Entre ceja y ceja

De la corrupción y otros demonios

De la corrupción y otros demonios
De la corrupción y otros demonios
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miércoles, 16 de mayo de 2018 · 00:07

La corrupción “es el requerimiento o la aceptación, el ofrecimiento u otorgamiento directo o indirecto, de un servidor público, de una persona natural o jurídica, nacional o extranjera, de cualquier objeto de valor pecuniario u otros beneficios como dádivas, favores, promesas o ventajas para sí mismo o para otra persona o entidad, a cambio de la acción u omisión de cualquier acto que afecte a los intereses del Estado”.

 La corrupción es un delito que cometen los servidores públicos. Puede tener formas variadas, pero las más comunes son el peculado, la malversación, el cohecho, la obtención de beneficios en relación al cargo, el uso indebido de influencias, la concusión, las exacciones y el abuso de autoridad. De acuerdo al artículo 108 de la actual Constitución Política del Estado en vigencia, es deber de todas las bolivianas y todos los bolivianos, “denunciar y combatir todos los actos de corrupción”.

 Nuestras normas de lucha contra la corrupción son de las más duras del mundo. No llegamos al extremo de algunos países, como Arabia Saudita, que tiene la “Ley Sharia”, que instruye cortar la mano a los ladrones, pero nuestra Constitución manda, en su artículo 112, que “los delitos cometidos por servidores públicos que atentan contra el patrimonio del Estado y causen grave daño económico son imprescriptibles y no admiten régimen de inmunidad”.

 Sin embargo, a pesar de esta firmeza formal, la corrupción campea en nuestro país y, si uno se deja guiar por los escándalos cotidianos que nos entregan los medios de comunicación, podríamos pensar que esta lacra social se halla descontrolada y cada vez más robusta. Tanto es así, que las empresas que miden la opinión pública, colocan a la corrupción como el problema que más preocupa a la población boliviana.

 Algún perspicaz e informado lector podría objetar que el fenómeno del incremento de la corrupción es más bien un asunto global y que corrupción hay en Asia, Europa, Oceanía, y, por supuesto, en toda América Latina. Basta hojear las páginas internacionales de algún periódico para enterarnos que Ecuador tiene a su Vicepresidente preso; Perú a cuatro expresidentes enjuiciados, dos en la cárcel, Brasil a un expresidente preso; Colombia a la mitad del Senado saliente investigado, y así una lista casi interminable.

 La diferencia con Bolivia es que, mal que mal, en los demás países, sobre todo en Europa y Asia, las leyes funcionan y los corruptos son castigados. En Bolivia, ni siquiera se investiga a quienes están ligados de alguna manera al partido de Gobierno, salvo un par de excepciones. Sobre los opositores cae todo el peso de la ley (no necesariamente de la justicia, pues quienes la administran la manipulan a conveniencia), muchas veces, como en el caso del exgobernador de Beni Carmelo Lenz o del expresidente Ejecutivo del Servicio Nacional de Caminos José María Bakovic con una arbitrariedad y saña muy parecidas a la crueldad.

 En Bolivia, la corrupción es un grave problema, como en otros países, pero el problema mayor es el sometimiento de los administradores de justicia al poder político. Mientras subsista esta situación, las leyes podrán seguir radicalizándose, pero la corrupción seguirá su incremento exponencial. El mejor caldo de cultivo para la corrupción es la impunidad.

 La visibilización constante de la corrupción, resultado precisamente de la impunidad, está causando un daño muy grave a los cimientos de la sociedad, pues está socavando la confianza de la gente en las instituciones. La ciudadanía, cuando no cree en las instituciones y en la ley, asume que debe defenderse directamente, y actúa en consecuencia. Es el momento que retrocedemos del “Estado de derecho” al “Estado de naturaleza”. Del imperio de la ley a la ley de selva. Es un momento terrible para la sociedad, es el despliegue de la anomia y de allí a la diáspora hay sólo un pequeño trecho. Sería bueno recordar al gran Tamayo en estos tiempos, el sabio amauta decía: “Nadie es impunemente poderoso“.

 Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.

 

 

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