Dársena de papel

Sin a quién preguntarle

lunes, 26 de junio de 2017 · 12:00:00 a.m.
Los hermanos habían perdido primero a sus padres y después al último de sus abuelos. Entonces, uno le dice al otro: "Nos quedamos huérfanos de nuevo, nos quedamos sin a quién preguntarle”. Lo angustioso de la orfandad no es la desaparición del cuerpo de una madre o un padre, sino la irremplazable falta de respuestas para un hijo.
 
Hay una foto en blanco y negro en la que los dos estamos sentados arriba de un árbol: tenías 27 y yo ni siquiera un año. No quiero mirar a la cámara ni tampoco sonreír, como seguramente me lo están pidiendo desde abajo; con mis ojos pegados a los tuyos, me parece que busco una explicación: "Papá, ¿qué hacemos aquí?”.
 
Un padre, una madre, es esa persona que resuelve las dudas más importantes de un hijo. No dudas científicas ni filosóficas, nada de eso; las que se trasuntan en preguntas infantiles nada más que por la candorosa necesidad de saber que tenemos un papá o una mamá al otro lado de nosotros para abrazarnos arriba del árbol.
 
Su respuesta, cualquier respuesta, estará bien. Su palabra será la que mece nuestro cabello y nos dé tranquilidad.
 
"Nos quedamos sin a quién preguntarle”, como le dijo un hermano al otro, cuando nos quedamos sin padres, porque las preguntas de los hijos son intransferibles. De hecho, celebramos el Día del Padre cual si fuera posible pensar en genérico, en el padre ajeno como en el nuestro. Pero el padre propio no se parece a nadie, ni siquiera a otro que cumple exactamente su mismo rol.
 
Así como nadie nos enseña a ser padres, o no sirven los manuales con las mejores respuestas porque cada hijo tiene una pregunta distinta para cada padre, tampoco nadie nos enseña a vivir sin padres. Yo, a los 45, estoy viviendo mi primera vez sin papá y me siento despojado del cariño más grande que puede recibir una persona. Lamento tener que ponerme de ejemplo para explicar que ningún otro padre podría reemplazar al mío. No porque Quito -tal era su apodo- hubiera sido un letrado, una eminencia ni mucho menos, sino porque me he quedado con preguntas de hijo. Y como todo hijo que pierde a su papá, sin a quién preguntarle.
 
Debe ser esta la peor sensación de todas: el desgarro de la ausencia, la horrible estampa del desamparo. Disculpen, es mi primera vez sin papá y, sin embargo, reconozco que no soy un niño -aunque le haya hecho a él miles de preguntas inocentes con el único propósito de escuchar sus respuestas para mí-. Confieso que me he imaginado este viaje muchas veces…
 
Viajé para darle el último beso a mi padre y encontrarme con una de las verdades más rotundas de la vida: la de la orfandad. Nadie se convierte en huérfano cuando se le muere una madre o un padre, sino cuando sufre la ausencia de sus respuestas. Lo triste es que éstas no se compran en ninguna librería; lo lindo, que las importantes se recuerdan y pueden transmitirse a los hijos propios, a los nietos de nuestros padres.
 
En la foto del árbol te ves feliz, distendido con esos anteojos negros a la moda de los 70; nunca más dejaste de abrazarme, aunque fuera a la distancia.
 
Te cuento que aquí te recuerdan por tu honestidad, por tu culto al trabajo, por tu sencillez. Dicen que fuiste "un señor”, y esa ha sido la mejor caricia para el alma que me han dado en tu despedida.
 
Aquí los homenajes siempre llegan tarde, cuando los homenajeados ya no pueden recibirlos en vida; hoy, no es la excepción. Mi papá era el primer lector de esta columna, y a menudo la imprimía para compartirla con la familia; guardo la esperanza de que allá donde estés tengan wifi. Ha sido un honor ser tu hijo, papá.
 
Los huérfanos, aparentemente, perdemos a nuestros padres. En realidad, nos quedamos sin a quién preguntarle. La más hermosa de las contradicciones de la vida y de la muerte es que se van para permanecer entre nosotros hasta el último de nuestros días.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
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