Diletantismos

Lo que se viene

sábado, 06 de enero de 2018 · 00:07

Me crucé, días después de la infame determinación del Tribunal Constitucional sobre la repostulación de Evo Morales, con un viejo amigo que entretanto, tras todos estos años, devino en funcionario de un ministerio, y ya se sabe lo que eso significa en este gobierno: militancia obediente y mejor si proselitista. Sabedor de cuál es mi posición en general sobre lo que pasa en el país, me pareció que se sentía un poco avergonzado y como necesitado de explicarme por qué el señor Morales  merecía ser votado en 2019: la cháchara de siempre sobre la democracia formal y la participativa, los movimientos sociales, lo malos que eran los otros, lo bueno que es Evo, etc., etc. 


El resultado del encuentro fue, por lo tanto, una agria discusión que terminó con el resto de amistad que todavía nos acercaba. Pasó a ser examigo, como otros que por variados motivos (cosa que quizá comente en otro momento) se amoscaron inesperadamente con mis opiniones en esta columna. 


Es otro de los perversos y lamentables efectos que ya ha sido muy comentado en  nuestro país y en otros  que han tenido la triste suerte de caer en manos de gobiernos de esta izquierda del siglo XXI: a menudo la prédica amigo-enemigo difundida desde el poder ha provocado disensiones familiares, roto amistades y hasta suspendido promesas de amor eternas. Y desafortunadamente parece que esto puede agudizarse este año en que se decidirá si el pueblo está verdaderamente dispuesto a luchar por la democracia o va a dejar que se imponga la satrapía leguleyesca masista.


A fin de no hacerme de mala sangre, yo he decidido tratar de ser comprensivo con los funcionarios azules de base, finalmente es gente que necesita trabajar en un país que no ha mejorado un ápice en 12 años de supuesto gobierno exitoso. Pero en cuanto a los jerarcas del régimen, me parece que para la opinión pública comienzan a asumir una imagen de casos perdidos. 


Cuando veo al señor García Linera intentar una penosa explicación de cómo se está acatando lo que dice la pandilla del Tribunal Constitucional pero también el resultado del 21F (en lenguaje llano, algo así como “Morales no puede repostularse pero puede repostularse”), me pregunto si no hubiera sido mejor para él haber pasado a la historia como un guerrillero en problemas y no como un vicepresidente rocambolesco. 


Lo mismo pienso de otros personajes gubernamentales. No me refiero a casos más bien desoladores, como los de Ariana Campero, Gísela López o Vilma Alanoca, productos del habitual coctel de mediocridad y oportunismo político, sino de gente como el ministro Héctor Arce, quien podría haber sido un muy buen abogado de alguna compañía importante sino se hubiera puesto al servicio de un proyecto dictatorial de nuevo cuño; como el ministro Romero, que hubiera podido ser un oenegista de prestigio y sueldo internacionales, y no terminar de bombero dedicado a denunciar cada vez una nueva conspiración imperial por medio de organigramas cada vez más risibles. 


Y si se me apura, hasta el propio presidente Morales, en un país un poquito más serio, no lo hubiera hecho mal, creo yo, como Viceministro de Deportes de un gobierno de centro izquierda tipo Bachelet, con la desmedida afición que siente por el fútbol y la construcción de canchas.


Pero esto es lo que “hubiera” podido ser, y nada se gana con “hubieras”. La situación real en cambio es tan grotesca que el ciudadano que más tiempo ha gobernado este país en los casi 200 años de vida republicana (más que Santa Cruz, más que Paz Estenssoro),  está quejándose de que ser coartado en su derecho a hacerlo. Y si esto no fuera lo suficientemente escandaloso, hay que asumir que el 30%  del país le da la razón, nada menos, aunque una buena parte ya en un plano de venalidad política vergonzosa. 


Hay que hacer mucho esfuerzo mental para no desesperar de un país que hace pasar todo esto como una forma aceptable de convivencia. Pero como la historia es imprevisible, cabe la esperanza de que nos regale un despertar de la pesadilla. Así que demos la bienvenida al nuevo año esperando que sea el de la recuperación de la democracia.

Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

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