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Mazamorra en Tiquipaya

Mazamorra en Tiquipaya
Mazamorra en Tiquipaya
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viernes, 09 de febrero de 2018 · 00:05

La noche del martes se produjo una verdadera tragedia en el municipio de Tiquipaya, Cochabamba, cuando el río Taquiña se convirtió en una tremenda mazamorra que inundó extensos terrenos, destruyó casas, dejó angustiadas familias a la intemperie y quebró un puente (cortando la circulación entre Tiquipaya y Cochabamba), e incluso produjo varias muertes.


  Una auténtica desgracia que ha movilizado a la opinión pública, a instituciones como Aldeas SOS (que está prestando eficaz ayuda a las familias damnificadas) y también al Gobierno, departamental y nacional, que ha prometido trabajar en la rehabilitación y reconstrucción de la zona; y todo eso está muy bien, pero no podemos dejar de analizar las causas de semejante desgracia, porque tal como van las cosas, ésta se puede repetir en muchos lugares…


 La primera causa que salta a la vista es la deforestación masiva de las faldas de la cordillera, cosa que viene ocurriendo en muchos lugares del país y que tiene que ver con la ausencia de políticas públicas de protección real de la naturaleza, de la vegetación y del agua.


 La segunda son los asentamientos humanos en zonas cercanas a torrenteras, lo que tiene que ver, otra vez, con la ausencia de políticas públicas adecuadas, pero además con el creciente negocio del tráfico de tierras (detrás del cual se encuentran conocidos dirigentes y desconocidos funcionarios, así como la imparable migración del campo a la ciudad, y es que el “desarrollo rural” no es más que un ministerio), sin que en los últimos años hayamos avanzado nada en la materia, más bien no hemos dejado de retroceder.


  ¿No se inscriben en este campo, por ejemplo, las permanentes y repetidas jugadas para urbanizar nada menos que el Parque Tunari? ¿Y no pasa algo parecido con otras áreas protegidas que están siendo impunemente dañadas e incluso destruidas?


 La tercera está relacionada con la irresponsabilidad municipal. En este caso ha quedado en evidencia la Alcaldía de Tiquipaya, pero no parece que sea una excepción. En los últimos (y penúltimos) años se ha ido multiplicando y expandiendo el cáncer de la corrupción municipal (muchas veces disfrazada de mera burocracia), acompañado del cambio de uso de suelos, que se ha convertido en el gran negocio.

Y como nadie hace nada (Contraloría incluida), el fenómeno se acelera y multiplica; por supuesto, no en todas las alcaldías del país, pero sí en un número creciente de las mismas. 


 Y, finalmente, está el famoso cambio climático, que ciertamente es un fenómeno mundial que supera nuestras pequeñas posibilidades como país, pero al que no hemos dejado de aportar de manera harto irresponsable, muchas veces con el inaceptable argumento de que también a nosotros nos tienen que dar la oportunidad de “desarrollarnos” a costa de la naturaleza…


 Por tanto, mientras no dejamos de aplaudir y agradecer lo que varias instituciones y muchas personas particulares hacen para ayudar a las familias damnificadas, y verificamos con esperanza que en nuestra sociedad sigue habiendo niveles expresivos de solidaridad, no podemos dejar de pensar en el peligro de que desastres como éste (y el de otros varios lugares del país) se vayan a repetir con creciente frecuencia y ferocidad.


 Lo que es evidente es que la tan mencionada “Madre Tierra” sigue siendo la víctima principal de nuestras inconsecuencias –como Estado y como sociedad vivil–, y que, por tanto, estamos labrando nosotros mismos una futura orfandad que puede llevarnos a imprevisibles desgracias. Y no es ningún consuelo el que en otros países pasen tragedias iguales o mayores, eso es sólo la demostración de que entre todos estamos destruyendo nuestro futuro y el de nuestros hijos e hijas.


Tiquipaya –dizque Capital de las Flores– es en realidad la Capital de la Basura y de los Loteamientos, un municipio donde la unidad de la “Madre Tierra” se limita a conceder construcciones a cambio de cualquier cosa y a costa de sacrificar lo poco que queda ya de tierras agrícolas. ¡Viva el  cemento!
 
Rafael Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.

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