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Renzo Abruzzese
La escaramuza

Los códigos del poder

Los códigos del poder
Hasta no hace mucho, la noción de sociedad civil (un concepto de vieja data y amplia utilización en las teorías sociológicas) era utilizada con el fin de dar cuenta de la presencia de la sociedad frente al poder instituido y, en ese sentido, contenía las posibilidades de legitimación que requiere todo régimen. Desde el advenimiento del MAS el término es progresivamente desplazado por el de "movimientos sociales”; se dice, en consecuencia, que el Estado responde a los movimientos sociales en lugar de decir que  responde a la sociedad civil. Se trata de un cambio de códigos.

 Lo que se ha dado en llamar "movimientos sociales” constituye, desde el punto de vista oficialista, la expresión más desarrollada de la participación social. Entre sus más destacadas expresiones se consigna a las Bartolinas, los cocaleros, la CSUTCB y algunas otras menores. En el ideario gubernamental lo óptimo sería que la idea de sociedad quede resumida a estas organizaciones corporativas. 

 En realidad no se trata de una mera sustitución lingüística, se trata de una estrategia de poder.
 
El concepto de sociedad civil tenía (desde Hegel) la virtud de  representar las voluntades diversas de la sociedad.  Gramsci le confiere una carga subjetiva de manera que todas las formas posibles de legitimidad pasan por la compleja categoría. A través de ella se expresan las clases, las etnias, las culturas, los sectores, las instituciones, todo lo que encarna las lecturas que cada segmento social posee.

 La sociedad civil contiene -en este sentido-  todas las pulsiones del conjunto social y en su interior las fuerzas políticas, sindicales, intelectuales, corporativas, profesionales, etcétera participan de una dinámica que podría resumirse en la expresión poder social.

 El concepto de movimientos sociales, en cambio, ha sido reducido a la capacidad representativa, no de una clase, ni de un sector y menos del conjunto de la sociedad, se trata de un selecto número de operadores corporativos con poderosos intereses económicos y políticos, que se arrogan la representatividad de la sociedad boliviana en su totalidad.

  Resulta así que si los cocaleros consideran que cerrar el Parlamento, al mejor estilo chavista, es correcto. El régimen arguye que tal criterio proviene de la sociedad boliviana en su conjunto y  da por sentada una legitimidad en verdad inexistente. Lo que en realidad sucede es que los beneficiarios, a título de movimientos sociales, actúan en calidad de dispositivos sometidos al poder instituido.

 "Aparatos de Estado” funcionales al régimen, cuyo accionar está orientado a negar la sociedad diversa y bloquear sus expresiones políticas, culturales, ideológicas etcétera.

 En función de esto son amplia y oficialmente promovidos, no porque expresan de una mejor manera los intereses de toda la comunidad nacional, sino, por lo contrario, su misión es castrar la diversidad e imponer una visión y una lectura particular, y funcional a los intereses del régimen y los suyos propios.  No son una expresión libre de las fuerzas sociales que se mueven en la dinámica de todo el país; son su negación: si no haces ni dices ni piensas como ellos, simplemente y oficialmente no existes.  De esto se deriva que son antagónicos a cualquier principio de inclusión. Son sectarios, excluyentes, cerrados y, en ese sentido, antidemocráticos.

Como aparatos de  poder muestran una marcada tendencia a bloquear la función de los partidos políticos. Si los partidos son la expresión de la diversidad social (sectores, clases, segmentos etcétera) se comprende por qué toda  la artillería se desplaza en su contra.  El mensaje final es: los partidos no sirven. 

 Al pretender sustituir a todas las organizaciones de oposición, los disidentes, o los que expresan lecturas divergentes, ponen de manifiesto su vocación autoritaria, lo que los transforma en agentes, no de la legitimidad, sino de la imposición. Tienen, sin embargo, una limitación estructural, a diferencia de la sociedad civil, que es inherente a la vida social y, en consecuencia, dinámica, cambiante, pero eterna. Los movimientos sociales, tal cual los conocemos hoy, durarán lo que dure el régimen que los cobija.


Renzo Abruzzese es sociólogo.
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