El teleférico fantasma

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sábado, 17 de febrero de 2018 · 00:01

La profunda decadencia en la que ha caído el régimen, respecto de unas presuntas buenas intenciones originales, se ve por todo lado. Dos ejemplos últimos: a) la majadería ideológica del viceministro Félix Cárdenas (que seguramente, en su fuero interno, no se la traga ni él mismo) de que si no aceptas que Evo Morales gobierne hasta morir eres racista. Es realmente muy bajo usar el tema de la discriminación y el racismo realmente existentes en el país para patrocinar un caudillismo autoritario altamente nocivo para el país; y b) el falso feminismo de varias ministras que aprovechan (sí, literalmente aprovechan) la causa de las mujeres para atacar a este periódico porque es uno de los pocos medios independientes que están contra la repostulación de su jefe. Porque es patente que cuando se trata de las salidas machistas de éste se callan en siete idiomas.

Pero para poner un poco de condimento en este agrio panorama ideológico-político, tengo mi muy personal lanza que romper en el peliagudo “tema mujeres”. Me alegré cuando dos exverdaderas divas de rango ecuménico, Brigitte Bardot y Catherine Deneuve (nada menos) salieron al paso de la caza de brujas del “Me too” y el “No es no”, con un excelente “Pas moi” que ha debido desconcertar a más de una ideóloga rabiosa de nuestro medio.

Las exbellezas, que por eso mismo saben de lo que hablan, a tiempo de manifestar que no están de acuerdo con el extremismo que todo esto está alcanzando, han tenido el valor de ir algo más allá de lo políticamente correcto al señalar que, en correspondencia con la actitud machista de los hombres, las mujeres tienen, más a menudo de lo que se quiere mostrar, una actitud non sancta (nada santa, yo diría), al respecto.

Para ir al grano y dejarnos de medias tintas: usan descaradamente y a conciencia su belleza, y juventud, cuando saben que las tienen, para conseguir este o aquel objetivo, sea en el ámbito que sea. Parece mentira pero algo tan obvio, comprensible y antiguo como eso brilla por su ausencia en las discusiones actuales. Alguien a quien leí hace horrores de años decía descarnadamente que la prostitución, bien entendida, empieza por casa, y con eso lo dijo todo.

Si el tema me interesara un poco más allá de verlo como espectador de un mundo medio alocado, si me animara a ser activista de redes sociales, yo respondería al “No es no” con una consigna tipo “No es en el fondo sí”. O, para matizar, con un “No es todavía no; no, pero insistí nomás, quiero sentirme deseada un ratito”. Me refiero al conocido jueguito de seducción que en el fondo gusta tanto a las mujeres y que la cultura popular ha condensado en la frase “no quiero, no quiero, pónmelo al sombrero”.

Todo un tema de la psicología amorosa, cuya sutileza excede la torpeza maniquea actual. Y que anuncia que, por el camino que se va, toda una cultura de seducción perderá completamente su sabor y su arte, para entrar en un frío y aburrido mundo de circunspección, un nuevo totalitarismo en el que, por ejemplo, el antiguo rito de sacar a bailar a una mujer, si es que todavía existe entre los chicos, podría ser considerado un acto de acoso.

Y para terminar: ustedes dirán a qué diablos viene lo del teleférico fantasma. A que desde hace un año veo cómo las cabinas del teleférico de la avenida Busch pasan vacías y tapadas, antes de entrar verdaderamente en servicio. ¿Para que no se ensarren? ¿Para cumplir alguna especificación contractual, toda vez que improvisadamente se decidió hacer otros ramales después del diseño original, porque así se le ocurrió al jefe? ¿Para espiar a la derecha vendepatria? No lo sé a ciencia cierta, por lo que agradecería que algún periodista le preguntara al mandamás de esa empresa.

Mucho me temo, sin embargo, que sea otra triste muestra de cómo el despotismo iletrado lleva a que las empresas estatales cometan despropósitos de esta naturaleza. Por eso y por tantas otras cosas es tan importante que el próximo 21 de febrero, día espontáneo de la democracia y la libertad, el pueblo demuestre en las calles que la gran mayoría está harta de este proyecto dictatorial.

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

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