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El paisaje autóctono en las acuarelas de Crespo Gastelú

Sus estampas pictóricas se inclinan en manifestar ferias indígenas, los motivos religiosos, las calles de Tiwanacu y el lago Titicaca; todos estos paisajes autóctonos.
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El paisaje autóctono en las acuarelas de Crespo Gastelú
Gloria Serrano y David Crespo Gastelú. Fotos tomadas del libro Jirones Kollavinos
El paisaje autóctono en las acuarelas de Crespo Gastelú
Jirones Kollavinos contiene 14 “panoramas”, donde destacan paisajes y personajes del altiplano.
El paisaje autóctono en las acuarelas de Crespo Gastelú
La parte artística fue plasmada por Crespo Gastelú y la sección literaria por Gloria Serrano.
El paisaje autóctono en las acuarelas de Crespo Gastelú
Las estampas de Crespo Gastelú se inclinan en manifestar ferias indígenas.
domingo, 08 de octubre de 2017 · 01:00
Freddy Zárate

Cuando transitaba por los 24 años, David Crespo Gastelú (1901-1947) emprendió su labor artística como caricaturista y posteriormente ilustrador de libros, revistas y periódicos. El crítico de arte Rigoberto Villarroel Claure indica que Crespo Gastelú, después de esta etapa de dibujante, pasó a pintar distintos escenarios y personajes del altiplano.

"Desde su primera exposición pictórica hecha en 1931 se inclinó Crespo Gastelú a la pintura decorativa. Su pincel no buscó tipos indígenas, la expresión humana en la faz autóctona, sino las costumbres, las estampas colectivas, actitudes en masa, escenas rurales”. 

En sus representaciones pictóricas, el acuarelista  se fue apartando de todo "realismo” y lo remplazó con su agudeza imaginativa de autodidacta, dando como resultado cuadros de composición simple y armoniosa. La falta de escuela le permitió reflejar "sinceridad”, "sensibilidad”, "ternura” y "calor”, afirma el estudioso de arte Carlos Salazar Mostajo. 

Con respecto a su contribución a la estética telúrica del Ande, es considerado por la crítica artística "tan creador de esa tendencia como Cecilio Guzmán de Rojas”, ocupando el sitial de co-fundador del indianismo estético en Bolivia.

La obra pictórica de Crespo Gastelú está cargada de un "realismo sentido”, donde no se conformó únicamente en retratar el Ande, sino fue el más comprometido con el sector indio. 

Tal fue su entusiasmo que sintió la imperiosa necesidad de identificarse en plenitud con el paisaje y los moradores del altiplano: "Comiendo de su comida y vistiendo la ropa, para mirar el problema desde adentro, tratando de ser él mismo un indio, para que su pintura no fuera indianista ni indigenista, sino una pintura de indio”. 

La mirada de Crespo Gastelú tuvo la finalidad de reflejar la esencia natural de "la carne india”, "la tosquedad de su anatomía”, "la aspereza de su piel” y "lo vasto de sus vestiduras”, escapando de la idealización estética del altiplano. 

La originalidad del estilo estético creado por Crespo Gastelú es considerada por el escritor Fernando Diez de Medina como un andar sobre la altiplanicie, cerrado en su hosca realidad, constituyendo el motivo gasteliano. 

Esto significa que el espíritu de la tierra y el alma de su poblador -según Diez de Medina- son sagazmente expresados por la concentrada observación, por el fino análisis objetivo, por la sobria síntesis de espíritu que Crespo Gastelú fue elaborando para poner en movimiento una singular comarca andina.

 Estampas pictóricas 

Al respecto, Salazar Mostajo manifestó: "El indio, según la acuarela de Crespo Gastelú, no trata de desplazarse con elegancia y señorío, sino que se caracteriza  por tener piernas cortas y macizas, muslos poderosos, curvaturas pronunciadas y nudosas. La contemplación estética de la mujer del altiplano muestra sus caderas anchas, el busto amplio y generoso, sin sensualidad”. Una mirada diferente a la estética telúrica de Cecilio Guzmán de Rojas.                             

Las estampas pictóricas de este artista se inclinan en manifestar ferias indígenas, los motivos religiosos, las calles de Tiwanacu y el lago Titicaca; todos estos paisajes autóctonos hicieron que las acuarelas de Crespo Gastelú se vuelvan escenografías vivientes que sintetizaran otra forma de ver el telurismo artístico.

"Pintaba sus cuadros con la emoción, el cariño y el atildamiento con que el hijo más amante retrata a su madre. Amaba tanto el altiplano que ni la crudeza del invierno ni el sol candente lo amedrentaban. Impasible y absorto en su trabajo, nunca sintió los ramalazos del viento que azotaba la desnudez de Tiwanacu, ni le importaba tostarse en la fragua de las tardes sin sombra de las cumbres de Copacabana”, relata Gloria Serrano.

El contexto sociopolítico de Bolivia de la década de los años 30 estuvo marcado por la contienda bélica con   Paraguay (1932-1935). Pero en esos años convulsionados para el país, la vida cotidiana no estuvo encerrada en seguir de cerca todo el acontecer del infierno verde, sino el quehacer cultural continúo con su propia dinámica. 

En esos años de guerra el artista David Crespo Gastelú y la profesora normalista Gloria Serrano publicaron el libro Jirones Kollavinos (Escuela Tipográfica Salesiana, La Paz, 1933). En la introducción del texto, los autores manifiestan devotamente las motivaciones de su inspiración:
 "Enamorados de la augusta belleza de la Altipampa, hemos peregrinado con unción mística por sus campos, maravillados ante la majestuosa lejanía de las cumbres, la austera sublimidad de su llanura y el silencio agreste de sus horas (…). Los apacibles pueblitos kollavinos permanecen inalterables ante el desgranar de los años, avaros de su tristeza y miseria, reacios para renovarse, contagiados de la invariabilidad milenaria de los cerros que los protegen (…). Preciso es vivir en el abandono soledoso de estos pueblos para conocer la existencia de sus habitantes, la monotonía de sus horas largas que se yergue en todas sus comarcas”.

Jirones Kollavinos contiene  14 "panoramas”, donde destacan paisajes y personajes del altiplano. La parte artística fue plasmada por  Crespo Gastelú y la sección literaria fue realizada por Gloria Serrano. 

Los títulos y los motivos estéticos son de raigambre autóctona: Domingo en chiyar - jake; Taika milluchiri; Pascana; Viernes Santo; La Sawari; Las tres cruces; Tiawanaku; Venta de Karachis; Capilla del silencio; Venta de yurus; Jueves del Achachila; Kallapu y Cruz de mayo. 

El libro tuvo una parcial acogida en los círculos académicos y artísticos. La Guerra del Chaco opacó los aportes artístico-literarios de esa época. Terminada la contienda bélica, la temática que se impuso fue el rememorar los años de la guerra con todos sus matices, en el campo político, el nacionalismo emergente a través de los partidos políticos. 

Una década después, el Gobierno boliviano le otorgó al artista  una beca de estudio en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, de Buenos Aires, para estudiar muralismo.
 
Después de permanecer año y medio retornó a Bolivia para continuar con su faena artística y  al poco tiempo, fue nombrado director de la Escuela de Bellas Artes de Sucre. Llegando a trasladarse a la ciudad de los cuatro nombres para cumplir la labor encomendada. 

Pero su delicada salud hizo que se internara en el Hospital Santa Bárbara. Luego de varios días de agonía, murió el 17 de abril de 1947. Según el testimonio de su esposa Gloria Serrano, el acuarelista terminó sus días en total abandono: "Jamás imaginamos semejante pobreza. Metido en un cuarto sombrío y húmedo, cuya sola vista habría abatido al más sano y fuerte”. Trágico final para el artista del telurismo estético que terminó desplazado y olvidado por las futuras generaciones.