Diletantismos

A como dé lugar

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sábado, 11 de noviembre de 2017 · 00:00
Hace poco sostuve con una amistad una discusión "político-ideológica”, por dar un nombre más digno del que se merece a una de esas rutinarias escaramuzas ciudadanas que abundan en estos tiempos negros en el país. El tema, obviamente: la re-re-repostulación. Era un tira y afloje semicómico: yo que insistía para que opinara, y él o ella (poco importa el sexo) que toreaba la insistencia, con visible  intención de evitar el enfrentamiento, flojera de por medio. Hasta que tuvo una salida que me dejó estupefacto, motivo por el cual recuerdo la charla aquí. Dijo de buenas a primeras algo así como: "...y finalmente, si quieren quedarse toda la vida en el gobierno ¿qué?”.
 
Fue la mejor manera de terminar la discusión, porque me dejó sin aliento y argumentos. 

¡Ah! ¡La clase media nacional!, nunca sabes con qué te van a salir en su afán de no ser molestados en su rutina cómoda. Yo mismo fui a la celebración del 21F sólo un rato, y me volví rápido a casa porque había un muy buen partido de la Copa Libertadores. Así que me permito discrepar con las voces optimistas que, ante la majadería masista (ahora ya se está hablando sin sangre en la cara de presidencia vitalicia, nada menos) dicen que hay una sensible diferencia cualitativa entre Bolivia y Venezuela, según la comparación que se acostumbra. 

"El aguerrido pueblo boliviano no se deja así nomás” es, resumido, el argumento. Pero entretanto ya estamos bajo un gobierno esencialmente ilegítimo y casi todos los medios están acallados o comprados. Y todavía algunos amigos me dicen que no llamarían a esto una dictadura, como si las dictaduras sólo pudieran darse al estilo siglo XX, con milicias de por medio. 

Porque la palabreja democracia da para mil y una elucubraciones, por supuesto. Fíjense lo que opinaba Flaubert de la difícil democracia francesa del siglo XIX: "El primer remedio sería acabar con el sufragio universal, la vergüenza del espíritu humano”. "Valgo sin duda por 20 electores de Croisset”; "Creo que la multitud, el rebaño, será siempre odioso. Lo único importante es un reducido grupo de inteligencias, siempre las mismas, que se pasan la antorcha”. 

Pero Flaubert reaccionaba desesperado desde su torre de marfil de artista ante las barbaridades cometidas por la Comuna de 1871. Y en ese tiempo, burguesía era sinónimo de vulgaridad y optimismo, hasta que Marx la convirtió en el enemigo de clase del proletariado. Y a continuación hizo la magia de hacer pasar por democracia la dictadura de un partido sobre el resto de la sociedad. 

Sí, cuando se trata de adornar retóricamente para el autoritarismo vale todo. Un emigrado "gaucho” señaló en este periódico, por ejemplo, que en Venezuela el chavismo es ahora la minoría, pero el problema es que es una "minoría intensa”, y por eso Maduro sigue en el poder. También se podría decir que la juventud hitleriana era una minoría más musculosa, gracias a lo cual apaleaba a la población que no estaba de acuerdo con Hitler.

En fin, que no pasa día en que la enfermiza legión de incondicionales interesados lanza alguna nueva opción para darle gusto al jefe. El mensaje es claro: "lo vamos a hacer a como dé lugar”. Así que quizá lo que a estas alturas importe sea que nos sinceremos: queremos después de todo una democracia estilo occidental, con sus defectos y así sea desde la retaguardia de la retaguardia de Occidente, o nos inclinamos por alguna forma de incanato dinástico.

Finalmente estamos en pleno siglo XXI y un día sí y otro también vemos barbaridades como el intento de califato o la satrapía del mofletudo Kim Jon-un. Aunque yo creo que un incanato redivivo se acercaría más al escatológico Roberto Kagame, presidente hace 27 años de Ruanda y que se propone gobernar hasta 2034.

Pero si no vamos a ser sinceros, y a fin de por lo menos no gastar más plata al cohete, yo les sugiero a los estrategas masistas una quinta vía: algún exconstituyente azul podría soltar la especie de que cuando se firmó ese papel inservible llamado Constitución hubo un percance: la malicia neoliberal borró el cero que acompañaba al cinco. que estipulaba el número de años del ejercicio presidencial. Quizá con 50 años el señor Morales se dé por satisfecho.

Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

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