Dársena de papel

La posverdad y nuestros pies

lunes, 17 de abril de 2017 · 12:00:00 a.m.
Si en tiempos de redes sociales no hay personas sino ‘usuarios’ y estos, como autómatas sentimentales, tienden a creer lo que quieren creer, prevaleciendo sus emociones por sobre la razón, ¿en qué posición queda la verdad, entendida como "lo objetivo”? Dada la pareja manipulación comunicacional de izquierdistas y derechistas y el escepticismo al que está siendo arrastrada la sociedad por una corriente de descreimiento en la política, conviene dejar manifiestamente establecido algo que en otra época hubiera sonado elemental: no es verdad que la verdad no existe.
 
Retomo aquí el hilo de pensamiento de la columna que titulé "Una Bolivia distópica”, en febrero pasado, cuando lancé la teoría de que no habrá en el mundo actual conflagración mayor que la que servirá para la disputa del territorio de la verdad.
 
No creo que pueda ser de otra manera si vivimos cada vez más inmersos en una realidad abstracta, lo que no significa dejar de ser: simplemente, estamos cambiando de espacio y usamos de pretexto a la tecnología para no pisar el suelo con nuestros pies sino hundir los dedos en el celular o en el teclado de la computadora y así, en la guerra por excelencia del nuevo milenio, en la pelea territorial por la verdad, terminar imponiendo nuestra caprichosa (y necia) humanidad.
 
No estamos bien. Tampoco mal. Estacionados en una especie de limbo —esperando el tránsito de un estado natural a uno que algún día lo será— "gozamos” de la ausencia de cielo y de infierno, es decir, de una moral definitiva y, por eso, todo vale. Ejemplo: la viralización sin culpas y con caritas felices de memes agresivos que esconden la verdadera identidad de sus autores; o sea, el aplauso digital a una forma encubierta de la mentira. No hace falta la verdad —¡sobra!— en el tiempo de la posverdad.
 
En esas condiciones, ¿por qué sería anormal formarse una idea del mundo que exceda los límites de la verdad? Hay razones políticas, psicológicas y filosóficas para pensar en que nuestras emociones, sobre todo, están decidiendo por nosotros si decidimos (o elegimos creer) influidos por lo que afines —otros ‘usuarios’— nos hacen leer, ver y escuchar por WhatsApp o Facebook; si decidimos (elegimos creer) sin saber que lo que nos cuentan es cierto o falso; si decidimos (y elegimos creer) lo que nos conviene (creer), realidades cada vez más alejadas de nuestros pies.
 
La psicología, en particular, tendrá sus motivos para explicar por qué creemos preferentemente lo que queremos creer y no lo que realmente es. Por qué si nos dan a elegir entre una verdad que nos incomoda y una mentira que nos satisface, optamos por creer en esta última. Pero, ¿cuál es el mayor peligro del monstruo de la posverdad? No es la desinformación. Tampoco la mentira en sí misma. Es la caída en desgracia moral del ser humano, la posibilidad cierta de que el perfil de la red social, expersona, mientras tiene carta blanca para todo se ponga a defender impúdicamente el pensamiento propio aun a costa de la verdad, de lo objetivo. Es el cinismo.
 
El cinismo es la mayor trampa que nos están tendiendo los promotores de la posverdad. La promesa de una vida de impostores que, sabiendo que lo que piensan y dicen no es la verdad (lo objetivo), no harán nada por cambiar sino todo lo contrario.
 
¿A quién sorprende la inmoralidad de izquierdas y derechas que apelan a la tramoya comunicacional para desfigurar la realidad y sacar partido político? ¿Y a quién la negligencia, la falta de responsabilidad —a veces ingenuidad— de esa ciudadanía que con su adormecimiento solo aviva el fuego de la hoguera de la posverdad?
 
No es que seamos peores o mejores que antes (esto lo sabremos al abandonar el limbo). Pero cuidado porque al elegir abstraernos corremos el riesgo de convertir a las redes sociales en el opio del pueblo, como diría Marx de la religión. Y podemos perder el norte, olvidar que la verdad existe y está bajo nuestros pies.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.