Diletantismos

Tiempo de abrazar

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sábado, 03 de marzo de 2018 · 00:07

Título tan bonito merece ser usado sin asco para anunciar que hoy quiero hablar de la llamada novela perdida de Juan Carlos Onetti, y por extensión, de éste y su obra en general. 


Perdida porque efectivamente ocurrió esto cuando un novel Onetti pretendió competir en un concurso continental de novela. Corrían los años 40 del siglo pasado, y porque el Sur también existe, una oficina de cooperación intelectual estadounidense decidió convocar a un torneo de novelas latinoamericanas (2.500 verdes de la época como premio y la publicación en la editorial neoyorkina Farrar y Rinehart).  Onetti, que creía en los premios, se presentó con Tiempo de abrazar, pero no ganó ni la preselección que hacía cada país en sendos concursos nacionales (la distinción recayó finalmente en Ciro Alegría y su El mundo es ancho y ajeno. Claro, esta obra hablaba del sufrimiento de los indios peruanos, y eso correspondía más al estereotipo preferido en el Norte).


 Tiempo después, cuenta Jorge Rufinelli en la vieja revista Eco (N° 154), la novela se perdió, lográndose publicar algunas partes en la revista uruguaya Marcha. Yo la leí en una edición de Bruguera de 1978, donde están además los cuentos onettianos de aquella primera época. Y en efecto, la novelita está mutilada (las 12 partes iniciales más la 19). 


 En La novela en América, una charla reflexiva sobre el tema que dio Carlos Medinaceli en la universidad de Sucre, en 1942, (según se puede leer en El huayralevismo, libro donde está recogido este texto), éste habla precisamente de este concurso (sólo que refiriéndose a un año después, 1942, así que parece que se hicieron por los menos dos versiones anuales). 


 Averiguar qué novela presentó Bolivia ese año podría ser una interesante y útil tarea para algún tesista de literatura. Pero quizá ocurrió que no se haya presentado ninguna, como terminó la historia en el caso uruguayo. En efecto, a pesar de que la preselección oriental la ganó la novela Iyanis, de Alberto Idoyaga, por problemas burocráticos, siempre según cuenta Rufinelli, no se presentó en el concurso definitivo en Estados Unidos. Lo ganó Idoyaga con Yyanis, pero podría haber puesto también que lo ganó Juan Pérez con Los olmos reverdecen en agosto, a tal punto ha quedado en el olvido.


 En cambio, en cuanto al perdedor Onetti, ¡cómo se ve venir al mejor prosista latinoamericano del siglo XX en esa novela primeriza! Esto por supuesto una vez despejadas y aclaradas las aguas (boom de por medio) por el tiempo el destructor (pero también el esclarecedor). Tiempo de abrazar es, por así decirlo, un canto al amor primerizo, antes de que el uruguayo pasara en sus novelas de madurez a construir su particular mundo de ruindad y desaliento.


 Hasta aquí la historia de la literatura, pero no la literatura. Porque todos sabemos que el mejor Onetti, el inmarcesible, está en La vida breve, en Juntacadáveres, y no puedo resistir la tentación melancólica de citar un trocito de esta última, en estos oprobiosos tiempos plurinacionales. El doctor Díaz Grey, pensado en el farmacéutico Barthé, rumia sobre la condición humana en Santa María, en ese particular monólogo interior que gustaba de practicar el maestro uruguayo:


 “Nació aquí en la costa y las superficies del río, de la arena, del campo, lo estuvieron aislando y lo anularon durante 50 años, mientras que la frecuencia de la balsa le dio, le mantiene la ilusión de participar en los hechos lejanos que él considera decisivos. No es una persona, es como todos los habitantes de esta franja del río, una determinada intensidad de existencia que ocupa, se envasa en la forma de su particular manía, su particular idiotez. Porque sólo nos diferenciamos por el tipo de autonegación que hemos elegido o nos fue impuesto. Un pequeño país en broma, desde la costa hasta los rieles que limitan la Colonia, donde cada uno cree en su papel y lo juega sin gracia. Y así yo, cuando me distraigo, cuando dejo de estar alerta y participo, soy el doctor Díaz Grey, hago el médico, el hombre de ciencia con conocimiento…”. Y así yo, cuando me distraigo o quiero distraerme, escribo esta columna en este paisito de cuento, de mal cuento “narrado por un idiota con gran aparato y que nada significa”.

Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

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