La escaramuza

Sobre la democracia

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martes, 13 de marzo de 2018 · 00:06

Un politólogo norteamericano empezó un clásico texto sobre la democracia con una frase ciertamente sugestiva: “la historia de las democracias –dijo– es enigmática”, primero porque prácticamente el mundo entero se declara demócrata, y, segundo, porque entre todos los demócratas del mundo hay muchos que están a miles de años luz de ejercerla; es más, hay, dictadores de la talla de Nicolás Maduro que se declaran sus defensores.


Por enigmático que parezca, en nombre de la democracia, tanto como en nombre de la fe cristiana, se cometieron los más brutales atropellos contra la especie humana (a lo que habría que añadir  también los más sangrientos), lo que nos recuerda que es mucho más frágil de lo que parece. Por eso más de uno ha sostenido que las democracias son muy fáciles de tumbar y muy difíciles de reconquistar; un dramático testimonio histórico de ello nos lo dieron tres  tristemente célebres tiranos: Hitler, Mussolini y Stalin, y entre los nativos tenemos varias decenas.


 Se supone que la democracia es el Gobierno del pueblo (demos = pueblo, kratos = gobierno) y así lo definen académicamente todos, el problema estriba en determinar qué entendemos por “pueblo”. Ese es, sin duda, el talón de Aquiles. La historia ha mostrado que “el pueblo” es en última instancia lo que le conviene al tirano. Para unos era la gloriosa clase obrera. Bajo su dirección, el legendario Lenin fundó la URSS,  medio siglo después, Gorbachov  la tiró al tacho, también en nombre del pueblo. 


Cuando la democracia se ejerce en nombre de una raza, entonces se nos dice que esa raza es “el pueblo”; pero la democracia no sólo deja de ser democracia y se transforma en dictadura, sino que además adopta su más brutal expresión al volverse racismo. Acá lo grave es que la línea que diferencia a un racista de un revolucionario, a la usanza leninista, es tan poco clara que con bastante frecuencia los revolucionarios se trasformaron en verdugos de su propio pueblo. 


Las cosas se complican por una razón aún más sustantiva: las democracias son, en última instancia,  procesos en eterna construcción, lo que significa que lo que los teóricos del siglo XVIII pensaban como democracia. puede no tener mucho en común con los que piensan la democracia en los tiempos de la globalización. 


 Mas aún, los dictadores pueden creer con un alto grado de honestidad intelectual que reprimir al pueblo, encarcelar dirigentes, judicializar la política, denostar a adversario o apegarse a un “criterio abstracto” que violente una norma verazmente democrática es contemporáneamente democrático.

Esto no los libera de ser tachados de tiranos, pero les otorga paz interna. 


 El detalle es importante, porque como bien lo hace notar Sartori, la América Latina se debate entre periodos democráticos y  no democráticos. Entre que llega uno y se va el otro, nuestras democracias se presentan en unos casos como “retorno” y en otros como “inicio”. En 1982 la democracia reconquistada de manos de los militares llegó como “retorno”, la de  1996 de Evo Morales llegó como “inicio”. La diferencia es que quienes retornan a la vida democrática la respetan, quienes presumen de ser los “iniciantes” o quizá los “iniciados”  la destruyen en aras de la novedad que, como sabemos, nunca es tan nueva.


 A todo esto, se debe agregar un elemento igualmente traumático: la democracia es inestable por naturaleza. Esto es obvio, si pensamos que se basa en la confrontación de ideas, posturas, proyectos, etcétera. En consecuencia, tiene como “principio activo” la inestabilidad. Este atributo es el que quita el sueño a los dictadores. En tanto ellos aspiran a construir “democracias” no contradictorias, homogéneas, donde los libre pensantes no existan. En esta lógica, el que piensa igualito a mí está conmigo, el que no está contra mí. Ese es el esquema de las democracias despóticas del siglo XXI.


A todo esto, empero, cabe recordar que la democracia soportó estoicamente  la brutalidad del nazismo, el racismo, el fascismo, dos guerras mundiales, varias crisis cíclicas, decenas de dictadores e intentos de todo tipo en su corta y agitada historia. Finalmente resultó invencible, porque la libertad humana es en sí misma invencible.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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