La escaramuza

Una vida entera

Una vida entera
Una vida entera
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martes, 31 de octubre de 2017 · 00:00
Curiosamente no votaremos por las listas de autoridades judiciales elaboradas por el MAS, votaremos -a propósito de éstas- por la permanencia de Evo Morales o por su repliegue. Aún más, por la posibilidad de viabilizar un tipo de país basado en la preeminencia de los conceptos de raza y etnia; o por una sociedad basada en el ejercicio de los derechos democráticos más allá de la raza y la etnia; por la modernidad o por su negación; por el futuro o por el pasado. Permítanme reflexionar sobre lo que este voto implica.
 
En principio habría que notar que la proximidad de las elecciones judiciales y su escabroso proceso, ligado estructuralmente a la necesidad de contar con un Tribunal Constitucional que avale la repostulación de  Evo Morales, a más de sus connotaciones propiamente jurídicas, ha producido una polarización social y política que permite imaginar las tensiones que deberá enfrentar el actual caudillo. 
 
Frente a las elecciones judiciales, las dos fuerzas que actúan en la dinámica actual alcanzaron su mejor nivel de resolución ideológica: por un lado aquellas cuyo proyecto estatal se apoya en los criterios antropológico-culturales; y, por otro, aquellos que sostienen que la única manera de ser de un país en la modernidad global es la democrática y occidental. 
 
De forma consciente y racionalizada o por mera percepción social,  la ciudadanía percibe que estas elecciones son el punto de inflexión en que debe decidirse si el futuro estará en manos de una élite fuertemente marcada por las concepciones étnicas y raciales, munida de una concepción del poder con claras tendencias autoritarias, o por las élites profundamente enraizadas en la cultura del occidente moderno y democrático.
 
Si la opción pasa por consolidar un Estado etnitizado, Evo Morales es la única posibilidad de avanzar en el proyecto y su permanencia vitalicia es un requisito sine quanon. Si la opción pasa por el retorno a una democracia representativa y republicana de corte occidental, Evo Morales es el mayor escollo. Para ambas fuerzas lo que se juega es la propiedad de la historia.
 
En el bando de las fuerzas llamadas descolonizadoras se han articulado sectores que a propósito de una emergencia de lo ancestral y una dudosa identificación étnica  encontraron en el proyecto masista la oportunidad de incorporarse a la dinámica del capital bajo el barniz de la raza. Esto que recibe el denominativo de "inclusión” es, sin duda, el punto gravitacional del régimen.  En el bando de las fuerzas democráticas de contenido liberal se han cobijado los que ven seriamente amenazadas sus posibilidades de existencia como clase social más allá de las razas. 
 
 En el epicentro de estas contradicciones se percibe que el producto sociológico del proceso de cambio es un enfrentamiento típico del capitalismo victorioso que, en su forzado ajuste, después del colapso del socialismo real, adopta la configuración de la lucha racial en remplazo de la devaluada concepción marxista de la lucha de clases. No está en cuestión la posibilidad de un socialismo o un capitalismo; la disyuntiva contrapone dos concepciones capitalistas: la campesino-originaria con base en la comunidad, de naturaleza pueblerina y localista, y el victorioso capitalismo del occidente moderno. 
 
La "burguesía chola” y los segmentos sociales beneficiarios del capital financiero y agroindustrial, tributarios por excelencia de los diez años de revolución cultural y productiva, deben pensar cuidadosamente si un Evo eterno es, a la larga, su mejor opción. En paralelo, una clase media creciente y un mestizaje arraigado en la historia nacional saben con certeza que Evo no es precisamente garantía de su desarrollo futuro. 
 
La batalla electoral por el Tribunal Constitucional es, en última instancia, el momento en que se define la suerte de unos y de otros. De todos. Esto que llamamos "suerte” es en realidad el estilo de vida y la posibilidad de libertad, y desarrollo mirando el futuro o volcados al pasado. El horizonte de la democracia o el de la tiranía. Es el único legado duradero que pueden heredar tus hijos. Lo grave de las herencias sociales es que duran, al menos, lo que dura una generación: una vida entera.
 
Renzo Abruzzese es sociólogo.
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