Dársena de papel

Por lo que votamos realmente

Por lo que votamos realmente
Por lo que votamos realmente
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lunes, 27 de noviembre de 2017 · 00:05

No voy a decir nada inteligente, apenas esta obviedad: En apariencia, las elecciones del 3 de diciembre no sirven más que para elegir autoridades judiciales. En el fondo, el Gobierno se juega —otra vez— su legitimidad y los inminentes comicios, antipáticos para muchos en quienes provocan tan sólo frío desinterés, tendrán un carácter plebiscitario.

No    es tan difícil, bajo  esa lógica electoral, estás a favor o estás en contra de Evo. A favor, los votos no irán al abogado candidato equis, sino al Presidente y a su idea de administración del país. En contra, los nulos y blancos significarán el rechazo al MAS en el Ejecutivo y a sus tentáculos en los demás poderes del Estado. Al pan, pan y al vino, vino.

Seamos francos, entre gitanos no vamos a adivinarnos la suerte. Estas elecciones tienen una importancia algo mayor a la que pintan, y no es que de ellas dependa el control político de la justicia; cualquier persona más o menos ubicada en las convicciones democráticas del Gobierno sabe que el proceder de las instituciones judiciales no variará un ápice, aun si los resultados del domingo fueran catastróficos para el MAS, es decir, aunque ganaran por escándalo los abominados votos blancos y nulos. Sólo un iluso podría pensar que los magistrados elegidos —cualquiera de ellos— se procurarán el soberano disgusto de cavar su propia tumba fallando, alguna vez, en contra de quienes avalaron su postulación.

Discúlpenme quienes apoyan con legítimo entusiasmo a tal o cual aspirante a llegar a la cumbre de su carrera ocupando un alto cargo en Sucre; descuiden, de todos modos, la mesa para sus amigos está servida. No hay nada personal, lo que me (pre)ocupa no tiene que ver con la pega de ninguno de los abogados participantes —en Derecho— de esta contienda política (digo, judicial). Sólo digo que el domingo, cuando toque elegir en apariencia entre candidatos supremamente desconocidos, las opciones en verdad se reducirán a dos: cada uno será libre de votar, o por la fachada de elección judicial o por hacerlo reflexionando sobre el valor de la institucionalidad para una democracia basada (o no) en la división de poderes. En otras palabras, usted tendrá la libertad de ver el árbol o el bosque.

A los amigos de los candidatos les importará poco que a una buena porción de la sociedad le afecte, incluso diría, a riesgo de pecar de sensiblero, le duela tener que anularse votando por una alternativa -según las leyes- “no válida”. No debe ser grato que te invisibilicen como ciudadano/a político/a, no existir para el cómputo oficial, ser “nadie” para los demás simplemente porque —en Derecho— decidiste votar blanco o nulo.

Lamento contradecir al Tribunal Electoral; pese a la escasa o nula institucionalidad vigente en el país, hay que respetarlo por una cuestión de obediencia civil. Los vocales están cumpliendo su rol constitucional de apoyar la vocación repentinamente “democrática” del Ejecutivo de renovar funcionarios judiciales mediante el voto, a pesar de que jamás se atreverían a sincerarse convocando a votar por un candidato en apariencia fuera de listas, por el imperecedero Morales. Tampoco aceptarían que esta elección no tendría sentido de no ser, fácticamente, un plebiscito.

Me ratifico en que, dobleces al margen, todos sabemos que las decisiones del Órgano Judicial no se toman en el Órgano Judicial. Es una práctica a la que nos acostumbraron tanto éste como los anteriores gobiernos. Por eso, como hace mucho dejamos de creer en la existencia de Papá Noel, somos conscientes de que los próximos inquilinos en Sucre continuarán recibiendo telefonazos desde La Paz; allá ellos y sus conciencias.

El resto procuramos que el árbol no tape el bosque, entender por lo que votamos realmente.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

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