Desde el mirador

La cucaracha

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lunes, 04 de junio de 2018 · 00:06

 Hay una canción popular y tradicional cuya letra dice: “La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar,  porque no tiene, porque le falta una patita para andar…”. La cuestión puede comprarse con el desarrollo, si no contempla  el factor cultural, respaldado por idóneas políticas de Estado.  No pisamos en falso, como esa cucaracha,  al plantear este análisis. 

 Las aspiraciones de desarrollo deben proyectarse teniendo en cuenta todas las  dimensiones culturales, es decir  ese amplio espectro del conocimiento humano, sus antecedentes ancestrales, su propio avance en función de nuevos alcances, la influencia de flujos de afuera que los adoptamos o adaptamos, en fin cuanto hace a nuestra identidad.  

 No hacemos referencia en lo cultural sólo a las manifestaciones intelectuales o a las vinculadas  a lo artístico, de bellas artes o expresiones menores,  sino a todo lo inherente a la satisfacción espiritual como también lo concerniente a lo material e incluso  los usos y costumbres.  Cuando me refiero al desarrollo, asunto que se menciona reiteradamente,  no sugiero exclusivamente el apuntalamiento solidario al crecimiento económico o el apoyo centralizado en el progreso tecnológico, sino un amplio horizonte al que concurren diversos factores que hacen al bienestar de la sociedad y el florecimiento de sus   manifestaciones culturales. 

  En todo este amplio  espectro  tienen su rol diversos sectores con formación profesional,  en antropología, sociología,  pedagogía, comunicación y otros  cuyo aporte, en cada caso, sin duda, será de contribución a esa finalidad  dado que a través de estos es posible el fortalecimiento del sentido humano y social.

 Que no se entienda que el proceso cultural,  que representa esa  cuota trascendente  debe estar expectante del desarrollo, sino que, incluso debe adelantarse. Hacer que siempre pueda dar pasos adelante.  Ni siquiera debe condicionarse a ver los resultados del desarrollo para impulsar la fuerza cultural,  incluidas nuestras acciones.  

 Nadie pondría en duda que de ese modo, en consonancia con el desarrollo,  se podría superar carencias ostensibles que afectan a la marcha del país hacia adelante.

Naturalmente que la base fundamental radica en contar con políticas de Estado adecuadas y, por qué no  ambiciosas,  que deben ser ejecutadas por gente con dominio en cada materia y dejar de lado las improvisaciones, ya que de esa manera no caminaremos como “la cucaracha de la canción.

 No olvidemos que muchos proyectos de desarrollo han fracasado por no contemplar las condiciones culturales y las pretensiones  de esa naturaleza de  la colectividad entera.  En ese escenario la atención a la cultura, las facilidades que debe prestársele y la adecuada divulgación de la misma tiene fuerza movilizadora,  especialmente en un país como el nuestro que viene luchando, desde hace mucho tiempo, por dejar atrás el subdesarrollo.

  Colegimos, por otro lado, que armonizando estos factores también se  puede  construir los andamios de la reclamada integración nacional de un modo real. Su efecto puede proyectarse a lo largo y ancho del país, entendiéndose el desarrollo como progreso para todos y creando, en tal virtud, una mentalidad que una las distintas regiones del país y sus cuatro costados.

  La valoración de esos factores es casi obvia: desarrollo, como necesidad para salir de postergaciones evidentes,   procesos culturales asumiendo el país diverso que nos ha tocado para vivir, porque no hacerlo sería desconocernos a nosotros mismos y teniendo en cuenta el paso acelerado de los avances de la tecnología,  para que esta contribuya a alcanzar como país un mayor peso específico del que tenemos.

 Ahora, naturalmente, quisiéramos que ese desarrollo sea producto de la amalgama de los componentes anotados; que no le falte ninguno de ellos y, si estamos involucrados, que las intenciones para el  desarrollo  no pasen de eso,  de ser  intenciones, nada más, y que como a “la cucaracha” ver que algo le falta para que  camine,  sin  cojear penosamente y, aun peor, mirar que se detenga.

Mario Castro es periodista.

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