Desocupado lector

Dilema de hierro

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sábado, 30 de septiembre de 2017 · 00:00
"Es evidente que desde el punto de vista de los intereses obreros y de los sectores explotados de nuestra sociedad capitalista dependiente (el) proyecto histórico es vaciar el contenido de clase burguesa del Estado y apoderarse del poder para la organización de una sociedad socialista; el método de acceso al poder de los trabajadores no sólo que no es electoral, sino que ni siquiera es pacífico. Ahora, esto nos lleva a la necesidad de definir en qué democracia estamos pensando, porque una es la democracia burguesa, es decir, una es la institucionalidad del Estado que se reviste de formas democráticas de dominación de clase, y otra es la verdadera democracia, la única auténtica, que es la democracia obrera”.

 Quien ha dejado escrito esto es Marcelo Quiroga Santa Cruz, en un artículo de 1979. Y si se le saca la chala sigloventina y se va al grano ideológico, puede ilustrar acerca de lo que actualmente pasa en el país. Hablo del dilema de hierro que enfrenta la izquierda siempre que se ve desafiada a demostrar si verdaderamente cree en la democracia. Pues lo que antes era la apelación a la fuerza directa de las masas y a la violencia revolucionaria ahora ha sido reemplazada por el recurso a infinidad de trampas y embustes para esconder lo que está detrás: el desprecio olímpico por la institucionalidad y las normas cuando no nos sirven. A lo que hay que agregar que lo que quedaba de idealismo transformador y justiciero parece haber devenido en un simple y brutal amor indeclinable por el poder económico y político.

Así, el presidente Morales no tiene empacho en inventar la ocurrencia tuitera de que la separación de poderes es malsana, pero nada más hace unos años se benefició de la relativa independencia que tenía el Poder Judicial en esa época para ser repuesto en su lugar de diputado. La formalidad institucional se usa y se bota como un kleenex.  Es bueno pensar en esto ahora que, con motivo de los líos de Achacachi, para muchos Felipe Quispe, como otros dirigentes y políticos, ha vuelto a aparecer como un dechado de virtudes democráticas. ¿Pero es que no se recuerda que El Mallku fue compañero de armas de G. Linera? Y aunque ambos demostraron más bien ser unos niños jugando a revolucionarios pistoleros, lo importante es que en su ánimo siempre estuvo la disposición al desprecio y pisoteo de la ley. 

 No es del todo ocioso hacerse la siguiente pregunta: ¿y si la caprichosa Clío sorprendía en la cresta de la ola de la revuelta política, no a Evo Morales sino a Felipe Quispe? ¿Habría terminado éste haciendo las más cínicas triquiñuelas para eternizarse en el poder? Por de pronto, quizá, con alta probabilidad, hubiera optado también por García Linera como su acompañante, con las consecuencias que estamos viviendo.

Pero para no desesperar totalmente de la humanidad, yo prefiero pensar que se trata de un asunto personal y no sólo de una cuestión ideológica; hay que tener cierta nobleza de espíritu, cierta grandeza personal, para, después de estar más de diez años en el poder, reflexionar y no poner al país en el riesgo de mostrar el triste espectáculo que está ofreciendo Venezuela. No sabemos qué hubiera hecho Quiroga en la eventualidad de disponer del poder (y yo me inclino a pensar que más bien hubiera obrado sabiamente), pero sabemos lo que está haciendo ahora Morales, el hijo del pueblo del que tanto hablaba el dirigente socialista. 

 Y ya que en los próximos días la "Congregación de los santos de los últimos días del Comandante” recordará nada menos que el quincuagésimo aniversario del martirio de Ernesto Che Guevara, viene al pelo comentar, como un ejemplo final de esta doblez de comportamiento, aunque en otro plano, la conversación que cita Tim Weiner, historiador muy crítico de la CIA estadounidense, entre el agente cubano Félix Rodríguez y El Che, cuando éste estaba esperando saber si lo iban a matar o solamente apresar. 

Guevara defendía a Castro: "El ejército cubano, obviamente, ejecutó a todos los líderes guerrilleros que invadieron su territorio”, cuenta Weiner que le dijo el Che a Rodríguez, para justificar el ajusticiamiento sumario a que estaba acostumbrado Fidel Castro. "Luego (El Che) se detuvo con una expresión burlona en el rostro y sonrió al reconocer su propia posición en suelo boliviano”, termina comentando Weiner. En la cabecita de Guevara, y en la de sus adoradores, estaba y está, en efecto, firme la convicción de que era un liberador de los pueblos, jamás un extranjero invasor.

Walter I. Vargas  es ensayista y crítico literario.

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