La escaramuza

El 10 de octubre se terminó el festín

martes, 03 de octubre de 2017 · 00:00
Si nos posicionamos en el espacio de la democracia real, que cubriría un lapso que va de 1982 a 2005, encontramos que en las elecciones generales de 1985, ADN,  con el general Hugo Banzer, obtuvo el 32,83% del electorado. Ésa fue la mejor votación para esa tienda política. El MNR logró su mejor resultado también en 1985, con un porcentaje total de 30,36%, y el MIR alcanzó su mejor caudal electoral en 1989, con el 21,83% de la votación nacional.  El argumento masista que sostiene que nunca ningún partido sobrepasó el 20% del electorado es otra mentira del régimen; en 1964, Hernán Siles Zuazo obtuvo el 84,46%, más de 30 puntos por encima de Evo, que en 2005 logró 53,72%. 

 A todos estos ganadores tendríamos que ponerlos en el mismo podio de los grandes candidatos.
 
Evo no hace la excepción. Pero los temores del MAS y la desesperación que lo lleva a transgredir su propia Constitución, y a pisotear la soberanía popular, expresada el 21F,  se deben a que si hoy se realizarán elecciones generales, Evo Morales sólo obtendría el 27% del electorado, (encuesta septiembre 2017 Página Siete), tendría menos apoyo que el general Banzer en 1985 (32,83%) y que el doctor Paz Estenssoro en ese mismo año (30,36%). 

Los estremece pensar que sus archisúper enemigos neoliberales, en su tiempo, fueron tanto o más poderosos que ellos y que todos, democráticamente dejaron el poder cuando el pueblo así lo decidió. Los estremece el temor al pensar que el MNR ganaba elecciones después de hacer política 33 años ininterrumpidos dentro y fuera del Palacio Quemado, y que ADN fue gobierno sólo a seis años de haberse fundado.  ¿Sabe usted por qué todo esto los pone tan nerviosos? ¿Por qué su fabuloso proyecto de poder duró sólo 11 años? Yo le doy la respuesta: porque nos vendieron una mentira y las mentiras siempre tienen patas cortas.

 La salida dictatorial que procesa el régimen de Evo Morales, intentando a como dé lugar eternizarse en el cargo, al amparo de sus secuaces apoltronados en las instituciones del Estado, que alguna vez fueron la garantía de una convivencia democrática, sólo expresa el profundo convencimiento de que su mentado proyecto ha fracasado. En el fondo, cada masista sabe que las grandes teorías y los magnificentes proyectos (como los celulares, las computadoras, el satélite, la planta nuclear, el Fondo Indígena, etcétera) sólo fueron los envoltorios que ocultaban un proyecto sin rumbo, preso de resentimientos y odios raciales, de clase, de etnia, y de la mediocridad que siempre se anida en la mentira, madre de todos los apetitos voraces y corruptelas de la historia. 

La exministra Paco declaró no hace mucho que el presupuesto de propaganda y comunicación del régimen era de más de un millón de bolivianos/día. Anótese bien: más de un millón de bolivianos por cada día del año para vendernos una imagen inexistente. Un país de laboratorio que jamás existió. El país de los discursos presidenciales que no aparecía por ningún lugar. 

 Los acólitos de Evo nos dicen que Bolivia nunca estuvo económicamente tan bien, lo que no dicen es que con tanta plata junta (como nunca antes en la historia del país) cualquiera lo hubiera hecho mejor y, seguramente, hubieran robado menos.  Una buena parte del pueblo se creyó aquello de que sin Evo no había futuro; de a poco  (o de Paco) y de escándalo en escándalo nos dimos cuenta de que con la ingente cantidad de fondos que entraron  al país, por efecto de los precios internacionales de las materias primas, con un gobierno más honesto, menos mentiroso, menos sectario, menos racista, más democrático, y con un aparato de propaganda y lavado cerebral con presupuestos normales, nuestros hijos y nietos hubieran tenido un futuro mucho más promisorio. 

 Ahora que se le cayeron todas las fachadas y que la pretenciosa etiqueta de "reserva moral del mundo” nos causa  hilaridad, ha llegado el momento de decirle otra vez NO, pero esta vez en las calles, en los foros, en los medios, en todo escenario que replique la voz de los indignados. 

A estas alturas, el Gobierno no puede jactarse de ser una "hegemonía epocal”, un "bloque  histórico” un "cambio de época”; ha quedado reducido a lo que ningún boliviano hubiera querido: una "dictadura democrática” con pretensiones señoriales que ya no cree ni en lo que sus mejores ideólogos sostienen. Un proyecto político que sólo podrá sostenerse, como las dictaduras del siglo pasado, bajo el poder de la violencia y la represión, cercado por las bayonetas que lo protegen.

Pero la historia tiene dos caras. El lado bueno de este desastre es que como nunca antes, en las últimas décadas, la vergonzosa admisión de la solicitud masista para habilitar por una vez más o para siempre a Morales ha despertado el furor de la sociedad civil; ha sido el detonante que permitió -en un abrir y cerrar de ojos- mirar el horizonte más allá de la demagogia masista. Habrá que agradecerle a los que idearon semejante aberración el haber mostrado al pueblo el verdadero rostro que se esconde detrás de la fachada democrática de Evo Morales y haber reinventado la protesta, la resistencia ciudadana militante, y revitalizado el espíritu democrático en nuestro pueblo.

El 10 de octubre sentiremos que se acabó la orgía y algún beneficiario del régimen dirá sin mucho decoro: apaguen la luz y cierren las puertas, se terminó el festín.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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