Diletantismos

García Márquez en lontananza      

sábado, 14 de octubre de 2017 · 00:00
Dentro de 50 años se me entenderá, dicen que dijo Stendhal, ante la incomprensión que había provocado su obra entre sus contemporáneos. A Gabriel García Márquez le ocurrió lo contrario; publicó Cien años de soledad hace medio siglo y se convirtió en un fenómeno de ventas sólo digno de las grandes ligas del comercio cultural mundial. The right man in the right place: un colombiano profusamente bigotudo, campechano, bromista y antidictatorial surgido de las dilatadas y postergadas tierras del sur americano no podía encajar mejor en la necesidad mundial de renovadas utopías para las buenas gentes de los años sesenta del siglo pasado. En consecuencia, se organizó alrededor de esta novela y su autor un boom que se encargó de encandilar a la crítica acerca de una literatura, la latinoamericana, que paradójicamente había producido por primera vez un poco antes, en los años 40 y 50, obras de una calidad altísima. 
 
Porque ahora, puestos a evaluar desde este siglo XXI, vemos con un poco más de claridad que Rulfo es notoriamente superior al colombiano en la construcción de cuentos rotundos, que Onetti es un narrador poseído por un talento verbal nato, mientras Vargas Llosa, que sudaba copiosamente para escribir sus novelas con estrictos horarios de oficinista, no pasa de ser un esforzado obrero literario. Y que Borges, con lo que escribió entonces, puede mirar tranquilamente a todos de arriba (el único que con seguridad será leído en 500 años, según Cabrera Infante).
 
Como tantos seguramente, yo he hecho el ejercicio de releer partes de la novela de GGM este año, con motivo de ese quincuagésimo aniversario. Y he vuelto a tropezar con las mismas dificultades y molestias. Dicho cortito y al pie: no me trago, como no me tragué cuando lo hice por primera vez (sólo que entonces era inseguro), la desmesura rabelesiana como forma de humor, la inconsciencia estructural respecto de lo que es una novela, los caprichos estilísticos (como escribir sin puntuación, aunque esto lo practica en otra novela), la fantasía desbordada e infatigable, la mitología colectiva, todo tan alejado de la tradición central de la novela de origen europeo. 
 
 Quizá se trate de un asunto personal: mis padres no tuvieron la delicadeza de hacerme leer o leerme a los siete años Las mil y una noches, como cuenta GGM que le ocurrió. Porque, a decir verdad, lo real maravilloso, esa suerte de literatura infantil metamorfoseada en novelas, es algo que siempre está ahí, a poco que estiremos las antenas con buen ánimo. Sin ir lejos, en este país hace unos días, 18 abogados se unieron para defender a un perrito agresivo que había mordido a un niño, pese a que los dueños del can incluso habían hecho tratar al pequeño con un kallawaya para recuperar su ajayu. Pero convengamos en que no es necesariamente el mejor tipo de humor, dado cierto y comprensible cansancio cultural.
 
Además, hay alrededor del tema GGM ese otro aspecto desagradable de su afición por el poder despótico, que también caracterizó a la literatura latinoamericana de esa época. Biógrafos y estudiosos posteriores, acuciosos ellos, supieron ver que detrás de ese interés por los dictadores estrafalarios había una no confesada admiración (al revés de lo que dijo otro, creo que Asturias: que esa curiosidad era de naturaleza entomológica). 
 
Pensábamos que ese folklore desvaído había envejecido o muerto, pero cuando se ve al dictador Maduro encontrarse con un Chávez metamorfoseado en pajarito o a Evo Morales haciéndose pintar en el Ministerio de Defensa de la Plaza Avaroa con helicópteros volando alrededor suyo, como todo un Kim Jon Un andino, no tan respondón pero igualmente ebrio de poder, comprendemos con disgusto que una vez más la historia nos ha jugado una mala pasada. 
 
Sin embargo, es improbable que un Vargas Llosa, por ejemplo, haga el gesto teatral de anunciar que no volverá a publicar hasta que Evo Morales o Nicolás Maduro dejen de gobernar, para bien de sus países, como hizo García Márquez respecto de Pinochet (al final, ante la imperturbable pertinacia del dictador mapochino, tuvo nomás que rendirse y volver a hacerlo; la marca GGM no podía ser desperdiciada de ese modo por motivos bajamente políticos). Supongo que porque la derecha es en cierta medida más estoica.
 

Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario.