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Cuando la familia se convierte en el nido del abuso sexual

Psicólogas coinciden en que mientras más dure el proceso penal contra los violadores las víctimas tardan más en superar el episodio y completar las terapias.

Cuando la familia se convierte en el nido del abuso sexual

Sergio Mendoza / Página Siete. Las terapias para las víctimas se las realiza en Sepamos y están a cargo de profesionales.

Sergio Mendoza / La Paz

En esta historia las víctimas tienen nombres ficticios. Antes de que llegaran ante el yatiri para que leyera su suerte y le dijera a la madre qué ocurría con su hija, Carmen, una muchacha de 11 años,  rompió en llanto y declaró que su padrastro la violó varias veces desde que ella tenía ocho. Durante  esos tres interminables años calló por temor a que si contaba lo que ocurría su agresor las echara a la calle.

Su padre murió cuando ella era una niña. Su madre conoció a otro hombre y desde ese momento él se mostró cariñoso con Carmen con el pretexto de que tenía la intención de ocupar el lugar del fallecido. 

Le pedía que viera la televisión con él mientras la abrazaba, le daba besos en la boca y conforme pasó el tiempo las cosas cambiaron. Para alegrarle el día le pidió una vez que le bese sus partes íntimas hasta que se consumó la violación.

El proceso penal contra el padrastro se inició en 2013 y se logró la detención preventiva del agresor. Ya con 17 años, Carmen y su madre llegaron en 2015 a Sepamos, una organización sin fines de lucro que trabaja en El Alto la temática de violencia sexual en niños y adolescentes.

"Ya estaban en juicio cuando vinieron. Ella estaba terminando sus estudios y no tenía tanta afectación emocional por lo que le pasó, pero sí estaba preocupada por su madre, porque gastó mucho en el proceso penal”, explicó una de las psicólogas de Sepamos, Cristina Castro.

La terapia no se concluyó debido a que los familiares del agresor mantenían frecuentes amenazas  contra Carmen y   su madre; por eso, ambas dejaron El Alto y se fueron a otro lugar del país, tal como era el deseo de la adolescente.

Largarse a cualquier otro lugar también era el objetivo de Iris. En 2014, a sus 17 años, escapó de su casa con un hombre de su zona que tenía 35 años.

 Su madre y padrastro descubrieron que quedó embarazada y le dieron una tunda por ese "atrevimiento”. 
Sólo lograron que ella escapara de nuevo con su pareja, de donde la rescataron con ayuda de las autoridades.
Una vez que la adolescente inició la terapia en Sepamos a fines de ese año, ella contó que prefería estar con el adulto que la había embarazado y soportar sus golpes cuando se embriagaba a quedarse en su casa, donde su padrastro  había abusado de ella desde que  era una niña.

La psicóloga que atendió este caso, Patricia Bazán, recordó que ni el padrastro ni el adulto, que habría incurrido en estupro, fueron procesados y que la víctima se quedó con su hijo y su madre. 

Fue una de las que culminó la terapia, que en su caso duró aproximadamente un año.

La coordinadora del Programa de Prevención y Atención de la Violencia Sexual contra Adolescentes y Niños, Rosario Mamani, señaló que cuando una víctima participa en el proceso penal contra su agresor, tarda más en recuperarse emocionalmente. 

"Un dato importante que hemos visto en estos años es que los casos que no tienen un proceso legal recuperan más rápido que los que tienen. Es que es una revictimización constante: declaraciones, audiencias. A veces nos han contado que la víctima fue puesta frente al agresor. Por eso, mientras el caso avanza por la vía judicial paralelamente se debe realizar el tratamiento psicológico”.

Ésa y la lentitud con la que avanzan los casos pueden ser una explicación de por qué la mayoría nunca llega a sentencia. 

Entre enero y junio de este año, Sepamos recibió 39 casos de violencia sexual; de éstos, sólo nueve cuentan con un proceso legal, el resto no, y eso que todos fueron de conocimiento de la Defensoría de la Niñez y Adolescencia en El Alto.

Pero la situación para la víctima puede ser aun más angustiosa cuando el agresor es o fue parte de la familia. De los 39 casos que recibió la organización mencionada, el 49% tenía como agresor a un familiar y el 31% a un conocido.

Castro explicó que es frecuente que las víctimas de violencia sean invisibilizadas en sus hogares. Los abusos sexuales o de otro tipo encuentran un espacio óptimo en los lugares disfuncionales, donde los roles de cada integrante no están claros y donde escasea la comunicación y la confianza. 

"No debe haber secretos entre padres e hijos. Las funciones deben estar bien distribuidas y esto generará que fluya la comunicación, haya pautas de comportamiento  y se incentive la autonomía e individualización de los miembros. Que  uno sea reconocido por los otros como una persona con derecho a comentar, hablar, compartir sus sentimientos y emociones en ámbitos que les involucren”.

Fue esta comunicación y confianza la que faltó en la familia de Melissa. Cuando tenía nueve años, sus padres la enviaban a dar  el desayuno a su abuelo cuando llegaba de visita desde los Yungas, donde vivía. 

Esto ocurría dos o tres veces a la semana. El anciano aprovechaba esos encuentros para abusarla sexualmente. Lo que la niña no sabía era que ella no era la única víctima. 

Después de un almuerzo, su hermana mayor, de 12 años, le confesó que ella también sufrió esos toques impúdicos. Más tarde, cuando la noticia se expandió en la familia, se supo que otras cuatro nietas de  entre 13 y 15 años pasaron por lo mismo.

Pero el abuelo nunca fue procesado ni Melissa concluyó la terapia psicológica. La opinión de su padre, de que era mejor dejar las cosas como estaban mientras el anciano no volviera a acercarse a sus hijas, se impuso a las malas. La esposa del agresor dijo que lo mantendría en los Yungas, alejado de las muchachas.

Mamani sostuvo que en un 10% de los casos que les llegan, las víctimas no concluyen el tratamiento, generalmente por la dejadez de los padres, lo cual constituye un riesgo ya que las heridas sin sanar que dejaron los episodios traumáticos pueden tener secuelas desastrosas, explicó Castro.

De que olviden lo que les pasó eso no ocurrirá, pero con la ayuda de especialistas pueden empoderarse y adquirir herramientas que les permitan mirar el futuro con optimismo, conscientes del suceso negativo en sus vidas, pero por encima de éste.

Castro aclaró: "Les aclaramos que a veces no es posible olvidar, nos gustaría tener una pastilla para darles y que olviden. Les hacemos entender que no lo olvidarán,  es un recuerdo negativo que lo tendrán pero que no les afectará en lo que hagan en su vida”. Las muchachas mantienen esa esperanza.

 


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