Dársena de papel

Los desafectos

lunes, 04 de septiembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
¿Se dieron cuenta de que todo conmueve cada vez menos? La indiferencia es una característica de estos tiempos, en los que imperan el "como sea”, el "me da igual”, el "nada de compromisos”, el "hoy por mí, mañana por mí”. Entre la juventud, sobre todo, hay un gran escepticismo a la hora de involucrar los sentimientos, ¿o no se dieron cuenta de lo que les cuesta llorar a las nuevas —y no tan nuevas— generaciones?
 
No es ninguna broma. En esta suerte de ponderación de los sentimientos con los quilates de una lágrima —metáfora que, al igual que todas, alude a la realidad—, es como si el "cuero duro” forjado por el determinismo de noticias sobre todo negativas o trágicas estuviera exprimiendo la sangre de nuestras venas. Y así, no estaría mal concluir que nos hemos convertido en los despojos de nuestros padres y abuelos, en sujetos incapaces de honrar su memoria brindándonos o preocupándonos verdaderamente por los demás, no obstante vivir en redes "sociales”. Hay cada vez más "viajeros” —como dicen por ahí— con "equipaje liviano”, esto es, sin el peso del "otro”. Ya demasiado tienen con ellos mismos, con su "yo” constantemente insatisfecho.
 
Las sociedades han sido fagocitadas por la locura del poder —el mismo que, lo sabemos muy bien, hace estragos y se deglute de un solo bocado a políticos de los nuestros y de los ajenos—. Nada más placentero que tenerlo todo al alcance de un click, aunque esto signifique descuidar lo más preciado que tenemos fuera de la realidad virtual: las personas.
 
No creo exagerar si afirmo que el corazón del ser humano ha adoptado, hoy, la apariencia de un chip telefónico. Siguiendo el comportamiento promedio, podemos soportar cualquier desgracia menos quedarnos sin conexión a internet. ¿Se dieron cuenta de que nada en la "sociedad de las telecomunicaciones” preocupa más que… ¡la velocidad de internet!? O si la empresa equis cumple con el servicio tecnológico que le contratamos. O si la empresa zeta nos engaña con los megas. 
 
Son comentarios habituales, en todo ámbito, como si realmente esto o aquello fuese algo de vida o muerte.
 
También se suele escuchar reflexiones, casi de compromiso, en sentido de que los días "se pasan volando”. Pero esto, en el fondo, no importa mucho. Lo importante no es lo importante en estos días de estrés. ¿Se dieron cuenta de que incluso estatus proporciona el estrés? Porque el más estresado es el que tiene mejor entrenamiento, y eso significa que trabaja más que nadie y está en condiciones de acumular la mayor cantidad de bienes posible. Esa persona —¡qué capa, está estresada!— tiene todo lo necesario para entregar su vida al trabajo, y descuidar sus afectos.
 
La plata no alcanza y como "la plata llama la plata”, cuando alcanza es insuficiente; entonces, hay que salir a buscar más plata. "Vivir para ganar” es la filosofía de la posmodernidad. Y vivir con menos valores, ¡mentir si es preciso con tal de mantener el statu quo de la sociedad tecnologizada! Lo peor es que lo sabemos y no tenemos ganas de cambiarlo.
 
Nadie quiere mejor dando besos y abrazos con el pulgar en un teclado virtual… Me parece que llegó la hora de preguntarnos acerca de la sanidad sentimental de un pueblo que anda preocupado casi exclusivamente en la velocidad de internet o en el radio de alcance de su WiFi. Y si no nos parece raro que esté pasando de moda decir que alguien es bueno u honrado. Que suene mal, anticuado, incluso "religioso”, elogiar la calidad moral de una persona.
 
Creo en serio que se llora cada vez menos. Y también que el ‘síndrome de ojo seco’ es algo más que un moderno diagnóstico oftalmológico. Alude a la bella "sequedad de la lágrima”, paradójicamente al mismo tiempo que poética, la más triste imagen literaria de la podredumbre humana.

Oscar Díaz es periodista y escritor.
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