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REPORTAJE

Madidi y Pilón Lajas, indígenas en alerta

Aún no se recobran de la riada de 2014 que los obligó a migrar selva adentro y, ahora, les aflige lo que ven como amenaza para su forma de vida y la del bosque: los megaproyectos.

Madidi y Pilón Lajas, indígenas en alerta

El río Beni alberga en sus riberas a decenas de comunidades. Fotos: Miriam Telma Jemio

Miriam Telma Jemio

A tres años de la peor inundación que recuerden en al menos tres décadas, las comunidades indígenas que viven en  riberas del río Beni, dentro las áreas protegidas Madidi (La Paz) y Pilón Lajas (Beni), aún no se recuperan de las pérdidas. La inundación de 2014 anegó sus viviendas, cultivos e infraestructuras, y mató a sus animales. La mayoría de las familias tacanas, chimanes y mosetenes se vieron obligadas a trasladar sus pueblos a tierras más altas, selva adentro.

Gran parte de sus cultivos son nuevos y aún no están listos para ser cosechados. Y sus emprendimientos turísticos necesitan apoyo para superar la caída de visitantes, causada por los embates de la naturaleza y algunas medidas gubernamentales.

La amenaza de una nueva inundación, esta vez por la ejecución del proyecto hidroeléctrico Chepete-El Bala, los mantiene en vigilia desde el pasado año. Las familias de las 17 comunidades aglutinadas en una mancomunidad dicen que sus medios de vida están en peligro, por eso rechazan el proyecto declarado de prioridad nacional y cuyo diseño final será entregado el próximo año.

 territorio de vida

A pocos minutos de iniciar la navegación por el río Beni desde Rurrenabaque (municipio del departamento de Beni), los turistas manifiestan su admiración por la belleza paisajística del estrecho de El Bala, tras el cual el visitante se maravilla aún más al descubrir la vegetación que flanquea a ese río amazónico, que separa al Madidi del Pilón Lajas.

"Esto es un paraíso. Todo el mundo lo dice”, expresa Alfredo Nay Rada, mientras extiende una mano para mostrar la flora y fauna que rodea su casa, en la comunidad San Miguel de El Bala, ubicada en el área de amortiguación del Madidi. A esa comunidad se llega a través del río Beni, partiendo de Rurrenabaque o San Buenaventura. 

En esa región también están cercanas las comunidades Villa Alcira (Madidi, La Paz) y Real Beni y Carmen Florida que pertenecen a la Reserva de la Biósfera y Tierra Comunitaria de Origen Pilón Lajas (Rurrenabaque, Beni). 

En ambos territorios indígenas existe una amplia biodiversidad, flora y fauna silvestres que proveen alimento a sus habitantes. El Madidi alberga a 30 comunidades indígenas de chimanes,
mosetenes, lecos, tacanas, ese ejas y, también, quechuas. El Pilón Lajas, a 24. "El bosque nos da para nuestros alimentos, techos, viviendas y embarcaciones”, expresa Clever Clemente Caimani, habitante de la comunidad Asunción de Quiquibey (Pilón Lajas). 

Al mediodía del segundo martes de mayo, Anselmo Apari Veiza, de 77 años, aparece en medio de la vegetación de la comunidad Villa Alcira, con un racimo de cebollas en una mano. Viene de trabajar en su chacra. Allí cultiva cítricos, arroz, maíz y yuca, entre otros. Cuenta que son plantaciones nuevas, ya que se quedó "sin nada” en 2014. Volvió a sembrar, pero ya no cacao.
 
Tiene miedo de volver a perderlo.

Al igual que la mayoría de los habitantes de las comunidades de la zona, su producción es para el consumo familiar principalmente, solo un poco lo comercializa para comprar algunos abarrotes.
 
Apari se dirige a su casa, tendrá que caminar media hora más para llegar y cocinar su almuerzo.
 
Asegura que tiene todos los ingredientes para hacer un "come callado”. 

La carne de res no está fuera del menú de los indígenas de esas tierras ya sea que la compren en Rurrenabaque o la produzcan como lo hace Alfredo Nay, que tiene "algunas vacas” y cerdos. Los porcinos y las gallinas son criados por casi todas las familias de Madidi y Pilón Lajas.

 El resto lo provee el bosque: carne de animales silvestres (jochi colorado y pintado, el chancho de tropa, anta, marimono, taitetú, maneche y pavas) de pescado, (bagre, pintado, pacú, sábalo y palometa, entre otros), fruta al alcande de la mano (naranjas, mandarinas, plátanos).
  
A unos 300 metros de la orilla del río Beni, tras el amplio y limpio sendero de ingreso a la comunidad Villa Alcira, se ven árboles frutales, un baño, una cocina y algunos enseres domésticos.
 
Justo en ese lugar estaba la comunidad antes de las inundaciones. Las 24 familias tacanas ahora viven en una zona más alta y más lejana del río.  

Solo Luciano Gonzáles (64 años) todavía tiene algunas pertenencias allí. Es mediodía del primer miércoles de mayo, él espera que sea la hora de ir a recoger a sus nietos del colegio de Rurrenabaque. Es un viaje de veinte minutos en canoa, solo la ida. Mientras llega la hora, el anfitrión pela naranjas y las ofrece a los visitantes. Son suaves, jugosas y dulces.

 necesidad de servicios

En la Embocada, comunidad del Pilón Lajas -en la otra orilla del río-, las toronjas parecen ser el elixir ideal para aplacar la sed y el calor que provoca el intenso sol de mediodía, sobre todo luego de caminar cerca de una hora por un estrecho y accidentado sendero. 

El camino que va hasta las viviendas está casi cubierto de vegetación y abundan los charcos de barro. Pasarlos es una aventura. En cualquier momento, uno puede resbalar de los delgados troncos y caer al fango. Descansar es arriesgado. Los mosquitos dejan su huella, traspasando la ropa. Hasta el eventual guía, habitante de esa selva, está sorprendido y se pregunta: ¿cómo pueden vivir aquí?

Las voces de los niños, anuncian que el  poblado está cerca. Como una salvadora, una niña sale de entre la vegetación e indica el camino. La primera vivienda que se ve es la de Francisco Mayto (60 años). Su esposa, hijas y nietas lo esperan para almorzar.

Mayto tiene 14 hijos, todos viven en la comunidad, incluso el mayor que tiene 40 años. Es austero con las palabras. Tras una breve conversación, dice que la necesidad principal de esa comunidad es el agua potable. 

En una década, no fueron cubiertas las necesidades de acceso al agua y energía de las comunidades de las áreas protegidas Madidi y Pilón Lajas, como está registrado en sus planes de manejo que datan de 2007. En Real Beni (Pilón Lajas) tienen agua en sus viviendas, pero no es potable. La captan de un arroyo. En Villa Alcira (Madidi) la inundación de 2014 dañó su conexión y la poca presión no permite que el líquido llegue.

En Carmen Florida (Pilón Lajas), a Ramón Cubo Cartagena (56) le delegaron la tarea de conseguir que la Alcaldía de Rurrenabaque concluya la captación de agua de una vertiente. "La Alcaldía no completó el trabajo. Faltan las tapas de los tanques. Tenían que entregar la obra el 12 de octubre (2016). No lo hicieron”, lamenta.  

La energía y las comunicaciones también están entre sus demandas. La mayoría de las comunidades no tienen energía eléctrica permanente. En Real Beni menos de la mitad de las familias cuenta con generador. Mientras en la Embocada, sus pobladores aún esperan los paneles solares que les ofrecieron.

"Hasta ahorita no conocemos la energía. Una o dos personas tienen generadores. Hasta yo tuve, se me ha fregado. Cuesta mucho hacerlo reparar”, comenta Caimani, habitante de Asunción de Quiquibey. 

Fue difícil ingresar a esa comunidad, en la primera semana de mayo. El agua estaba baja y el motor del bote chocaba con el fondo. En un segundo intento, en una pequeña canoa a motor o "peque peque”, ingresamos a Asunción de Quiquibey, cuya playa crece  porque el río Beni socaba la tierra. El salir también fue dificultoso, las aguas habían bajado más.

En la cancha, alrededor de la cual están las casas (varias construidas por el plan social del gobierno), había bastante movimiento. Los niños jugaban mientras los turistas recorrían el poblado.
 
Se alojaron en el albergue Mapajo, un emprendimiento turístico que, por ahora, tiene limitaciones por la falta de agua y energía.

Allí no llega la señal de telefonía de Entel. "Nos han mentido con el Túpac Katari, con la cobertura a nivel nacional. En todo este espacio no hay. Entel no ha entrado”, protesta Caimani.

 Ramón Cubo Cartagena, de la comunidad Carmen Florida, también resiente esa carencia. Dice que el tener la conexión telefónica es indispensable sobre todo cuando van a comprar o por atención médica de emergencia hasta Rurrenabaque y el río no les permite navegar. "Es  peligroso: Muchas familias se han perdido ahí. Por eso la comunicación nos hace mucha falta”.

sin mercado seguro

Un cuadro común que se ve al navegar por el río Beni son las canoas con familias enteras que llevan plátano o cualquier otro producto hacia Rurrenabaque o San Buenaventura. Es la vía que tienen los indígenas de Pilón Lajas y Madidi para sacar su producción. El problema es que aún no tienen mercado seguro para sus productos, una demanda planteada ya en 2007.

Los indígenas producen arroz, maíz y yuca para su consumo familiar, principalmente, y una parte para la venta. Los cítricos, como la naranja y mandarina, y el plátano son las frutas de mayor oferta. "Hay harta mandarina, harta fruta que se está echando a perder. Esta es una tierra muy fértil. Aquí lo que no da es lo que no se siembra. Yo por ejemplo, tengo harto maíz, para criar muchos animales, para comer y vender”, afirma Alfredo Nay.

Las naranjas criollas son cotizadas porque son dulces y jugosas. Tardan entre ocho a diez años en dar sus frutos. Ramón Cubo Cartagena, de la comunidad Carmen Florida, dice que "las plantas no dan de la noche a la mañana”. La piña, el limón y la palta dan frutos recién a los tres años, pero "ahora se ha fregado la tierra”, lamenta.

A Graciela Coata, indígena de la Embocada, muchas veces le es difícil vender su producción. La yuca, por ejemplo, asegura que no tiene mucha demanda en Rurrenabaque. Algunas veces retornó a su comunidad con la misma carga. "Nos da ganas de tirarlo al río. Tanto trabajo para nada”, exclama. 

En San Miguel de El Bala, Nay produce caña. Cuando tiene visitas invita el jugo de ese producto que sale al pasarlo por el trapiche de madera que aprisiona la caña. Con su familia elabora miel y empanizado para vender.

Pero los mayores productores están en Carmen Florida. Hay una asociación de cañeros de 12 socios, cada uno cuenta con una hectárea y media para cultivarla. La cosechan a los dos años de sembrarla, desde que limpian la tierra; pero cuando primero siembran arroz o maíz, "la caña está lista para ser cosechada en un año”, asegura. Cobo dice que en esta época no hay mercado para grandes volúmenes de ese producto. Lo cual parece contradictorio por la gran demanda que hay de ese producto en el complejo azucarero estatal San Buenaventura.

Procesar la caña demanda esfuerzo. Tras molerla pasan todo un día expuestos a la alta temperatura del fuego en el cual procesan la caña en pailas (fuente donde hacen hervir la caña para sacar derivados). A veces, les lleva tres días alistar los productos (chancaca, miel, jalea, tablillas de maní, tablilla de almendra; tablillas de naranja y toronja, mermelada de papaya) para la feria de los domingos en Rurrenabaque. "Todo dulce es bienvenido para la gente camba”, señala.
 
También producen cítricos, hortalizas, frejoles, maní, yuca, palta y piña. 

Las plantaciones de especies maderables es otra actividad productiva en las comunidades visitadas. Tras la inundación de 2014, el Gobierno promovió la reforestación. En Asunción de Quiquibey, por ejemplo, tienen parcelas de dos hectáreas con mara, roble y cedro, principalmente.
 
Sus pobladores lamentan no haber sembrado en cuanto llegaron a la zona, hace 45 años, porque ya estarían dando frutos. "Tenemos que esperar ahora 20 a 25 años. Ya para mis hijas menores voy a dejar”, dice Clever Clemente Caimani sobre sus árboles de mara. 

Las amenazas

Visitando las comunidades de la Amazonia se ve una realidad interpeladora, alerta la investigadora Roxana Liendo. "Tenemos a los pueblos indígenas de tierras bajas tratando de defender su territorio, su visión de mundo frente a propuestas estatales desarrollistas y a la entrada, a la fuerza, de campesinos a sus tierras”, dice.

Si bien hay un reconocimiento importante para casi todos los pueblos indígenas de tierras bajas con la titulación como Tierras Comunitarias de Origen (TCO), ahora llamados Territorios Indígenas Originario Campesinos (TIOC), en este momento, muchas TCOs viven grandes conflictos por la explotación ilegal en su territorio, resalta Gonzalo Colque, director de la Fundación Tierra.

Los problemas, dice Colque, incluyen la ejecución de megaproyectos como las hidroeléctricas, la explotación minera, la exploración y explotación hidrocarburífera, procesos de consulta previa e informa inadecuadas, hasta asentamientos de interculturales.

La amenaza de la hidroeléctrica El Bala-Chepete a los medios de vida de los indígenas del Madidi y Pilón Lajas se cierne también sobre sus proyectos turísticos. Existen alrededor de 15 operaciones turísticas, la mayoría de las cuales son emprendimientos comunales que les costaron, más de una década, posicionar a nivel nacional e internacional. La gente local lleva años capacitándose en diferentes áreas de la actividad turística, con la cual están conservando los bosques porque saben que es una fuente de ingreso. 

Todavía tienen necesidades básicas no satisfechas, como el acceso a los servicios básicos de salud, educación, agua, luz y telecomunicaciones.

Lamentablemente, ni sus líderes apostados en la Central de Pueblos Indígenas de La Paz ni el Gobierno reconoce como legítima a la mancomunidad que representa las voces y demandas de las 17 comunidades del Pilón Lajas y el Madidi. La incertidumbre sobre su futuro los aflige.
 
Aún no se reponen del azote del agua de 2014

Luciano Gonzales de Villa Alcira se refiere a la riada de 2014 como un azote. "Las aguas nos han vaciado”, rememora. Perdieron sus enseres junto con sus sembradíos y sus árboles.

Tres veces seguidas el río inundó sus comunidades, sin darles tregua para recuperarse. Ese año las lluvias afectaron a 95 municipios del país. El departamento de La Paz llevó la peor parte con las inundaciones y deslizamientos, en comunidades de Alto Beni, Palos Blancos, San Buenaventura, Ixiamas. En las  comunidades de Rurrenabaque (Beni) se desbordaron los ríos y los riachuelos crecieron.  

Gonzales cuenta que el agua entró a 300 metros de la orilla, matando los árboles de cacao. Los que sobrevivieron se están secando, al igual que los plátanos, naranja y toronja. La prueba de los daños aún son visibles. 

En Real Beni, la mayoría de sus 32 familias "se quedaron sin casa”, fuera de perder sus chacras y animales, dice Armín Apuri Salazar. El río se llevó los cacahuales, los naranjales y los platanales.
 
Una ONG les donó semilla para sus plantines de cacao. Caritas Bolivia les ayudó con plantas de
yuca y plátano. 

Miles de familias  sufrieron los efectos de las torrenciales lluvias, caídas a fines de 2013 e inicios de 2014. Defensa Civil y algunas ONG, además de mucha gente solidaria, se movilizaron para rescatar y ayudar a los damnificados. El indígena Cubo, sin embargo, recuerda que el personal del ente gubernamental no tenía experiencia de navegación en el río Beni. 

 Piensa que eran paceños que solo navegaron en aguas tranquilas y, lo peor -dice-, no dieron motores a la gente local (de Madidi y Pilón Lajas) para que hicieran los rescates.

Indígenas ante la amenaza
  •  Cinco periodistas armaron mochilas y se aventuraron hacia las entrañas de Pilón Lajas, Madidi y Tacana II (La Paz), Aguaragüe (Tarija), Iñao (Chuquisaca) y Mallku Khota (Potosí) para recoger la voz de sus habitantes y desentrañar los peligros que se ciernen sobre el hogar de estos pueblos indígenas. 
  • Este es un trabajo periodístico de Página Siete, La Pública, Los Tiempos, Correo del Sur y El Potosí.

 

El Chepete y el bala

En 1999, ante la amenaza de un consorcio de empresas que intentaba ingresar a la operación turística, los indígenas conformaron la mancomunidad de comunidades del Madidi y Pilón Lajas para defender su territorio. 

Lograron su objetivo, el consorcio no entró a la zona. Así nacieron los emprendimientos turísticos comunitarios, principalmente Chalalán, rememora Alex Villca, actual gerente de Madidi Joungle.
 
Tras la creación de las dos áreas protegidas, estas poblaciones se adaptaron a las nuevas normas que frenaron las actividades extractivistas.

Quince años después otra amenaza pone en emergencia a las diecisiete comunidades (Carmen Florida, Real Beni, San Miguel de El Bala, San Antonio de Sani, Embocada, Asunción del Quiquibey, Gredal, El Corte, San Luis Chico, San Luis Grande, Torewa, Villa Alcira, Bolsón, Bisal, San Bernardo, Charque y San José de Uchupiamonas). 

Esta vez es por el Proyecto Hidroeléctrico Chepete-El Bala declarado prioridad nacional por el actual Gobierno. La generación de energía hidroeléctrica en la cuenca del río Beni, en el estrecho de El Bala, es un plan que nació hace más de medio siglo y fue descartado en varias oportunidades por su inviabilidad económica y alto costo socioambiental; la última vez fue durante el Gobierno democrático de Hugo Banzer Suárez.

 En julio de 2015, el proyecto se puso en marcha con la adjudicación del "Estudio de identificación del proyecto hidroeléctrico El Bala” a la empresa italiana Geodata. En julio de 2016, entregó su propuesta al Gobierno, la cual contempla dos componentes: el Chepete, ubicado en el río Beni a 70 kilómetros aguas arriba de Rurrenabaque (Beni) y El Bala a 13,5 kilómetros aguas arriba de las poblaciones de San Buenaventura (La Paz) y Rurrenabaque.

Al igual que anteriores versiones, fue rechazada por los indígenas de Madidi y Pilón Lajas porque implica la inundación y desplazamiento de los territorios en los que ahora habitan.

A dos años , los habitantes de la zona aseguran que no recibieron información sobre el impacto del proyecto en su territorio.
 

 

 

 
 
 
 
 

 


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