Agua de mote

El límite de MAR-keting

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viernes, 02 de febrero de 2018 · 00:07

No me cabe duda de la solidez de los argumentos contenidos en el recurso sobre el tema marítimo presentado por el Estado ante la Corte Internacional de Justicia con sede en La Haya, Holanda.


  Creo firmemente que el planteamiento, trabajado inicialmente por el doctor Ramiro Orías, es lo suficientemente contundente como para causar un remezón en la diplomacia chilena. Encontrarse en puertas de los alegatos orales es ya suficiente muestra de ello. Consideró acertada la difusión del tema que, en su primera etapa, realizó el vocero de la causa. Su papel fue determinante para dar a conocer al mundo la naturaleza del reclamo boliviano.


 El reiterado cambio de agente ante el Tribunal, como una señal de desconcierto del lado contrario; inversamente, la permanencia del mismo representante del nuestro, es una clara muestra de confianza y unidad en torno de la demanda.


 No alcanzo, sin embargo, a racionalizar la inclusión –postrera, además– de un cuestionado personaje como coagente. Su nefasto papel en la marcha indígena y sus pronunciamientos –como aquel en el que brinda su apoyo, en nombre de los  bolivianos, al sátrapa sirio Assad– no son las mejores credenciales para ocupar tal sitial. Tampoco me hace gracia el manoseo al que fue sometido el vocero.


 Con todo, Bolivia se encuentra en buena posición –no digo “inmejorable” porque, precisamente, ese es el tipo de expresiones que observaré más adelante–.


 En tal sentido, espero con moderado optimismo el pronunciamiento de la Corte y lo tomaré con serenidad aun cuando éste fuera ampliamente favorable a la posición boliviana –una improbable conminatoria al Estado vecino a honrar sus compromisos–.


 Ya por fuera de la demanda propiamente dicha, su manejo por parte del régimen en el ámbito interno es deplorable. Esta gestión merecía un tratamiento sobrio y mesurado –ciertamente al frente las cosas están peores, pero ese no es nuestro problema–, y las autoridades han hecho exactamente lo contrario: vocinglería, campaña electoral, ruido y MAR-keting.


 Entiendo como MAR-keting la creación de falsas expectativas en torno a los alcances de un próximo fallo de La Haya, como la hiperbolización de un tema de por sí enorme y como el uso abusivo del tema con carácter político –léase, “con esto nos quedamos en el poder  forever”–. Todo para algo groseramente obvio: llevar agua salada a su molino.


 Se dirá que, como promotor del recurso, el régimen tiene todo el derecho de sacar rédito político del mismo; si sus armas fueran nobles, bien por él, pero semejante inflación de expectativas podría ser, en el corto plazo incluso, contraproducente a sus propias ambiciones. 


 ¿En un ataque de entusiasmo?, el Presidente ha llegado a decir que hasta finales de este año el país tendrá mar –con soberanía, le agregó–. No sabemos con exactitud lo que irá a decir el fallo. Lo que sabemos es lo que no dirá –porque no le compete, porque no quiere comprometerse, porque no es lo solicitado o por lo que fuere–.


 La CIJ no puede “abrogar” (no es el término exacto, pero me dejo entender, ¿no?) el Tratado de 1904, no sólo porque si lo hiciese abriría las compuertas a la anulación de todos los tratados, sino porque ni siquiera está en juego en la demanda. Tampoco dirá que se tiene que otorgar mar a Bolivia hasta diciembre de 2018.


 Invitará, sí, cordialmente, a ambos Estados a resolver compromisos no cumplidos, en el marco de la convivencia pacífica entre naciones. Entonces se abrirá otra etapa que, ojalá, se la maneje con sobriedad y mesura.


 No olvidemos que ya hubo un régimen que se trajo el mar en el bolsillo.  El límite está claro.


Puka Reyesvilla es docente universitario.

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