Volver a ese 17

miércoles, 18 de octubre de 2017 · 00:00
Hace 14 años, el 17 de octubre de 2003, Bolivia abrió la oportunidad de superar su crisis de Estado y empezar a construir un nuevo proyecto nacional, para dejar atrás las rémoras que nos impiden desarrollarnos y prosperar. La crisis del "Estado del 52” había provocado una situación de "vaciamiento" de la hegemonía política y, por consiguiente, de "disponibilidad” para el surgimiento de un nuevo paradigma societal. La demanda ciudadana de cambio, expresada en el clamor popular para la convocatoria a una Asamblea Constituyente, estaba en su clímax y buscaba imponerse como el elemento central de la agenda política del país.
 
En ese contexto, Carlos Mesa aceptó el desafío de conducir el proceso de refundación del contrato social, indispensable para superar la condición de anomia social, que amenazaba convertirse en diáspora y acabar definitivamente con Bolivia. Entonces se reformó la Constitución para poder convocar a la Asamblea Constituyente y se generaron las condiciones mínimas para la realización de la misma.
 
Sin embargo, intereses particulares, antagónicos en sus objetivos políticos, pero coincidentes en su afán por evitar la recomposición del contrato social, conspiraron abiertamente desde el Parlamento y desde las calles para impedir la realización de la Asamblea Constituyente. Tuvieron éxito y frustraron la posibilidad de unirnos en la diversidad y generar un nuevo proyecto nacional. El costo que tuvo esa agresión a nuestro futuro resultó inmenso, mucho mayor de lo que pudieron calcular los más pesimistas en aquellos momentos.
 
La Asamblea Constituyente, durante el gobierno de Carlos Mesa, se concibió como un espacio de unidad nacional, de confluencia, de acuerdo, donde nadie termine con la sensación de victoria o de derrota. Lamentablemente, caído el Gobierno, el MAS impuso un modelo completamente distinto, en el que la Asamblea Constituyente se convertía en una herramienta, un instrumento para consolidar y proyectar un proyecto político parcial, partidario, cuyo exclusivo objetivo fue y es la permanencia indefinida en el ejercicio del poder. El MAS transformó un proceso de inclusión y reencuentro nacional en otro de exclusión, división e imposición de unos grupos sobre otros.
 
La gente, al principio, ilusionada por las promesas de cambio, apoyó con todas sus fuerzas la Asamblea Constituyente y su producto resultante, la nueva Constitución Política del Estado, haciendo la vista gorda de la gruesas contradicciones, despropósitos e imposibilidades institucionales y procedimentales de la flamante Carta Magna. 
 
Todo valía si era a cambio de la construcción de una nueva sociedad más incluyente, participativa y solidaria. Ya habría tiempo para corregir los errores, falencias y vacíos de la ley de leyes; lo importante era refundar Bolivia.
 
Pero pasado el tiempo, se comprobó trágicamente que todo era un engaño, una ilusión más de las muchas que nos tocó ver hacerse añicos. El nuevo "pacto social” nos dividió más que antes, la autonomía y la democracia participativa retrocedieron varias décadas. El Estado de derecho, las libertades ciudadanas y el debido proceso casi desaparecieron de nuestra práctica institucional y lo único que quedó en claro es el afán ambicioso e innegociable de los gobernantes para no dejar nunca el ejercicio del poder.
 
El balance de los 14 años de "proceso de cambio” es catastrófico para la democracia boliviana. No sólo nos mantuvimos prisioneros de una crisis de Estado interminable (un "larguísimo octubre”, diría Raúl Prada), sino que echamos abajo lo poco que habíamos avanzado y construido en institucionalidad, y respeto a la ley. Nos enfrentamos a desafíos que creímos superados. Increíblemente nuestras prioridades políticas son como las de los años 80: defensa de la democracia, lucha contra la tiranía, respeto a la voluntad popular, etcétera. 
 
Toca ahora actuar como entonces. Con valor y sagacidad. Toca recuperar la democracia y volver, lo más pronto posible, a ese 17, cuando generamos la oportunidad de congregarnos, de unirnos, para romper, de una vez, el círculo vicioso que nos mantiene donde no merecemos estar.  
 
Ricardo Paz Ballivián es sociólgo.
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