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Bandera y polleras flamean por La Paz en el Huayna Potosí

La concejala Beatriz Álvarez subió a la montaña para vivir de cerca la labor de las cholitas escaladoras. En lo alto, pusieron a flamear la bandera de La Paz.

Bandera y polleras flamean por La Paz en el Huayna Potosí

Foto: Leny Chuquimia / Página Siete.En pleno ascenso. La concejala Beatriz Álvarez (manta amarilla) formó parte del equipo.

Foto: Leny Chuquimia / Página Siete. En pleno ascenso. La concejala Beatriz Álvarez (manta amarilla) formó parte del equipo.

Leny Chuquimia  / La Paz 
 
El pasado viernes, ocho de las 16 cholitas escaladoras subieron al Huayna Potosí junto a la concejala Beatriz Álvarez (también de pollera) para ofrecer una mesa de agradecimiento a la montaña, mostrar su actividad, recibir la noticia de su condecoración y poner a flamear la bandera paceña por el aniversario de la Revolución del 16 de Julio.  Las dignas representantes de las polleras hicieron gala de su fuerza.
 
En internet, referencias  turísticas presentan al Huayna Potosí como la montaña de más de 6.000 metros sobre el nivel del mar más fácil de escalar. Aseguran que un turista sin experiencia puede ascender sin problema alguno, más que el de la altura. 
 
Esta presentación debería dar ventaja a los paceños que vivimos a 3.600 msnm y tenemos en nuestra fisonomía una adaptación perfecta para vivir en la montaña.  Sin embargo, una vez ahí se aprende a tenerle respeto y que el reto no es para cualquiera. 
 
Con la sensación de que el corazón late por detrás de las orejas por el esfuerzo físico que requiere la pendiente rocosa en la que apenas se ven los primeros rastros de nieve, la labor de las mujeres que sin dejar sus polleras ascienden sin siquiera agitarse -y dejándonos varios metros  atrás- se vuelve titánica ante nuestros ojos.
 
Como flotando sobre sus polleras, unos atados multicolores apenas se balancean sobre sus espaldas. Suben y bajan por rocas gigantescas. Algunas apoyadas en bastones puntiagudos se equilibran por senderos de apenas medio metro de ancho al borde de la montaña. 
 
Dentro de sus aguayos llevan grampones, botas plásticas, arneses, metros y metros de sogas, piolets y  otros instrumentos de escalada difíciles de memorizar. Además  de aspirinas, chocolates y termos con sultana o mate de coca caliente "por si acaso a alguien le da mal de altura”.
 
¿No les duele la cabeza?, ¿no están muy cansados? Son las preguntas que doña Lidia Huayllas, una de las impulsoras de las "Cholitas Escaladoras”, repite con mucha ternura cada cierto tramo al grupo que  sigue su proeza, que ahora -por los acompañantes- apenas llegará a ascender a un glacial sobre los 5.000 metros. 
 
La única que puede seguirle el paso es la concejala Álvarez, que camina entre ellas con tranquilidad.  "Ellas van a ser condecoradas en la sesión de honor del 16 de julio. Por eso hemos venido a ver de cerca la actividad que realizan y viven en el Huayna. Es una labor que requiere de mucha fuerza”, señala la autoridad. 
 
Desde que salimos de El Alto, Dora Maguey, otra de las escaladoras, nos enseñó a pedir permiso de los apus y achachilas con coca y alcohol en diferentes lugares para que nada nos pase.
 
Después de casi una hora y media de ascenso, primero por un paisaje rocoso y luego por riachuelos congelados rodeados de nieve, en un tercer descanso  se prepara el último permiso con una ofrenda para la montaña, a la Pachamama y al Tío del Huayna.  Aquí, debajo de la nieve, ya no hay rocas sino hielo.
 
En este último descanso a 4.900 metros de altura  todo el grupo se equipa -además del casco, las botas de huella profunda y los bastones- con unas botas plásticas  a las que se acomodan una especie de garras metálicas (grampones), arneses y cuerdas.
 
Luego que el fuego ha consumido gran parte de la mesa a la Pachamama,  El Choco, como quiere que lo  llamemos,  esposo de otra de las montañistas, pasa a medir la presión de todo el grupo. "Es importante porque si la presión se les dispara tenemos que bajar de inmediato”, explica. 
 
Agustín Gonzales, guía experimentado y esposo de Dora, acompaña y ayuda en el avance, al igual que el resto de los  esposos, como Eulalio Gonzales. 
 
En  el camino Agustín aconseja con profundo cariño a su hija Analía que también escala.
 
Emprender la subida con sogas y el equipo, además de todas las capas de ropa que nos aislan del frío, requiere un esfuerzo aún mayor. Los pies fácilmente se hunden en 40 centímetros de nieve, que en algunos sectores cubren grietas de hielo que pueden tener de 10 a 20 metros de profundidad. 
 
Aquí no hay más sonido que el silencio de la montaña, que en algún punto se interrumpe por un bramido siseante que los guías aseguran es una avalancha en algún punto del nevado. Al llegar a una pared blanca de cinco a
seis metros de alto nos dicen "hemos llegado”.
 
Junto a don Eulalio y algunos esposos suben a la cima de este glacial para tender otras sogas con las que las cholitas y algunos acompañantes "que se atrevan” puedan escalar en un glacial en un ángulo de casi 90 grados. Las cholitas son las primeras y lo logran con aparente facilidad que nos invita a probar.
 
Este reto es solo una pequeña muestra y práctica para poder hacer cumbre en el Huayna Potosí, sin embargo, cumplirla no es fácil.  A los escasos tres metros de haber avanzado los brazos parecen rendirse y las piernas no encuentran las fuerzas para clavar las garras en el hielo, donde todo resbala, dándote la sensación de estar colgado en medio de la nada con la opción de soltarte y caer o seguir subiendo.  
 
"Igual es al subir a la cumbre, antes de llegar da ganas de rendirse, pero hay que seguir porque vale la pena. La sensación de conquista es hermosa”, dice Analía.
 
Llegar a esa pequeña cima es increíble y nos hace pensar en lo que habrá en la cima del Huayna. Desde lo alto se ve la neblina por debajo y la sombra de las  nubes que pasan velozmente sobre las cabezas. 
Ahí en lo alto la concejala escoltada de las escaladoras levanta la bandera paceña  que se bate fuerte con el viento.
 
"También hemos querido venir porque es el mes aniversario de La Paz y este imponente nevado es parte de nuestro macrodistrito de Zongo.  Es parte de nuestra La Paz”, dice Álvarez con una enorme sonrisa de alegría.
Entre las nubes  el rojo y verde, la bandera de La Paz, flamea sobre un glacial. Junto a ella los pliegues de nueve polleras y los flecos de sus mantas se baten incansables.
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