Dársena de papel

Unidos por el espanto

lunes, 16 de octubre de 2017 · 00:00
Con más inteligencia política y menos policial, otro gobierno —uno despierto— hubiera disimulado sus nervios evitando el patético despliegue de cartelones para exponer en conferencia de prensa los rostros de "prontuariados” neoliberales que, mal que le pese, no han cometido delito alguno al manifestarse junto a una ciudadanía disconforme con sus acciones. ¡Qué poco talento! Napoleón en este momento se está desternillando de risa con estos le petites caporales a los que, por lo visto, les sobra megalomanía pero les falta ilustración.
 
Queda claro que el peor trabajo del mundo es el de defender lo indefendible, lo ilegal. Da pena de solo pensar en esos gentilhombres encargados de menesteres indignos como, por ejemplo, para no ir tan lejos como la Francia napoleónica, forzar una nueva candidatura del infatigable Evo Morales. Hay que ser muy leal, pero sobre todo irreflexivo, para no darse cuenta de que estás transgrediendo, primero, la Constitución que el mismo Presidente promovió y, segundo, los resultados de un referéndum que él también convocó.
 
La movilización a favor de la democracia y en contra del desconocimiento al No mayoritario del 21F tuvo un legítimo componente de ciudadanía no partidaria que, más allá de los números (rígido argumento de inteligencia policial, que no de serena inteligencia política), debería ser tomado en serio (con su permiso, Emperador, relaje los músculos de la cara).
 
¿Por qué el Gobierno decide menospreciar aquella expresión popular en las calles de nueve departamentos del país rebajándola a la "raquítica” cifra de 10.000, si hasta un niño de seis años sabe que no fue así? ¿Con qué intenciones muestra a políticos y dirigentes en conferencia de prensa como si se tratase de delincuentes? Su reacción después de las movilizaciones del 10-O es una muestra del deterioro de la democracia en Bolivia. Como lo escribí alguna vez, libertad de expresión no solo es poder decirlo sino también no ser perseguido por eso.
 
Otra pregunta: ¿cuánto de democrático tiene un gobierno a priori democrático que interpreta a la política como el arte de humillar públicamente al otro? La bajeza de esta martingala no admite mayor comentario, sí en cambio la facilidad con que nuestros gobernantes desnaturalizan el sentido de la política bien entendida.
 
Una más: ¿necesitan los políticos señalados en el circo romano de la TV una mayor estigmatización? En este punto Napoleón con seguridad recomendaría desconfiar ciegamente de un gobierno que apuesta por la inteligencia policial antes que por la inteligencia política.
 
Dije alguna otra vez que la democracia no es ni buena ni mala en sí misma; no sirve de nada vacía, sin contenido. Las que le dotan de contenido son las personas y, entonces, la democracia no solo tiene que ser sino también parecer.
 
Si las personas que dicen hacer democracia se comportan con torpeza de opresor, difícilmente convenzan a los demás de que están haciendo democracia, por mucho que hayan sido elegidas por la vía del voto. Aún así, hay quienes todavía les cuesta entender que en verdad se puede ser autoritario sin la formalidad de haber accedido al poder por la vía de las armas.
 
Por último, ¿reconocerá el Gobierno —internamente, claro— que con sus desaprensivos cálculos matemáticos se cargan a unos cuantos más que a "cuatro gatos” políticos? ¿Sabrá que a la imprevista conjunción de clases en su contra no la une ninguna figura o líder, como suele ocurrir, sino el espanto? ¿El espanto por el continuismo indefinido del Presidente y que, por eso, suena cada vez más fuerte la idea de la resistencia civil?
 
El Gobierno no debería subestimar a sus detractores jugando a llamar a conferencias de prensa para entretenerse sólo, como onanista, frente a las caras nada eróticas de políticos consumidos por la historia y mimetizados en una ciudadanía al parecer llamada a ser una nueva oposición pujante, urbana y desideologizada.
 
Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
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