La Paz, Bolivia

Miércoles 20 de Septiembre | 10:34 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
Roger Cortez Hurtado
La cuestión en debate

El TIPNIS y nuestro futuro

El TIPNIS y nuestro futuro
El tremendo y fastuoso acto por la tercera entrega de la Ley 969 sobre el TIPNIS, se debe a que, para el Gobierno, significa revertir seis años de frustraciones y deseos reprimidos, que se los impuso la VIII marcha indígena. Un largo período en el que, sin descansar, hostigó y persiguió a los dirigentes de la marcha, dividió a las organizaciones, montó el teatro de una consulta póstuma, truncada y de mala fe.

En las vísperas de la fiesta gubernamental se han derrochado acciones para humillar a yuracarés, tsimanes y moxeño trinitarios, a los que se trata y considera definitivamente vencidos y acorralados.

Más importante, aunque menos visible, la aprobación de la Ley 969 para la colonización y desmantelamiento del TIPNIS, representa de manera fiel y concentrada, por igual, a  la visión de país y la oferta programática que tiene el MAS para los próximos veinte años, como al plan para rehabilitar la candidatura del jefe, derrota en febrero de 2016. 

En su inicio, cuando el Gobierno avanzaba sigilosamente en la construcción de  la carretera, el conflicto del TIPNIS marcó la ruptura entre los indígenas, primordialmente habitantes de territorios comunitarios y la mayoría campesina, que vive, trabaja y se desplaza fluidamente del campo a las ciudades, al no resolver sus visiones contrapuestas sobre tierra y territorio. 

Sobre esa base se vio que la  creciente inclinación oficial  a usar la violencia, a humillar y atizar los conflictos, se afirma como rasgo del Estado que no pudo ni quiso cultivar la pluralidad, la autonomía y la participación y prefirió centralizar y concentrar el poder. De allí, que por  sus propios hábitos y tradiciones, el Gobierno se inquiete tanto por la posibilidad de que converjan los conflictos de Achacachi, el TIPNIS y otros.

La nueva ley abre el espacio, antes que a la carretera tan anhelada por el Presidente, a que la colonización iniciada hace décadas en el polígono 7, avance y se desborde incontenible, amparada no solo por la negligencia con que las autoridades atienden estas situaciones, sino estimulada desde arriba, como bien muestran múltiples  señales, con su sentido de revancha para castigar a la rebeldía y autonomía de los pueblos del TIPNIS y la solidaridad urbana que convirtió su marcha en el más temido y auténtico movimiento social que hubo enfrentado al Gobierno.

En este punto, la carretera no es más que una palanca para acelerar el proceso de avasallamiento del territorio de los pueblos y la devastación de una reserva nacional estratégica que nos pertenece a todos. De ahí que llame poderosamente la atención cómo los partidos opositores no se pronuncian sobre estos temas y reducen el debate a cuestiones parciales que esconden el fondo del problema.

Colonización y expropiación de territorios 

Claro que la nueva ley prohíbe expresamente los asentamientos y ocupaciones de hecho por personas ajenas a los titulares del territorio del TIPNIS (Art 6 c) pero plantea un oscuro procedimiento para revertir los avasallamientos, en el mismo artículo. El desalojo de las invasiones tendría que ser inmediato y automático, sin vueltas ni complicaciones, a cargo de los propietarios del territorio, con el irrestricto respaldo de autoridades nacionales, Policía y Ministerio Público ratificando lo que establece la Constitución en cuanto a las autoridades propias y el autogobierno de los pueblos, y no postergarla y subordinarla,  como lo induce el artículo previo, fijando una jerarquía contraria a la Constitución.

No se trata de descuido, el avasallamiento del territorio indígena, primero, y la expropiación del territorio colectivo que es el TIPNIS, lo mismo que todos los demás parques y áreas de reservas, es el objetivo declarado de un gobierno que a través de sus principales representantes no deja de repetir que las reservas naturales son una invención imperialista y que "es injusto que los pocos indígenas tengan tanto territorio, frente a lo poco que tienen los colonizadores campesinos”.

Prosiguiendo la tradición y prácticas consolidadas en años, la ocupación territorial avanza inicialmente, explotando las necesidades de familias verdaderamente pobres y abandonadas por el Estado y sus organizaciones. Durante su asentamiento,  siembran chacos para su supervivencia, coca para tener recursos monetizables, desboscando y cazando, lo que se aprovecha por los colonizadores más antiguos y prósperos, que agilizan y multiplican puntos comerciales, convierten en peones a los indígenas y, también, a familias campesinas recién llegadas, preparando el terreno para los verdaderos grandes negocios: desbosque acelerado, contrabando de maderas y animales, que son el prólogo necesario de la estructuración de un mercado de tierras rurales, al compás del plan gubernamental para ampliar la frontera agrícola.

El avance de la frontera agrícola que se ha acelerado en estos años, en beneficio principalmente, y con mucho, del monocultivo de productos para la exportación y no para nuestra seguridad y soberanía alimentaria que van en declive, no está diseñado para recuperar las tierras devastadas y desertificadas, sino entregando selva y bosque, no aptos para la agricultura y la ganadería, a la insaciabilidad de las ganancias y el mercado, convertidos en motor de la llamada agenda patriótica.

Las migraciones que convirtieron a los campesinos en colonizadores han sido un elemento central de construcción del país en la segunda mitad del siglo pasado, de allí que sea difícil entender el cambio de nombre a un sujeto social tan importante, sustituyéndolo por uno confuso y vergonzante cual es el de "interculturales” ¿Qué individuo en el planeta y el siglo XXI no es intercultural?

El ocultamiento de una identidad, que es una manera de menoscabarla, trata de ocultar que las migraciones obligadas por la desesperanza no son compatibles con los derechos de las personas, de los pueblos, ni con el cuidado de la vida y la naturaleza.

Los bienes escasos y la economía que necesitamos

El plan de grandes instalaciones  caras, tecnológicamente atrasadas, respecto a las necesidades humanas contemporáneas y las tendencias actuales para resolverlas, que es la oferta que hace el MAS y con la cual justifica su plan de ocupación territorial, devastación natural y etnocidio, no alcanza a comprender que las reservas naturales son fuentes de generación, reciclamiento y recreación de nuestras fuentes de vida: el oxígeno, las aguas aptas para el consumo y la biodiversidad.

Estos son bienes cada vez más escasos y valiosos y que son la mejor base para construir una economía diferente para nuestro país. El turismo sostenible, la investigación y el uso de especies que habitan los bosques para fines alimenticios, medicinales y cosméticos, la generación de oxígeno y las reservas de agua, aunados al estímulo de nuestra creatividad, constancia y esfuerzo pueden no solo permitirnos sobrevivir, sino construir una sociedad que supere sus problemas crónicos.

Si se aplicaran las concepciones dominantes al salar de Uyuni, terminarían por asfaltarlo para que se use como una gran pista de carrera y espacio de negocios de alto consumo, que es lo que más ha proliferado en estos años.

El destino del TIPNIS, como parte de los problemas y retos comunes, debe  resolverse con la más amplia participación y control social  como señala nuestra Constitución. No delegándolos al monopolio de la burocracia estatal y  los intereses sectarios y corporativos que representa. Se juega en ello nuestros recursos presentes y futuros igual que nuestra libertad y la calidad de nuestra democracia, que no debe seguir debilitándose por la imposición de egoísmos sectoriales que ahogan la realización de nuestras necesidades y sueños comunes.

Roger Cortez es docente e investigador.
144
0

También te puede interesar: