La escaramuza

Lula: el poder fallido

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martes, 10 de abril de 2018 · 00:07

La detención y encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva abre un capítulo de consecuencias impredecibles en  Brasil, y por sus efectos geopolíticos en muchos países del continente. No sólo porque se trata de uno de los dirigentes políticos más renombrados de este inicial siglo XXI de América Latina, sino porque, además, se lleva tras rejas un poderoso dirigente obrero (tornero de profesión) que fue capaz de mostrarle a todo el planeta que un hombre de la clase obrera puede gobernar un país tan complejo, complicado y poderoso como el Brasil. 


La pregunta que obviamente nos hacemos los ciudadanos de a pie es mucho más trivial: ¿cómo fue posible? ¿Qué tuvo que pasar para que Lula terminara como terminó? Probablemente esté pagando las facturas de haber llevado adelante un gobierno encasillado en una perspectiva política equivocada –el chavismo– frente a una burguesía brasilera poderosa y altamente eficiente en el campo político, y, además, haber inscrito su gestión en un populismo marcado por la corrupción. 


 Estos fueron, quizás, los factores que precipitaron su actual situación. Sin embargo, estos u otros elementos que podrían identificarse a lo largo de su gestión y posterior a ella (como errores políticos de su correligionaria Dilma Vana da Silva Roussef, por ejemplo) sólo son las expresiones finales de procesos que ya se venían ejecutando en las entrañas mismas del poder y la sociedad brasilera.


 El Brasil de Lula puede entenderse como el poderoso país  donde las fuerzas de la economía de mercado, el sino histórico del desarrollo de las clases sociales y el impulso de la modernidad calaron al punto de transformarlo en la mejor expresión del capitalismo global latinoamericano, y, además, en la nación que a pesar de sus grandes injusticias sociales, hace mucho dejó las ensoñaciones de una izquierda latinoamericana que periclitó en todos sus intentos. Ellos, como cualquier latinoamericano en la actualidad, tienen en frente, día tras día, la más desgarradora certificación del fracaso de la izquierda que encarnaba Lula: una Venezuela miserable en manos de un tirano indefinible. 


Si uno ve en perspectiva, Lula, como Chávez, como Correa, como Morales, como Ortega o los esposos Kirchner, se percata de que todos se instalaron en la historia en calidad de corsarios de una cruzada perdida; la tristemente célebre cruzada en la que una izquierda latinoamericana miope sacrificó más de una generación en su fallido intento y que terminó en las fauces de la corrupción, sin principios ni moral. Lula es así, el paradigma de un proyecto fallido que sacrificó toda su moral en beneficio de una transnacional: la Odebrecht


 Ciertamente más allá de lo que Lula signifique como persona (yo lo admiré en mis años mozos, por ejemplo), lo cierto es que su comparecencia ante la justicia brasilera por una dudosa donación inmobiliaria que fue, a la final, la seña que mostró el océano de corrupción que lo rodeaba, pone en el banquillo del acusado la cruda realidad de un socialismo del siglo XXI que, a la sazón, no pasó de ser una ecuación falseada, una cuasi teoría que terminó apelando al pasado y digitando los sentimientos humanos, y los dolores cotidianos para someter la historia; un canto de sirenas en el revuelto mar de ambiciones mezquinas, corruptelas oscuras y una orgía de poder con serias crisis de alucinaciones  espasmódicas y delirantes. 


Lo de Lula es espantoso, no por lo buena o mala gente que él pudo haber sido, sino porque, finalmente, la historia de nuestros pueblos muestra que a los que pretenden jugarle sucio a las conquistas democráticas de esta América morena o a los que aún creen que la liberad es un con cepto vacío, por las buenas o por las  malas, nunca les va bien.

 Renzo Abruzzese es sociólogo.
 

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