El fin de una relación conflictiva

Es en estos momentos de crisis cuando más necesitamos ser resilientes.
domingo, 12 de noviembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
Bitia Vargas 
 
El fin de una relación siempre trae dolor. Por más que nosotros hayamos tenido la iniciativa de terminar una relación, ello no nos salvará de no sentir dolor. Es cierto que con el tiempo las heridas van sanando, pero en el preciso momento, cuando se está viviendo  el ocaso de un amor, resulta difícil entender que todo estará bien. 
 
Lo único que nos queda es dejarnos sentir el dolor, porque ésta emoción es perfectamente normal cuando se pierde algo.
 
Quizá porque como seres humanos estamos diseñados para estar acompañados es que pensamos que aquellas relaciones caóticas que nos traen más dolor que felicidad, tienen un lado grato: la certeza de no estar solo. Y quizá por este mismo pensamiento erróneo de preferir la compañía ruin a la soledad, es que vemos a muchas parejas "soportando” situaciones que ya no les aportan nada, hasta el límite de agotar la paciencia, tocar fondo y decidir finalmente dejar aquello que terminó lastimándolos más de la cuenta. 
 
Siendo una relación caótica de por sí compleja, el proceso de rompimiento no será mucho más fácil, por tal razón, ni con todas pruebas irrefutables frente a nosotros (esto no va más) nos cuesta tomar la decisión final. Posiblemente porque las personas nos acostumbramos a las rutinas, a ver siempre a la misma persona al final del día, a que nos llame, a compartir con ella actividades comunes, es que la sola idea de alejamiento y dolor nos siembra la duda. Aunque no sea la mejor persona para nosotros, su sola presencia nos puede ofrecer un sentimiento de reconforte, de compañía, por lo tanto perder a esta persona también es doloroso.
 
Sin embargo, si bien el dolor es normal, puede surgir otra cosa: sufrimiento, y esto suele suceder cuando la ruptura no es algo que hayamos deseado, cuando somos nosotros los que nos sentimos abandonados, cuando ni siquiera imaginábamos que el fin de nuestra relación estaba cerca. 
 
Puede parecernos injusto, entregar a la otra persona nuestros mejores años, nuestra lealtad, nuestra fidelidad, y que esta misma persona sea la causante de tanto dolor con su abandono. 
 
Es triste sí, pero debemos ser capaces de entender a medida que vayamos madurando nuestras emociones y cambiemos nuestra visión totalizadora del mundo, que por ninguna razón las personas nos pertenecen, y que ellas tienen el derecho de irse en el momento preciso en que lo deseen. 
 
El cómo superar la cuestión de la ruptura siempre será un proceso personal que ningún otro ser humano lo puede asimilar por nosotros. 
 
La empatía es posible, pero ni siquiera esta habilidad tan noble es capaz de hacernos entender el universo emocional del otro que acaba de terminar una relación. 
 
Por ello es que cada ruptura es un proceso personal. Podemos estar acompañados y contenidos, pero el cómo resolvamos las pérdidas siempre estará sujeto a nuestra capacidad de resiliencia.
 
Es en este momento de crisis en que, más que nunca, necesitamos ser resilientes.
 
Es preciso para ello ver en ese momento la oportunidad que la crisis nos ofrece. La oportunidad de reconstruirnos, de conocernos, de tener la posibilidad de probarnos a nosotros mismos nuestra capacidad vencedora. 
 
Pero eso solo lo reconoceremos cuando nos atrevamos a dar el siguiente paso en cuanto a relaciones conflictivas se refiere: decidir terminar, o en el caso de los que sienten ser dejados, decidir aceptar.
 
También ayudará el hecho de aprender a confiar, en que todo realmente sucede por una razón más grande y mejor. Es esta confianza hacia lo divino, hacia Dios, la que nos permite sanar con el tiempo y ser agradecidos por lo que vino después de atrevernos a dejar aquello que solo nos lastimaba.