Diletantismos

Antes de votar nulo

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sábado, 25 de noviembre de 2017 · 00:04

Cómo me gustaría hablar de literatura, música, cine o algo así. Tenía la idea, por ejemplo, de hacer una notícula nostálgica sobre los 50 años del Sargent Pepper. Pero como ésta es la última columna que escribo antes de las “elecciones” judiciales (así, con comillas), me veo en la obligación ética de romper una lanza por la causa del voto nulo, así sea indirectamente. 


La república está en peligro, acechada por los pichones de la dictadura cubana, que se han propuesto enterrarla, y como ya dije hace un tiempo: ningún liberal que se precie de tal deja de postergar sus intereses personales cuando los enemigos de la sociedad abierta (Popper dixit) asoman sus narices nefastas.


Digo indirectamente porque en realidad voy a hablar de la vecina Argentina, que afortunadamente ya ha superado el populismo kirchnerista  (último avatar del peronismo). Como los bolivianos somos víctimas del subimperialismo cultural gaucho y además estamos cerca, sabemos más de su política (que de Venezuela o Nicaragua, por ejemplo)  para intentar entender cómo se consiguió esto; pero antes quisiera hacer un ejercicio retrospectivo para desbaratar una de las argumentaciones del populismo de izquierda, 


Al promediar la primera mitad del siglo XX, Argentina era la quinta potencia mundial o algo así (sólo por coquetería literaria, citaré a Celine, quien en Viaje al fondo de la noche habla de los potentados argentinos de la carne que dominaban con su plata el París de su época). Hasta que llegó la crisis de los años 30 y eso provocó el surgimiento del peronismo, versión gaucha del ubicuo populismo latinoamericano.


Es decir, Argentina, a diferencia de la mayoría de los otros países de la región, estaba en condiciones casi ideales para despegar al desarrollo, pero el peronismo llevó a cabo la proeza de “subdesarrollarla” durante décadas con sus políticas estatistas, para conducirla al punto en que está ahora, intentando terminar de internarse en un nuevo siglo, pero ya sumamente rezagada, incluso por detrás de Colombia y Chile. Algo radicalmente diferente de la fábula según la cual Perón redimió a los desposeídos y puso un dique a la explotación extranjera que impedía el surgimiento de un país tan rico como es el vecino del sur. 


Ahora que, después de las últimas elecciones que reforzaron el apoyo a Macri, la gente respira aliviada (“nos salvamos de volvernos Venezuela”, es más o menos la idea que circula), hay la sensación general de que una oposición inteligente y comunicadores brillantes, y comprometidos consiguieron neutralizar exitosamente la demagogia kirchnerista. Y esto pese a que, patéticos y/o ridículos como siempre, operadores y activistas “cristinistas” hicieron el grotesco intento de inventar un caso de “desaparición forzosa” para aludir a que los fantasmas de la dictadura setentera estaban de vuelta. Tonterías que la opinión pública no se traga, ni mucho menos. 


Además, hay una justicia que funciona, gracias a lo cual las cárceles se están llenando de tartufos igualitarios, corruptos hasta la médula. El ranking de la justicia en la región que hace días se ha conocido muestra que en Argentina hay por lo menos un mínimo de credibilidad y seriedad al respecto. Gracias a estos factores se volvió muy difícil manipular la Constitución para promover la prolongación en el poder con fines exclusivamente dolosos, mientras que en nuestro país parece casi inevitable que próximamente se rompa la carta Magna para satisfacer la borrachera de poder de una nueva oligarquía.


Si haciendo un esfuerzo uno creyera que el famoso proceso de cambio fue un éxito en algún otro sentido, la situación de la justicia bastaría para relativizarlo y anularlo, pues nada justifica que el precio sea pasar a ocupar los primeros lugares en el mundo en materia de sistema judicial. Porque son ellos, los genios del MAS y sus “organizaciones sociales”, los que salieron con la gran nueva de que se podía mejorarlo eligiendo popularmente a sus administradores, en un país con un know how extraordinario en materia de corrupción electoral. Un problema que ya se ve que sólo tendrá como solución volver a fojas cero y reformar la Constitución para volver al sentido común que practica todo el mundo en este tema. Y con otro gobierno, claro.

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

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