Desocupado lector

Hombres recios que acosáis

sábado, 29 de octubre de 2016 · 12:00:00 a.m.
A qué hombre no le ha ocurrido en su historia amorosa enfrentar la dura competencia que se entabla con otros hombres cuando en los alrededores aparece una mujer bonita. Pero es algo más raro que esa competencia sea de una lesbiana. Esto es lo que ocurre en Las bostonianas, una gran y divertida novela de Henry James, que tiene además la virtud de ser más fácilmente legible que otras del denso autor norteamericano. 

En la lesbiana dominante hay a menudo un desesperado afán de apoderarse de una mujer atractiva pero, desgraciadamente, lo suficientemente heterosexual como para terminar cayendo en los brazos del primer varón que atávicamente le ofrezca acompañarla y hasta ayudarla a alzar algo muy pesado. En consecuencia, en esta novela, la lesbiana enamorada de la joven, asaz interesante pero intelectualmente maleable, la educa para detestar a los hombres como especie, incluso falseando o distorsionando la historia, todo en un marco de un feminismo malhumorado, muy parecido al que se vive en la actualidad, motivo por el cual comento el libro, no sin un embarazo y temor crecientes ante la verdadera dictadura de la corrección política que impera hoy por hoy. 

Todo marcha bien para el Lenin con faldas, hasta que… aparece un joven (su primo) quien, con su simple presencia y a pesar de sus ideas, termina conquistando a la chica y escapando con ella. Digo a pesar de sus ideas, porque este personaje, fascinante por sacudir nuestros convencionalismos, es lo que se dice un conservador, para ilustrar lo cual basta con citar un pequeño parlamento de sus charlas con la muchacha: "Estoy muy lejos de suponer... que la mujer no interviene lo suficientemente en la vida pública, que se la ha relegado durante demasiado tiempo a la casa; yo creo que interviene demasiado. Toda la actual generación se ha afeminado; el tono masculino está desapareciendo de este mundo; vivimos en una era femenina, nerviosa, histérica, charlatana y estúpida; una era de frases vacías y falsas delicadezas”. 

¿Sorprendente no? En 1886, cuando fue escrito esto, la agudeza jamesiana nos hace pensar que quizá detrás de toda la alharaca sobre la tiranía machista, los tiempos modernos sean más bien el escenario del triunfo del principio femenino en la sociedad. Da para pensar, y más si enfocamos esto a la luz de la estricta actualidad.

Como es sabido, Sor Juana Inés de la Cruz increpó a los hombres en pleno siglo XVII con un célebre verso que sonaba de modo muy parecido al título que he puesto a esta columna: "Hombres necios que acusáis”. Desconozco el tema, pero siempre me ha llamado la atención que sea una monja la que salga por los fueros de las mujeres. Algo parecido en cualquier caso al hecho de que una vanguardia jacobina de invertidas enarbole de manera abstracta las demandas de igualdad de las féminas, y no éstas, las verdaderas involucradas. 

 "El sufrimiento de las mujeres es el sufrimiento de toda la humanidad. ¿Cree usted que va a haber un movimiento capaz de detenerlo?... Hemos nacido para sufrir… y para soportar ese sufrimiento, como gente decente”, dice Ransom, que así se llama el personaje, aludiendo magníficamente a la relatividad de las luchas sociales. Algo muy alejado de la torpe promesa de felicidad que la modernidad formuló al hombre (y a la mujer, claro, pero cuán lejos estamos del tiempo en que decir hombre era hablar de la humanidad toda), feminismo incluido, y en cambio se acerca a lo que explícitamente James tematizó como el estoicismo con el que, opina su personaje, se puede quizá vivir más tranquilo.

Bien visto el asunto, toda revolución es contranatura, por lo cual a la larga fracasa. Pero lo hace a la manera en que razonaba Marx, avanzando un poquito. El conservador agrega a esto que ese poquito deja la melancólica sensación de que no ha procurado un gramo más de bienestar a la humanidad. En el caso de la novela, parece que el hombre se saliera con la suya, pero sólo se anuncian nuevas desventuras: "Pero aunque la joven se declaraba feliz, él pudo descubrir que bajo la capucha estaba llorando. Y es de temer que en aquel matrimonio, tan lejos de ser admirable, al que la muchacha iba a entregarse, no fueran aquéllas las últimas lágrimas que estaba destinada a derramar”.

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.