Desocupado lector

Lo que queda del Nobel

Por 
sábado, 23 de diciembre de 2017 · 00:06

Típico de la literatura en su época poscine: leer una novela después de ver su versión cinematográfica. Más aún, típico de la era posliteraria: leerla porque a su autor le han otorgado el Nobel. Si no hubiera ocurrido esto último, mi curiosidad de lector quizá me hubiera llevado por otro de los miles de senderos en que se derrama el caudaloso río de la literatura que se produce día tras día.

Hace dos décadas vi Lo que queda del día, y entonces ni me interesé en saber que estaba basada en la novela de este curioso espécimen literario que es Kazuo Izhiguro, japonés e inglés a partes iguales, flamante titular de un premio Nobel, entretanto, asaz desvalorizado. 


Una cosa buena del “estado de arte” de la cultura actual es que uno puede acceder a lo que sea, como sea y cuando sea. Así pues, leí la novela y volví a ver la peli, además de leer comentarios críticos en la red, con la idea de hacer el interesante ejercicio crítico de comparar ambas. Uno aprende, por ejemplo, cómo actúa la adaptación con la materia prima, qué se saca, qué se aumenta, que se condensa o se narra desde otro punto de vista, etc. Interesante.


Pero más que lindezas formales quería ver cómo se construía el curioso personaje principal de esta obra. En la película el personaje de Hopkins es menos neciamente mayordomo, diría yo, pero en ambas sigue resultando una suerte de Bartleby de la mayordomía, harto asexuado, porque nada opina (él que tanto opina de todo, como único narrador que es), de las insinuaciones de su ama de llaves, el extraño caso de un hombre que no se da cuenta o no quiere darse cuenta de que una mujer está enamorada de él. Más: no se da cuenta de que    él también está enamorado.


Y en general el personaje resulta igual obtuso. Un mayordomo cuya única ambición es servir adecuada y perfectamente a “su señor” porque su padre fue así y le enseñó que hay que ser así. Da para pensar si Mr. Izhiguro no exageró un poco y cayó en cierto estereotipo preconstruido de “lo inglés”. En todo caso, demasiado boli y encuevado como para expedirme sobre el asunto, lo dejo ahí. 


 Todo está amarrado al otro tema fuerte del libro: el patrón filonazi o simplemente caballero ingenuo que, condolido de las cuitas del pueblo alemán después del tratado de Versalles, se deja llevar por la compasión hasta terminar enredado y usado por la diplomacia hitleriana para seducir a la pérfida Albión, y evitar que intervenga antes de que Alemania esté en condiciones de conquistar el mundo. 


 Lord Darlington, como se sabe, realmente existió (esto de usar sin escrúpulo alguno personajes reales es, creo, una característica de la narrativa posmoderna) y en la novela se cuentan las reuniones que organizó, incluso con Ribbentrop, a la sazón embajador teutón en Inglaterra, y posteriormente Canciller hitleriano.


No creo estar buscando demasiados pelos en la sopa si digo que aquí también veo al flamante premio Nobel un tanto novel en la faena de escritor. Porque el mayordomo se muestra muy obviamente informativo, y hasta periodístico. Pero esto quizá tenga que ver sobre todo con el otro gran problema o molestia que me produjo esta lectura: su narrador. 


El tema teórico de la justificación ontológica de una narración (por qué alguien cuenta algo al lector) quizá sea ocioso, pero aquí la voluntad de contar una historia es muy artificial: el mayordomo siempre está escribiendo mientras actúa (algo así como “Ahora estoy leyendo el periódico en el hotel mientras me siento ansioso por saber cómo resultará mi encuentro con Miss Kenton, pero igual quiero seguir contándoles las aventuras de mi patrón”).


Veo que, como me ocurre con frecuencia, he exagerado los problemas tanto de la peli como de la novela. Porque aun mal construidas, consiguen nomás hacer pensar en la tristeza esencial del amor, o del desamor en este caso. Quiero decir que pese a la inverosimilitud de este hombre kafkiano, la desesperación de la mujer es comprensible, de manera que te lleva a concluir con la mayor filósofa del amor, Karen Carpenter: “lo único sacas del amor es una tonta canción de amor”.

Wálter I. Vargas es  ensayista y crítico literario.

Permítanos un minuto de su tiempo.

Para desarrollar el periodismo serio e independiente, esencial en democracia, que usted aprecia en Página Siete, contamos con un equipo de reporteros, editores, fotógrafos, administrativos y comerciales de primer nivel.

Los ingresos con que Página Siete opera son producto de nuestro trabajo; no contamos con prebendas de ninguna naturaleza.

Si usted desea apoyar el esfuerzo que realizamos, suscríbase a P7 VIP, para recibir de lunes a viernes una carta informativa por correo electrónico, que contendrá un resumen de las noticias y opiniones más interesantes de Página Siete, a un costo de sólo Bs 15 al mes.

Para suscribirse haga clic aquí o llame al número 2611749, en horas de oficina.

28
4

Otras Noticias