En riesgo de extinción

Lo estúpido de la guerra

Lo estúpido de la guerra
Lo estúpido de la guerra
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martes, 16 de enero de 2018 · 00:09

Cuando un golpe hiere dos veces, el dolor no se duplica, se multiplica muchas veces. Es eso lo que reflejan las expresiones del primer y segundo mandatario cuando, desde el podio que construyeron para mostrar al mundo que Bolivia es un país dedicado a gozar del automovilismo de alta gama, y no a protestar, se alzó una voz que rompió el protocolo para reclamar que se cumpla la Constitución y se respete la decisión soberana. La segunda y simultánea injuria resulta del hecho que sus palabras se repitieron y multiplicaron por todos los medios, encabezados por la emisora televisiva oficial que, cogida por la sorpresa, las emitió sin censura ni corte.


 En plan de reparar daños, dijo luego el jefe de Estado que el incidente habría sido una fallida intención de mezclar la política con el deporte, obviando que   el paso del rally por nuestro país es, de principio a fin, un enorme operativo político de promoción electoral e internacional para  el régimen. 


 Los 149 millones que habría movilizado el espectáculo es una cifra fantasmagórica e inverosímil, porque una vez que se van los carros queda el rosario de conflictos que compone un enorme cuadro en el que se dibuja  como la ofensiva general declarada por el Gobierno para imponer su candidato se está desmoronando en los más diversos frentes.


 La batalla librada  alrededor del artículo sobre la negligencia médica, además de culminar con la retractación gubernamental, puso al desnudo que los enclenques servicios de salud no han experimentado prácticamente ningún proceso de cambio en 12 años y no demoraría  en verse  como las grietas de la salud pública,  se verifican también en educación, donde seguimos produciendo graduados que tienen dificultades extremas en comprender lo que leen, como se verificó en las escasas evaluaciones realizadas hace más de dos décadas. 


 La represión empleada para imponer un artículo del Código Penal ha llevado a cuestionar otros y, hoy, a la totalidad de su texto, cuya matriz ha quedado al descubierto.


 La fuerza empleada para legalizar la candidatura presidencial del MAS está apurando vertiginosamente su desmoronamiento hegemónico. El haber quebrantado la Constitución y atropellado la soberanía popular ha elevado la cota de violencia de los enfrentamientos y está gestando una crisis política de envergadura mayor, que se inflama con las majaderas explicaciones de que la Constitución está intacta y que “en el fondo” ella contiene la fórmula para que el pueblo renuncie a su soberanía.


  La imposición de nuevos tribunos, e inclusive la del Código, si se consolidase, no retrasan ni ablandan ese proceso de desagregación y pérdida de control.


 Tampoco ayuda la improvisada y precaria sociología del último descubrimiento vicepresidencial sobre que el fondo del malestar debe buscarse en la diputa  del “espacio social de recursos, reconocimiento y oportunidades”, que nacería de la incorporación de dos millones de personas a la clase media. Esa cantidad de personas que habría superado estadísticamente la pobreza concentra y consume  cotidianamente todas sus energías en no retroceder al abismo y carece de medios para entablar la pugna que imagina  y describe el Vice.


 El suicidio que resultaría de renunciar a la candidatura del hoy presidente, a quien el Vice describe como punto de encuentro y unidad de los oprimidos, surge más bien al tratar de imponerla, porque se ha convertido en el epicentro de nuestras mayores fracturas y confrontaciones.


 No le va mejor cuando de profeta trata de virar a poeta, para anunciarnos épicamente que se alista, junto al Presidente, para encabezar una guerra. No será una donde resuenen los claros clarines, ni brillen sus armaduras, o empuñen cañones de futuro, simplemente porque no son ellos los estrategas que luchan contra lo regresivo. 


Son apenas la cabeza de una tropa burocrática que pugna desesperadamente por preservar privilegios y asegurar su impunidad, especulando con una estabilidad económica artificiosa y los residuos de ilusiones  y esperanzas de quienes recibieron beneficios,  mientras chocan, cada día más, contra las expectativas y la fuerza social que los encumbraron.

Roger Cortez  Hurtado es director del Instituto Alternativo.

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