Diletantismos

Ser comunista hoy

Ser comunista hoy
Ser comunista hoy
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sábado, 26 de mayo de 2018 · 00:07

A estas alturas de mayo, pero en 1968, en Francia, lo peor de la algarada, y también quizá lo mejor, ya había pasado. Un mes después el general De Gaulle confirmaba su triunfo electoral a través de grandes marchas, en una de las cuales destacaba, una foto famosa lo muestra, André Malraux encabezando la consolidación del restablecimiento del orden y la defensa de la República. Lo hacía contra el Partido Comunista Francés, contra Sartre y toda la izquierda política que quería aprovechar la revuelta juvenil para intentar, por lo menos de boca para fuera, alguna aventura de signo socialista. 

Era un Malraux muy distinto del que el mundo literario y político había conocido años atrás, en el periodo de entreguerras, cuando militó junto al comunismo internacional para luchar contra el fascismo generalizado en Europa. En esa época había escrito novelas magníficas en las que daba vueltas sobre un personaje harto caro al revoltoso siglo XX: el héroe revolucionario.

 En El tiempo del desprecio, por ejemplo, cuenta la prisión y torturas sufridas por un comunista checo a manos de los nazis. Pero mejores que esa novela menor son La condición humana y Los conquistadores, donde recurre a la emergencia de la revolución china para construir personajes épicos en momentos históricos grandiosos; lindas obras.

Pero en una nota de 1949 puesta al final de la primera de esas tres novelas, ya había sabido darse cuenta del peligro totalitario que asomaba tras la leyenda del comunista justiciero. No es que yo haya cambiado, decía más o menos, son ellos los que se han vuelto unos paniaguados (o amarraguatos, en nuestra jerga actual) de un poder 100 veces más nocivo y esclavizante que el del capital. 

Digo todo esto porque, habiendo un mundo que separa esa época de la actual, algunos de los tartufos igualitarios que menudean en estos tiempos encuentran un especial gustito en autodenominarse comunistas. Sólo Dios sabe si el gordo Maradona habrá leído alguna vez algo sobre la historia del comunismo, pero eso no obsta que se ponga a bailar como mono para celebrar una burla de elecciones destinada a entronizar a una pandilla de malhechores en Venezuela, que dicen todavía que están haciendo algún tipo de gobierno de izquierda. 

Como en su país hay mejor educación y verdadera experiencia de lo que fue el comunismo, Pablo Iglesias no osa llamarse comunista, prefiere guardar las formas e inventarse una sigla nueva. Lo cual no le impide, a él o a sus amiguitos de partido, dar unas palmaditas de apoyo a los proyectos de déspotas sudamericanos, a la par que, demostrando  cuán impostor ideológico es, se compra una casa de casi un millón de dólares.

Y así en general. Un ménage à trois de cinismo, ignorancia y bellaquería ha hecho de los izquierdistas de toda laya una fauna en la que se mezclan Maradona con Zapatero, Calle 13 con narcos solidarios, hippies sensibles y periodistas venales, como los que apoyan disimuladamente al gobierno nacional actual.

Otros harían escapar un lagrimón a cualquier mentalidad sanamente liberal. Léase lo que dice el “comunista” Antonio Negri al final de su libraco Imperio: “Hay una antigua leyenda que puede servir para ilustrar la vida futura de la militancia comunista: la de San Francisco de Asís (…). Sostuvo una vida gozosa, incluyendo a todos los seres y a la naturaleza, los animales, la hermana luna, el hermano sol, las aves del campo, los pobres y explotados humanos, juntos contra la voluntad del poder y la corrupción. Una vez más, en la posmodernidad nos hallamos en la situación de Francisco, levantando contra la miseria del poder la alegría de ser (…). Esta es la irreprimible alegría y gozo de ser comunistas”. 

Bueno, señor Negri, puede usted delirar cuanto guste, pero a decir verdad, lo único que yo veo a diestra y siniestra de los sedicentes “comunistas” actuales es gozo del poder puro y simple, como lo pueden mostrar el avión de Maduro o la nueva casa que se está haciendo Morales. Esta es la triste imagen final que da la famosa palabra comunismo en el siglo XXI: una pose payasesca ni siquiera destinada a engañar al público (quién puede tragarse semejante sandez) sino a formar parte del clima generalizado de decadencia.

   
Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

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