En riesgo de extinción

De Langley a Chijilaya

martes, 29 de agosto de 2017 · 12:00:00 a.m.
La comunidad Chijilay, en el cantón Ajllata Grande, Achacachi, provincia de Omasuyos (La Paz), es cuna de El Mallku, ex máximo dirigente de la confederación campesina CSUTCB. La comunidad de Langley, asimilada por la de McLean, condado de Fairfax, estado de Virginia, EEUU, es famosa por ser sede de los cuarteles de la agencia de espionaje CIA, desde donde se traman conspiraciones y golpes contra gobiernos revolucionarios, progresistas y de avanzada.

Tan distantes y diferentes la una de la otra, lucen ahora próximas, casi íntimas, gracias al último giro de la narrativa del Palacio de Gobierno, que achaca la ruda movilización de Achacachi a intenciones conspirativas de las que participan la embajada norteamericana, políticos derechistas y el anciano dirigente campesino que acaba de cumplir 75 años, para provocar la inestabilidad, según la tajante afirmación del Ministro de la Presidencia.

Pocos días antes, los agentes gubernamentales aseguraban categóricamente que la administración central de ninguna manera se inmiscuiría en una pelea estrictamente municipal, donde El Mallku encabeza a quienes reclaman la renuncia e investigación de un alcalde del MAS.
 
 Pero, la firma de una declaración conjunta entre dirigentes del TIPNIS con los de Achacachi, a la que han empezado a adherirse diversos otros sectores, imprime el brusco cambio de orientación del que se nos ha notificado, este último fin de semana de agosto.

Lo que nos tiene todavía perplejos es la razón que le impide al Gobierno contraatacar, declarando indeseable al representante yanqui y obligándolo a que abandone inmediatamente el  país, enseñando al mundo las pruebas fotográficas y otras que avalan la versión de este nuevo -enésimo- intento de golpe soft (que significa suave). Una reacción interna, así de patriótica y drástica,  incrementaría el gran prestigio antiimperialista de nuestros gobernantes  y dejaría desguarnecidos a los conjurados.

Ahora, desde otro ángulo, es fácil encontrar que el punto de encuentro de las diversas protestas, antes que un complot, proviene del creciente hartazgo con la forma de gobernar, sorda y severa con los reclamos de quienes considera ajenos o contrarias y la benevolencia hacia los que militan en sus filas: poca o ninguna acción ante denuncias y evidencias de corrupción de sus funcionarios, injurias de palabra y hecho contra los denunciantes.

Esa manera de gobernar, que fácilmente se desliza hacia la violencia simbólica y verbal y caracterizada por una competencia interna para halagar a la máxima jefatura, montó una gran ofensiva desde la ley de la coca a la de desprotección y colonización del TIPNIS, pasando por esa especie de indemnización a los cooperativistas con que se les ofrece 3.500 millones de bolivianos en inversiones y se complementa con el completo desprecio por todas las advertencias de que las próximas elecciones judiciales volverán a fracasar y serán rotundamente antidemocráticas, porque se elegirán autoridades con votaciones ridículamente pequeñas, frente a los votos blancos y nulos.

Aunque en algún momento desde la cabeza del MAS se tuvo que reconocer que fue un error el forzar el referendo constitucional de 2016 para habilitar a su candidato y buscar una nueva reelección, hoy, el paquetazo político que busca remendar desuniones, exhibir fuerza, presumir de obras y golpear a los descontentos, todo para habilitar candidaturas de reelección, sufrirá un nuevo y profundo fracaso en la nueva, pero ya harapienta, consulta electoral que se arma para diciembre.
 
Los nuevos jueces elegidos no tendrán mayor autoridad que los que han permanecido, callando y adaptándose a mandatos e imposiciones, ni a los que fueron destituidos, arrastrados por el barro, por haberse expresado con criterio propio.

Esa manera de gobernar, empeñada en convencernos que el fin del universo ocurrirá si no los reelegimos, capaz de unir a un poblado cercano al lago con uno próximo a Washington, como parte de una malvada conspiración, convence cada día menos, provoca mayor malestar y hace que su continua predisposición a la violencia vaya creando concurrencias, no con espías y conspiradores, sino entre quienes son víctimas de abusos, despojo e imposiciones.

Roger Cortez es docente e investigador.
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