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Desocupado lector

Operación masacre

Operación masacre
Menos mal que lo ocurrido hace unas semanas en Panduro (ese mojoncito ubicado entre La Paz y Oruro, de nombre tan curioso y que no tengo el gusto de conocer), no pasó a los anales nacionales como "La masacre de Panduro”. Porque, por lo menos en ese momento, yo escuché a más de un periodista hablar en esos términos.

Y es que, según el diccionario, una masacre es una mortandad importante en términos de número, de manera que, a decir verdad, y con el debido respeto a los deudos, los cinco o seis muertos de Panduro no ameritan, creo, hablar de masacre (a menos que, como en los santorales, se pase a hablar de masacres menores y mayores). Llevado por las irresistibles alas de la impiedad satírica, diría incluso que, si ése fuera el caso, habría que concluir que masacres eran las de antes. Esto si confiamos en el historiador James Dunkerley, quien habla de cientos de campesinos muertos en Uncía, en 1921 (Orígenes del poder militar, p. 170). De manera que, si lo de Panduro fue una masacre, lo de Uncía podría ser considerado un genocidio, si es que hubiera la posibilidad de ponernos de acuerdo en el significado de las palabras, empresa no poco excéntrica. 

Porque ¿a quién le importa el diccionario? Para una ideóloga feminista, por ejemplo, actualmente se está llevando a cabo un genocidio silencioso de las mujeres, producto de los feminicidios. Pero sometidos como estamos al terror jacobino feminista, prefiero prudentemente abstenerme de hablar de la guerra de sexos y concentrarme en la lucha de clases.

Como se sabe, la de las masacres es una larga historia, una suerte de deporte nacional de autoflagelación que se remonta a la de Uncía (1921), pasa por la de Catavi (1942), la de San Juan (1967), la de Tolata y Epizana (1974), la de Todos Santos (1979) y, ya en la "era democrática”, parece haber derivado hacia variantes más bien cromáticas, como "Octubre negro” y "Febrero rojo” (2003) (¿o es al revés, "Octubre rojo” y "Febrero negro”?). Porque antes se amparaba, como se puede ver, ora en la comodidad toponímica, ora en el calendario festivo o ritual. En todo caso, siempre se trata más o menos de lo mismo: el brazo armado del Estado que arremete criminalmente contra el pueblo indefenso. 

Todo país tiene sus religiones o cultos nacionales. Si los argentinos tienen el fútbol y el peronismo, nosotros tenemos el asunto del mar perdido y el martirologio del pobre pueblo masacrado por unos enemigos inclementes. Como se estila hablar ahora, forma parte de los usos y costumbres (aunque no sabría precisar si uso o costumbre, salvo que estas dos entidades vengan a ser lo mismo). 

Ni modo: la ocurrencia de las matanzas y en general la dramatización politiquera es parte de nuestra personalidad colectiva, y sólo un psicólogo social podría, creo, hablar con mayor propiedad al respecto. Por ejemplo, a nadie en Chile se le ha ocurrido rebautizar el palacio presidencial como "El Palacio Bombardeado”, después de que Pinochet lanzara la aviación sobre La Moneda, en 1973, para sacar a Allende de su lugar. Pero nosotros, no contentos con tener un Palacio Quemado desde el siglo XIX, ahora tenemos también una Alcaldía Quemada, en El Alto.

Nota de color: las masacres incluso pueden producir muertos de manera indirecta, según los autores de 1967: San Juan a sangre y fuego, libro dedicado a recordar esa célebre agresión a los mineros de la principal mina de la era del estaño; dos días después de la balacera se celebraba en Sucre un encuentro de poetas (tarea para mis amigos reskataristas: recuperar este evento lírico). El poeta Jorge Calvimontes leyó entonces un poema alusivo, con tal eficacia emotiva que uno de los auditores cayó fulminado con un ataque cardiaco (p. 205). ¿No ha dicho el poeta que el ser humano no puede soportar demasiada realidad? 

Como el lector es avispado, ya habrá observado, mientras lee esta columna, que he "fusilado” el título de la misma de una famosa investigación de Rodolfo Walsh, referida a una masacre militar argentina de los años 50. Número de muertos: cinco. Así pues, como consuelo, diré que también los vecinos del sur son aficionados a la exageración dramática.

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.
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