Diletantismos

Del arte de elogiar

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Del arte de elogiar
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sábado, 09 de junio de 2018 · 00:07

Distracciones ociosas: leer contratapas de literatura contemporánea; todo un placer literario, un género aparte, quizá nuevo; toda una lección de retórica encomiástica que merecería un Barthes para ser diseccionada adecuadamente, y un Bustos Domecq para ponerla en su lugar. 

Pongamos por ejemplo cómo se habla de los Diarios de Renzi, de Piglia: “Uno de los frisos narrativos más portentosos de la literatura contemporánea”; “Obra vertebral y centro de comando de la producción pigliana…”; “Hay que decirlo sin rodeos: Ricardo Piglia nos está regalando con los diarios de Emilio Renzi una obra maestra que supone un punto de inflexión insoslayable en la historia de la literatura diarística moderna”. 

Estas tres rumbosas frases son nada más una muestra de una larga sarta de felices maneras de vender al autor mencionado, con las firmas de críticos famosos; cosas como “El mejor Piglia posible” o “En Los diarios de Renzi está todo Piglia”.

Indicar que se ha encontrado al mejor de todos los Piglias posibles supone haber consumido todo Piglia, pero al precio de no leer nada de Vila Matas, por citar otro de los nombres resonantes de la actualidad. Es una cuestión de mercado del más crudo capitalismo.

Se dice que la Odebrecht tenía un departamento exclusivamente dedicado a corromper y sobornar a los gobiernos. Cosas del capitalismo. Pero en cuanto hace a la literatura mundial, al parecer  las editoriales internacionales no lo necesitan para vender su literatura; les basta con apelar a los críticos de periódicos y revistas, verdaderos malabaristas del encomio, como acaba de verse. 

Lo mismo pasa con los premios. No basta decir que tal escritor ha recibido tal premio, hay que decir que ha recibido “el prestigioso premio”; de otra manera ¿cómo poder distinguir entre el mar de premios que pululan? Siéntese el lector para ver los premios que se anuncian en un libro de Vila Matas: 

“Traducido a 36 idiomas (¡!), (Vila Matas) ha recibido, entre otros (entre otros), el Premio FIL, el Formentor de las Letras, el Rómulo Gallegos, el de la Crítica, el de la Cultura de Cataluña, el Ciutat de Barcelona, el Herralde de novela, el Fundación Lara, el Leteo, el de la Real Academia Española, el Argital, el del Círculo de Críticos de Chile, el Meilleur Libre Étranger, el Fernando Aguirre-Libralire, el Medicis Etranger, el Jean Carriere, el Ennio Flaiano, el Elsa Morante, el Mondello, el Bottari Lattes Grinzane, y el Gregor von Rezzori”. ¡Entre otros!

Ante este arrasamiento olímpico de las medallas literarias, sólo queda preguntarse si habrá algún lauro que le haya sido esquivo a este atleta invicto de las letras actuales. Y sí, al parecer no ha recibido el Premio Nacional de Novela Dante Alighieri (¿?), que, ahora me entero, se otorga en Santa Cruz.

Y al fondo, claro, está el objeto de deseo mayúsculo: el Nobel, respecto del cual los centenares de premios sólo pueden aspirar a ser por lo menos un paso previo. Yo no sabía que “el ‘prestigioso’ premio Franz Kafka” era “considerado como la antesala del premio Nobel”, como he leído en una tapa al hablarse de John Banville (es más, ni siquiera sabía que había un premio Kafka). Pero en fin, parece que Banville anda por buen camino, porque Rodrigo Fresán piensa lo mismo, sólo que con un talento envidiable: “El mejor escritor en actividad en su idioma, y si hay justicia, Nobel cercano... Pericia y elegancia… Leemos a Banville para recordar qué era eso de leer”.

Pero un momento. Aquí hay algo interesante. Qué es eso de que leemos al señor Banville para recordar lo que era leer. Hace años un sociólogo alemán dijo lo siguiente en un ensayo: “El best seller que se compra y regala pero no se lee es la réplica del escritor cuyo brillo en discusiones públicas se admira y cuyo nombre se conoce sin haber leído siquiera un fragmento de su obra”. Y esto fue escrito 50 largos años atrás.

Mejor volvamos a nuestro Banville: se dice que “genera una profunda satisfacción estética. La guitarra azul se seguirá leyendo y seguirá cautivando mucho después de que todas esas novelas cacareadas a bombo y platillo hayan acabado en la papelera de la historia de la literatura”. Dicho lo cual, sólo me queda comprar La guitarra azul.

 
Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

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