Desde el mirador

La fiesta tiene límites

La fiesta tiene límites
La fiesta tiene límites
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lunes, 12 de febrero de 2018 · 00:05

Como es natural nos sobrecoge enterarnos de la muerte de algunas personas que fallecieron en accidentes de diversa índole, particularmente en días como los del carnaval transcurrido.  Pero.

¿ tenemos ese sentimiento de pesar por la muerte de millones de neuronas, aquellas células que tienen que ver con el principal centro nervioso del ser humano, el cerebro?.  En general no nos da pena el hecho de que en una noche de juerga perdemos millones de esas importantes células por haber bebido alcohol, con tanta euforia.


Está comprobado que el alcohol afecta orgánica o físicamente,  además de resentir nuestra salud psíquica hasta el extremo de desmoronar nuestra personalidad.  Lo malo es que fácilmente se puede pasar del hábito al vicio.  Así se ha ido formando un gran conglomerado social nuestro, a todo nivel, con  las   características, en alto porcentaje, de una población alcohólica.


Viene a cuento citar algunos antecedentes.  Es  sabido que todo comenzó en procurar obtener una sustancia que le provocara al ser humano un estado especial:  vinos y otros licores,  hace unos 3.000 años antes de Cristo  y más tarde otras bebidas , hace unos 800 años; es decir, que desde tiempos muy remotos se aprendió a fermentar granos y jugos, seguramente sin que se pensara que se convertirían en una de las peores plagas que azota la humanidad.  


Desde hace tiempo y en la actualidad,  generalmente se soslaya la verdad argumentando que el consumo de alcohol es un factor de “integración social” o en otras palabras “un estimulante que favorece a la convivencia entre las personas”.  También se dice que una pequeña medida de whisky, por ejemplo, proporciona la mitad de calorías diarias que necesita un adulto, pero olvidan que no tiene valor nutritivo,   es más, el alcohol reduce la esperanza de vida de 10 a 12 años.  Es evidente que se trata de una enfermedad camuflada influida por estímulos como la genética, la psicología y la cultura
Pasando por alto esas sus características negativas, no obstante recomendaciones expresas en alguna medida,  no hemos alcanzado una exacta comprensión de consumirlo con moderación y en los contextos permitidos.


Ubicándonos en el entorno más próximo comprobamos como resultado de  estos carnavales  (así como en otras circunstancias festivas)  que son muchos los accidentes de tránsito - al margen de violentas peleas inclusive en la calle- a consecuencia del uso desmedido de alcohol,  productor de alteraciones que afectan la percepción de los sentidos y disminución de reflejos, de confusión mental y falta de coordinación motriz,  que deterioran toda capacidad.  Se deriva de todo esto que el alcohol no es el elixir del placer. Es  el causante de estragos que pueden ser irreversibles.


Debemos reconocer, llamando a las cosas por su nombre,  que se trata de un nivel ostensible de alcoholismo.  Sin  embargo de la gravedad que entraña,  en  distintos estratos sociales,  esta enfermedad que es tal,  es motivo de orgullo  y la exhiben grotescamente, o es motivo de sus relatos y de sus anécdotas.


No sólo son los adultos que integran esa legión de bebedores, lo penoso es que muchos  jóvenes se involucran en “la fiesta y el alcohol”.   La creencia más compartida entre los diferentes grupos juveniles  tiene que ver con la asociación, según su opinión, entre el consumo de alcohol y  una potenciación de la  alegría, euforia, superación de la timidez y retraimiento, mejoría del estado de ánimo  y  posibilidad de diversión e integración dentro del grupo de amigos donde la mayoría consume.


Así puede llegar un momento en que,  adultos o jóvenes, no tengan control sobre los límites  de su consumo cuya dependencia va en aumento a medida que se desarrolla la tolerancia como enfermedad y  ahí está el importante rol de la educación en las aulas de escuelas y colegios para que los estudiantes sepan bien de que se trata y consideren su consumo como puerta de entrada hacia la adicción a otras drogas.


La juventud, como regla general, no asocia el consumo de alcohol con los problemas que de él pueden derivarse.   Espera del alcohol cambios positivos globales como facilitador de expresividad emocional y potenciador de las relaciones sociales,  y a la vez no cree que dicha sustancia tenga consecuencias negativas, influyendo considerablemente en un mayor consumo durante el fin de semana, y no únicamente en fiestas  de carnaval donde las relaciones interpersonales se intensifican. 


El antídoto de lo analizado está en actitudes responsables.  Que el alcoholismo no siga destrozando los tejidos de nuestra sociedad.  Necesitamos un país saludable y con sólidas fuerzas espirituales.

Mario Castro es periodista.

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