En riesgo de extinción

El Imperio del Mall

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martes, 22 de mayo de 2018 · 00:08

No hay error; no  hablo del Imperio del Mal, la frase  con que Reagan lapidaba  a la Unión Soviética, o la que aún usan los ayatolas  contra los imperialistas, con la que unos tachan a sus contrarios como hogar y sede de la perversidad, de la malicia, verdadero nido de Satanás.

Hablo de nuestro país, de las rutas inesperadas que han conducido a que los dirigentes políticos  que incineran todos los días con llamas verbales a los yanquis y sus lacayos, conduzcan al país de manera que nuestras ciudades más grandes estén inmersas en una competencia de cuál alberga más y más grandes malls (¿se pronuncia mol?): esos cada vez más amplios centros comerciales, que visten sus  exteriores con coquetas luces, los de techos altísimos, extensos estacionamientos, tiendas de estos y lo otro, e interminables caravanas de visitantes.

Resulta que la estelar criatura urbana de la era de la revolución democrática cultural, del proceso de cambio, del vivir bien, del antiimperialismo y el posneoliberalismo,  del Pachakuti, es… …el Mall. Aterrizó para deslumbrar a los que recorren sus pasillos y se divierten con sus escaleras mecánicas,  con sus colores, con sus boliches de platillos rápidos, de salones de juego,  y sus decenas de salas 3D; alimentando el impulso vital, o al menos la esperanza,  de comprar y comprar.

No vaya a pensarse que es un accidente, una torcida jugada de las tendencias de inversión o de la arquitectura; de una maniobra propagandística emponzoñada. No: es el reflejo necesario del mercado que sale al encuentro de la sed de consumo, del deseo de parecerse a lo que impacta en los viajes al extranjero, es algo que late en la sangre de la sociedad que estamos construyendo realmente; no de la que imaginamos o decimos buscar.

El palacio que se inaugurará en junio, en la principal plaza de armas,  es la confirmación definitiva de que el imperio del Mall se impone a los  discursos y a las interpretaciones. El nuevo palacio de cristal con sus ascensores vertiginosos y su lujo meticuloso  y trepidante es el escaparate de los deseos y antojos más ostentosos y también de los más recónditos  de los dirigentes nacional-populares, revolucionarios, combativos  y, sobre todo,  duraderos que hayamos tenido desde el principio de los tiempos republicanos.

Su construcción atestigua que el presidente del atuendo simple, de la vida frugal, ha quedado totalmente sepultado para dar paso al personaje que necesita vitalmente el  reconocimiento y el homenaje, porque según declara su séquito, es la consecuencia ineludible que tenemos los bolivianos con quien ha rescatado  todos los millones para la patria y el pueblo, para realizar las grandes obras con que nos obsequia –sin contar las todavía mayores que nos está preparando–. Tanta gloria concentrada tiene que rodearse de símbolos que recuerden y subrayen su grandeza ¿No es así, señor presidente?

Se necesita ser un completo desalmado para no reconocer que quien  trabaja sin reposo de 4:00 de la mañana a medianoche, que se reúne interminablemente para nuestro beneficio y bienestar,  merezca una vivienda que no supere a la de sus   antecesores y quede  por debajo de los estándares de las residencias  (y los malls)  que se construyen febrilmente en nuestro país. El colmo de tanta ceguera es no admitir que el palacio es también casa del pueblo, abierta y accesible  para visitarlo, admirarse, regocijarse casi, casi… como en un mall!

Los visitantes volverán luego a sus realidades cotidianas, con el corazón henchido de gozo y orgullo, porque el hombre que lleva las riendas con manos de acero, al que no le tiembla el pulso, el que hace retroceder montañas y selvas, tiene finalmente una sede, una oficina y una vivienda a su altura y que, además, en su calidad de nuestro máximo representante, es como si la tuviéramos todos.

Por si faltara algo, en ese palacio de todos, se seguirán acordando, revisando y aprobando contratos, no sólo los grandes, como el de ENRON en los tiempos neoliberales, sino los pequeños e inclusive los menudos, democráticamente, como en un supercentro comercial, que es el modelo que impera y ha llegado para quedarse.

Roger Cortez es investigador y docente universitario.

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