Diletantismos

Lecciones nuevas de libros viejos

sábado, 16 de septiembre de 2017 · 00:00
No ahora, desde hace un puñado de años, y toda vez que prácticamente ya no compro libros, vengo observando lo desactualizada que, inevitablemente, se puso mi humilde biblioteca personal (mil y pico volúmenes, a menudo astrosos y descabalados). Y en ella, sobre todo los libros que, como buen diletante, acumulé a lo largo de los años sobre política, historia, ideología y otras vainas (porque la literatura es diferente, claro: los 25 siglos que nos separan de Sófocles no mellan el interés y hasta asombro que sus obras despiertan).

Me refiero a títulos como  Los mil días de Kennedy  o La responsabilidad de los intelectuales, libro donde el un tanto chalado  Noam Chomsky afirmaba que el gobierno de Lyndon Johnson era parecido al de Hitler, o  El fantasma de Stalin, donde Sartre trata de explicarse la invasión soviética de Hungría en 1956. Temas todos que los millenials actuales deben observar como yo veo las guerras  napoleónicas. Pero si no boto esos volúmenes o trato de revenderlos en el pasaje Núñez del Prado, es porque, siempre que vuelvo  a hojearlos, aprendo algo; aquí va un par de cosas al respecto: 

Lección uno: ¡Cuán veleidosa y traidora puede ser la historia con los pobres intelectuales que se aventuran a pronosticar del decurso de los hechos: el filósofo Cornelius  Castoriadis, por ejemplo, aseguraba (en  Ante la guerra, 1981), con abundantes cifras de misiles, ejércitos y tecnología militar, que Occidente estaba condenado a perder cuando la guerra fría final e inevitablemente se calentara y los dos ejércitos se enfrentaran en el Armagedón. Pocos años después, sin mayor alboroto ecuménico guerrero, el imperio soviético se desmembraba y perecía de muerte natural para dar paso a la potencia de segundo orden que es ahora. Pobre Castoriadis, le fue mal como agorero. 

Algo parecido pensó Jean Francois Revelen  Cómo terminan las democracias (1983).
 
Apesadumbrado, razonaba este señor que las democracias de corte occidental, por sus propias características, podían albergar y de hecho albergaban a los gérmenes de sus asesinos. La gente que no cree en la democracia la usa para encumbrarse en el poder y luego la destroza, decía.
 
Ergo, no había esperanza: las autocracias se impondrían a la larga por una serie de factores sesudamente mentados por el autor. También se equivocó, a juzgar por lo que ocurrió en general en el mundo hasta el fin del siglo XX.

Y una vez ocurrido esto, en América Latina todos pensaron que la dictadura de los Castro en Cuba, títere como era de la rusa, desaparecería por la fuerza de la gravedad. Nadie imaginó que la nomenklatura isleña se las arreglaría de mil y una formas para perpetuarse en el poder dinásticamente hasta ahora, y para colmo mueva fichas para ayudar a consolidar la dictadura de nuevo cuño aparecida en Venezuela.

A mí me sorprende el silencio súbito que se ha producido en el mundo respecto de Venezuela tras los meses de lucha y los muchos jóvenes muertos contra la vergonzosa seudoasamblea constituyente, elucubrada para deshacerse del parlamento y asumir a Maduro como dictador puro y duro. 

Porque despide nomás un olor a resignación: el método cubano de aguantar hasta que la gente se canse de protestar parece que da resultado. Y a fin de cuentas, el mundo político del subcontinente y los medios de comunicación internacionales dejan de asombrarse y preocuparse de cómo un cogollo de aventureros africanizan un país que podría ser envidiable.

Lo cual me lleva concluir con la última enseñanza: cuando la amenaza de una dictadura se cierne sobre tu país (especialmente si éste es chico y pesa poco en el mundo, como Venezuela, y más aun Bolivia), no esperes que la salvación venga del exterior (eso solo puede ser accesorio). Es el pueblo el único responsable de restaurar el ambiente de una institucionalidad mínima, como ocurría antes del régimen actual.

Retomo pues esta columna (con otro nombre), abandonada hace unos meses debido a un charco emocional, para, como cualquier ciudadano, aportar mi granito de arena (en el más estricto sentido de la frase hecha) en la tarea urgente de desbaratar el proyecto malsano de instaurar una oligarquía cleptocrática permanente en este país.

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario