La escaramuza

Rebelión en las aulas

martes, 11 de julio de 2017 · 12:00:00 a.m.
El fiasco experimentado por el examen elaborado por las universidades del sistema nacional ha puesto de manifiesto el lamentable nivel al que ha descendido la universidad boliviana en su versión pública. Aquella institución que históricamente constituía la "caja de resonancia” de los más caros anhelos de la sociedad y su expresión mejor elaborada en consonancia con su carácter académico, ha renunciado a lo que alguna vez fue una historia gloriosa. 

Se ha  subastado en función de los intereses de cofradías corporativas que trafican con la cultura, la ciencia y la tecnología en beneficio de intereses personales o de grupo. Las universidades han dejado de ser un interlocutor válido, la reserva moral de la sociedad, y han quedado reducidas a "roscas” dispuestas a sacrificarlo todo a cambio de treinta denarios que, más temprano que tarde, los tendrán que devolver con creces.

 Rodeadas de una lexicología codificada, en la que sobresalen conceptos como "calidad”, "autonomía” o "acreditación”, construyen realidades que en los oscuros pasillos de los "acuerdos” no pasan de ser bromas de mal gusto, defendidas, además, a sangre y fuego, no por su valor intrínseco, sino  por la partida presupuestaria que les corresponde. 

Esta sui generis hermenéutica puede, sin que les tiemble el pulso, declarar autónoma una universidad que se somete a los mandatos del Gobierno, (como se ha visto en el caso de la prueba académica para los postulantes al Órgano  Judicial) o enjuagarse la boca en nombre de una "acreditación” que, por ejemplo, "acredita”  una facultad con más del 70% con docentes sin sueldo alguno, gratuitos, o una carrera tecnológica que no cuenta con el más mínimo soporte laboratorial, bibliográfico o profesional, porque entre otras cosas a la cátedra ya no llegan los mejor preparados, sino los más preciados contertulios de la autoridad competente.

 La universidad boliviana está en crisis  no porque le faltan recursos económicos, sino porque adolece de una dirección académica a la altura de su compromiso con la sociedad que, entre otras cosas, financia millonariamente el esplendoroso bienestar de sus ejecutivos.  Su "estamento administrativo” causaría estremecimiento a cualquier administrador mínimamente cualificado. No sólo por su abultado e innecesario número, sino por la calidad de los servicios que ofrece. 

Ahogada en una maraña inconmensurable de procedimientos que ni ellos conocen a ciencia cierta  se devoran los presupuestos de forma inmisericorde a costa de una ciudadanía que los mantiene con sus impuestos.  El resultado es deprimente, todo el esfuerzo sólo produce ejecutivos muy bien remunerados, mediocridad e incertidumbre.

 Lo que se conoce como "estamento docente”, con obvias y honrosas excepciones, no es más que la asociación corporativa de intereses económicos. Sus expectativas no pasan por la necesidad de desarrollar el conocimiento y transmitir los saberes que se arrogan; pasa por mantener sus privilegios a costa  aún del aura académica que la rodea.

 Por su lado, el "estamento estudiantil” vive en una apocalíptica batalla ininterrumpida por cuotas de poder que los exime de buena parte de sus obligaciones académicas. Sumergido en los avatares ideológicos-partidarios o adscritos a grupos de poder interno, su existencia hace mucho que dejó de ser la expresión de los estudiantes de base.  Las pugnas y los deslices se sustentan obviamente en un cogobierno docente estudiantil en el que el mejor orador puede juzgar la calidad de un meritorio académico según la dinámica de los peligrosos intereses que le 
subyacen. Los delegados juegan entre las rasantes de su peso en el Consejo Universitario y los apetitos exógenos o privados del que son presa.

 ¿Cómo solucionar entonces una problemática tan económicamente cara, complicada y confusa?
 
La solución no pasa por las autoridades que son parte constitutiva de la estructura  institucionalizada de intereses privados, tampoco pasa por el estamento administrativo que vive de esta mediocridad y menos del estamento estudiantil instituido, pasa por la acción consciente  y honesta del estudiantado de base. La reforma de la universidad no ha de ser obra de sus autoridades y sus estamentos burocratizados, será el producto de sus propios alumnos. 

 Tiene como condición el trastrocamiento radical de la actual estructura de poder al interior de cada universidad. Pasa por la restitución del espíritu académico, el retorno de una  autonomía eficiente, honesta  y moderna, la recomposición de una subjetividad en que el estudiante entienda que está allí para cualificarse intelectual, científica y tecnológicamente, no solo para obtener un cartón; pasa, en suma, por una rebelión en las aulas en consonancia con los desafíos del siglo XXI.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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