Entre ceja y ceja

La paradoja de Honduras

La paradoja de Honduras
La paradoja de Honduras
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miércoles, 29 de noviembre de 2017 · 00:58

El domingo pasado se realizaron elecciones generales en Honduras. Cuando escribo estas líneas, de manera increíble, el Tribunal Supremo Electoral sólo ha emitido un boletín con los resultados, a las 2:00 de la mañana del día lunes, cuando se habían contabilizado el 57% de las actas y daban como ganador, hasta ese momento, al candidato opositor Salvador Nasralla, con más del 45% frente al presidente en funciones, que iba por la reelección, Juan Orlando Hernández, que llegaba al 40%. Se anunció que mañana jueves, por la mañana, se darían nuevos resultados, aunque no se garantiza que estos sean los definitivos.


 Empresas especializadas en estudios cuantitativos y los propios centros de cómputo de los partidos saben, sin embargo, la verdad. Nasralla ganó las elecciones por un estrecho margen, pero el TSE hondureño, indisimulado aliado del Gobierno, no sabe cómo manejar este resultado inesperado. La comunidad internacional asiste vigilante al desenlace y la sociedad hondureña se encuentra crispada, y en apronte.


 Todo empezó en 2015, cuando Hernández, atacado del virus reeleccionista, apeló a todo su poder para forzar a la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia para que dicte una sentencia donde se resolvieron favorablemente los recursos de inconstitucionalidad interpuestos por un grupo de diputados y por un expresidente de la república.


 Con los recursos se solicitaba se declare la inconstitucionalidad del segundo párrafo del artículo 239 y numeral cinco del artículo 42 de la Constitución y, por otra parte, se declare la inaplicabilidad del artículo 239. Esta disposición señalaba: “El ciudadano que haya desempeñado la titularidad del Poder Ejecutivo no podrá ser Presidente o Designado de la República. El que quebrante esta disposición o proponga su reforma, así como aquellos que lo apoyen directa o indirectamente, cesarán de inmediato en el desempeño de sus respectivos cargos y quedarán inhabilitados por diez (10) años para el ejercicio de toda función pública”. 


 El artículo 42 numeral cinco constitucional establecía: “Artículo 42.- La calidad de ciudadano se pierde: Por incitar, promover o apoyar el continuismo o la reelección del Presidente de la República”. 


 La Sala Constitucional, sometida al poder político, declaró a lugar los recursos y proclamó la “inaplicabilidad” de los mencionados artículos y del último párrafo del artículo cuatro y parte del artículo 374, por violentar el derecho a la igualdad y a la participación política de los expresidentes de la  República y por vulnerar el derecho a la libertad de expresión de los diputados. 


 Para que vean, nuestros diputados bolivianos, que presentaron el recurso de “inaplicabilidad“ de la Constitución para habilitar a una nueva postulación de Evo Morales, no son nada originales. En todos lados se cuecen habas. Cuando se trata de mantenerse en el poder a como de lugar, no interesan las leyes ni la Constitución. Hay que “meterle nomás” y después se arregla la carga en el camino.


 La paradoja está en que no importa el signo ideológico o político de los actores. Pueden ser militantes entusiastas del socialismo del siglo XXI los promotores de la reelección indefinida, como en Cuba, Nicaragua, Venezuela o Bolivia; o pueden ser derechistas, “neoliberales”, pronorteamericanos, como en Honduras. Los actores cambian de acuerdo a su conveniencia. Son precisamente Mel Zelaya y Salvador Nasralla, amigotes de Maduro, los feroces defensores de la democracia y la Constitución. Sí, el mismo Zelaya que quiso reelegirse el 2009, ahora despotrica contra el “dictador“ Hernández.


 Pero los pueblos son tercos y por alguna extraña razón no les gusta que violen su Constitución. En cuanto tienen la oportunidad, generalmente cuando por cualquier razón se los convoca a las urnas, expresan su repudio a los transgresores. Así sucedió ahora en Honduras y así sucederá todas las veces que sea necesario en Bolivia.


 La lección que nos deja Honduras es profunda: los principios valen mucho más que la práctica política del “todo vale por el poder”. 

Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.

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