La explosión que mató a ocho personas no detuvo al Carnaval

“Desde lejos se escuchan sordamente los tambores y las trompetas del Carnaval. Allí la gente baila, canta, grita y se divierte”, relata el periodista suizo.
lunes, 12 de febrero de 2018 · 02:04

Samuel Misteli /  Enviado a Oruro


El silencio es irreal. Policías y bomberos se mueven como sombras entre los escombros, nadie habla.

El técnico de la escena de crimen, vestido todo de blanco, parece un fantasma que ambula por la escena del desastre. Sus ojos buscan  piezas de evidencia que puedan aclarar lo que ha pasado en la esquina Bakovic y Cochabamba. De vez en cuando se agacha y levanta una pieza de metal o de tela. 


Desde lejos se escuchan sordamente los tambores y las trompetas del Carnaval. Allí la gente baila, canta, grita y se divierte. Gente que sabe o no sabe lo que ha pasado a unas pocas cuadras. Los que están reunidos en la esquina del accidente, una hora después de la detonación horrorosa, si es que hablan, sólo lo hacen a murmullos. Como si no habría que interferir con los festejos. Ocho muertos, entre ellos cuatro niños, y 40 heridos  se han confirmado hasta esta hora. 


La luz amarillenta ilumina débilmente los escombros dispersados por docenas de metros. Los flashs de las cámaras de los fotógrafos la aumenta por fracciones de segundos. Metal despedazado, vidrios fragmentados, plástico desgarrado por todos lados, botellas también y chocolates. Unos periodistas se agachan junto a un refrigerador de cerveza tan torcido que sólo se sabe qué era por la letra Paceña.

Una del grupo indica con el dedo un objeto en el suelo, supone que es un pedazo de carne humana.


Hay gente remanente de la tragedia que no se ha retirado todavía. Una vendedora está acurrucada dentro de su puesto de venta. Está mirando el suelo, no es capaz de hablar. Un hombre dice que es familiar suyo, que ella lo llamó de inmediato después de la explosión. Pensó que había sido una bomba, estaba aterrorizada.


Unos metros más allá una comerciante llora de manera descontrolada frente a unos periodistas. Entre sollozos cuenta que estaba dormida en el interior del puesto cuando despertó por  la explosión. 


Se dio cuenta que había un niño a su lado. “Cuando alcé a la guagua, me di cuenta que estaba destrozada. No daba señales de vida”, dice. Repite una y otra vez su historia, como si de esta manera pudiera hacer comprensible lo ocurrido. Da gracias a Dios que ella siga viva. Una periodista la trata de consolar, mientras sus compañeros se apartan para recoger más testimonios.


El comandante de la Policía de Oruro, Romel Raña, rodeado de cámaras y grabadoras, explica que la tragedia fue causada por la mala manipulación de una garrafa de gas. Con voz monótona enumera las víctimas, su emplazamiento y sus lesiones. Tarda varios minutos en llegar al final de la lista. Mientras habla, se sigue escuchando sordamente el ruido del Carnaval, donde la gente baila, canta, grita y se divierte. Seguirán festejando por horas, sepan o no sepan lo que ha pasado a unas pocas cuadras.

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