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Fue líder campesina, ropavejera y vendedora de ají

Sabina, la exprefecta alejada del MAS en su arresto domiciliario

La dirigente disidente que le ganó la Prefectura de Chuquisaca al MAS, pasó de servir en casas y vender ropa usada a ser autoridad y a moler ají. Ahora apela su sentencia.

Sabina, la exprefecta alejada del MAS en su arresto domiciliario

En el festejo tras su triunfo en la elecciones para la Gobernación de Sucre en 2008.

Leny Chuquimia /  Sucre
"Estoy tranquila,  no he hecho más que defender  a Chuquisaca, eso había sido un delito”, declara con seguridad Sabina Cuéllar     al recordar  la lectura de la sentencia que se realizó  en  Padilla, a 180 kilómetros de la ciudad de Sucre.
 La madrugada del 2 de marzo, el Tribunal de Sentencia de Padilla dictaminó seis  años de cárcel para 13 dirigentes acusados por instigación a la violencia y racismo en los hechos acaecidos el 24 de mayo de   2008. Aquella jornada, una protesta en contra del arribo del presidente Evo Morales al estadio Patria y la petición de  perdón por los muertos de la Calancha -cinco meses antes- terminó en el enfrentamiento entre chuquisaqueños, la vejación y humillación de campesinos.
"La sentencia, el juicio, todo ha sido injusto. A doña Sabina la gente de  Sucre, la ciudad, le tiene mucho aprecio”, dice el taxista que ya trasladó a otros periodistas hasta la vivienda donde la exprefecta guarda arresto domiciliario desde 2011.
La casa de Cuéllar se encuentra en un barrio modesto en la periferia de Sucre. Es de dos plantas -sin lujos- y tiene una ventana que da a la calle, desde la que  saluda todos los días a las patrullas policiales que  a las 12:00 o a las 18:00  controlan que ella "cumpla con su arresto”.
   "Qué bien que has venido, pasá waway”, es la frase   con la que doña Sabina  da la bienvenida mientras abre el portón.
Al interior hay dos  escalinatas   opuestas y varias puertas que dividen los espacios donde vive con cuatro de  sus 11 hijos: Ariel,  un premilitar;  Leonardo,   guardaespaldas de Evo Morales en los dos años previos a convertirse en presidente; y    dos gemelas que recién cumplieron  15 años. Del resto, cinco murieron y dos migraron.
 En su pequeña sala -a  dos semanas de aquel día en que la sentenciaron- ella guarda una copia de todo  el expediente del caso 24 de mayo. El legajo cuidadosamente ordenado reposa al lado de una Biblia, sobre  una mesa   en la que tiene algunas fotografías flanqueadas por la tricolor y la bandera blanca con la cruz roja. Sobre ellas, en la pared, un cartel hecho a mano con letras rojas que  dice: "No a la re-re-re-elección”.
"No hay luz, no sé qué ha pasado”, se disculpa, mientras juega con  un interruptor. La habitación es  oscura, por lo que la puerta permanece abierta.
Como marca de su tierra, luce un sombrero negro chuquisaqueño,  del que no se despoja ni al interior de su sala. Sus trenzas cada vez más delgadas ya tienen tintes blancos y sus manos se cargan de  arrugas y durezas típicas del trabajo esforzado.
       "Desde niña he aprendido a trabajar duro, primero la tierra, luego de empleada (doméstica), vendiendo ropa usada, como asambleísta, prefecta  y ahora moliendo y vendiendo ají”, dice sin dejar sus dedos quietos entre los pliegues de su pollera.    
  La menor de cuatro hermanos, nació en la comunidad  Ichupamapa, en Tarabuco, que ella describe como un  desierto vacío. Quedó huérfana de madre a sus dos años, por lo que    no asistió a la escuela. De sus hermanos "sólo el varón leía y escribía”.  
Fue la imagen del  programa de alfabetización "Yo sí puedo”  y, sin embargo, asegura que aprendió a leer  en un CEMA,  la  primera vez que llegó a Sucre a trabajar en una casa como empleada doméstica. "En tres meses vencí  primero básico y ahí lo deje; pero leo bien.  La Biblia  me ha enseñado”, asegura.
De una especie de billetera, en las que guarda sus documentos personales, saca una credencial con una foto en blanco y negro en la que doña Sabina tenía 16 años y se acredita como dirigente  campesina desde los 80. "Pero he dejado la política porque  en la dictadura de García Meza  han perseguido a mi familia”, dice.
Sin  estudios,  sobrevivir puede convertirse en   un "sufrimiento” que  Sabina decidió terminar. "Por eso me  traje a mis hijos a la ciudad; para que estudien y tengan las oportunidades que yo no tuve”.
Su primer  plan  era mandar  a sus hijos    y  quedarse en su tierra "pero mi esposo ya había muerto y qué iban a hacer sin mí”.
 Así, cambio el trabajo de la tierra por la venta de ropa americana. Ropa con la que generó ingresos y vistió a sus hijos. "Ahí he aprendido de marcas como Nike y a escoger fardos.  Esa ropa   duraba”, confirma con la cabeza.
   Constantemente recuerda a su padre -quien murió junto  a su esposo en 2001- en una emboscada de asaltantes que les robaron  el ganado que tenían. "Siempre voy a agradecer a mi papito, por como me ha criado y lo que me ha enseñado. Mi papá me ha enseñado a no mentir, no robar,  a no alzar ni una aguja ajena”.
Esa virtud que ella reconoce en su gente  fue uno de los motivos que la llevó a poyar la primera candidatura de Evo Morales, ya que el origen indígena y campesino del dirigente cocalero era para ella garantía de honestidad. "La gente decía ‘cómo ese indio va a ser Presidente’ y yo  les decía que en el campo criamos distinto a nuestros hijos:  no mienten, no roban y trabajan duro”.
        Durante meses, en el 2005, en la misma sala donde ahora cuenta su vida, doña Sabina pasaba las noches cosiendo banderines azules y negros, orando al borde del llanto, postrada en rodillas,   para que  "un líder de  los  pobres” sea presidente. Oró tal como hizo décadas antes  para que su esposo recupere la vista, el  milagro  que la convirtió  en evangélica.
   "Yo decía: Dios, si él (Morales) es presidente, ya no va a haber pobreza ni dolor, mi gente ya no va a llorar”. Hoy, alejada del MAS y acusada de haber "traicionado al movimiento indígena campesino”,  confiesa que aún ora por él.
 "Le pido que le cambie el corazón, pero no sé si mis oraciones  llegan. Tal vez la víbora con la que tiene que soñarse para que le vaya bien no lo permite”, dice a risa  suelta  antes que la sirena de una patrulla   policial   en su puerta -hoy en un horario inhabitual-  interrumpa  su relato.
 A una cuadra de su casa, desde una rotonda de la avenida Okinagua, una vigilia  de amigos y familia la esperó  desde la noche previa a la sentencia    hasta su retorno.  "Todo va a estar bien,  creemos   en ti”, le dijeron.
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