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Atómica : perfecta coreografía ultraviolenta

La columna vertebral del relato es una sucesión de prolongadas secuencias de acción que el héroe afronta con rigurosa cara de palo. Escena tras escena...

Atómica : perfecta coreografía ultraviolenta
Alejandro Alegré

Para hablar de Atómica no está de más hacerlo primero de John Wick. Esencialmente un ballet macabro de dos horas de duración, protagonizado por Keanu Reeves en la piel de un matón retirado y por las docenas de esbirros a los que volaba la tapa de los sesos, aquella película surgió de la nada para erigirse en uno de los actioners más eficaces de los últimos años. Sin duda, era un mero ejercicio de estilo, pero qué estilo. 

El posterior anuncio de que los directores Chad Stahelski y David Leitch no iban a repetir tándem de cara a la secuela inicialmente se interpretó como señal de una ruptura. En realidad, se trataba más bien de una expansión del negocio: Mientras Stahelski se encargaba de rodar John Wick 2 Leitch dirigió Atómica, que no es igual pero más o menos lo mismo.

La película se sirve de un escenario más o menos familiar -Berlín en 1989, cuando el Muro está a punto de caer pero la batalla entre agencias de espionaje rivales sigue activa- y una trama que esencialmente es un MacGuffin -una lista que detalla las identidades de todos los espías, o algo así, que ha sido robada por la KGB y debe ser recuperada- para confirmar el ascenso de Charlize Theron a la élite de las estrellas de acción de Hollywood; es una posición que adquirió gracias a su magnífico trabajo en la piel de Imperator Furiosa en Mad Max: Furia en la carretera (2015).

La columna vertebral del relato es una sucesión de prolongadas secuencias de acción que el héroe afronta con rigurosa cara de palo. Escena tras escena, Theron se enfrenta a incontables bigardos de 100 kilos a razón de tres o cuatro a la vez, en callejones oscuros o clubes nocturnos tintados de neón o cines donde se proyecta Stalker, a menudo contando con la inestimable ayuda de mangueras de jardín o tapas de retrete o sacacorchos, sartenes y demás utensilios de cocina.

El talento coreográfico de Leitch queda perfectamente ejemplificado en la apabullante secuencia que da a Atómica su razón de ser. Durante casi ocho minutos, la heroína va despachando a un grupo de agentes enemigos a lo largo y ancho de las plantas y las escaleras y los comedores y las paredes mismas de un edificio de apartamentos de la Berlín Oriental, antes de emprender una huida automovilística entre la multitud. 

El director deja clara su habilidad manejando el espacio y poniendo a prueba las leyes de la física, y la aparente ausencia de cortes -la escena fue manipulada digitalmente para dar la sensación de haber sido rodada en un sólo plano secuencia- hace que nos resulte más fácil apreciar el brutal crescendo de la violencia y que, al final, el espectador esté igual de jadeante que los actores.

  Atómica no ignora el efecto físico causado por toda esa gimnasia: Theron y sus adversarios acaban las peleas hechos literalmente una piltrafa y envueltos de sangre, babas y moco. Leitch ha pasado 25 años trabajando como especialista en Hollywood y sabe mejor que nadie que ningún ser humano que se pase 10 minutos dando y recibiendo tortas es capaz luego de seguir hecho un pincel, como las películas de Bond a menudo nos quieren hacer creer.
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