planteamientos, muchos de ellos ilógicos, algunos contradictorios, y unos cuantos con una carga de racionalidad y credibilidad. De ahí la búsqueda de llegar al entendimiento entre los protagonistas del hecho político.  Diálogo es la voz generalizada.


 Hay que agregar -somos voceros oficiosos de mucha gente- que también espera que los políticos -quizás haya excepciones- pasen por encima de las diferencias secundarias y no pasen y pisen la democracia.

Mario Castro es periodista.

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