En todo el mundo se debate el derecho de los periodistas de criticar lo que gusten

Charlie Hebdo logró su propósito: imponer la libertad de expresión

La idea de la revista de que todas las religiones y, en general, todas las posiciones ideológicas pueden y deben ser banalizadas, es un aporte enorme a la democracia.
viernes, 16 de enero de 2015 · 19:43
Raúl Peñaranda U. / Aldea Global

Donde sea que esté, Stephane Charbonnier, asesinado por islamistas, debe estar satisfecho. Aunque él era ateo, igual que yo, me gusta imaginarlo en el Paraíso, sonrojando a los ángeles con su humor temerario y contento con lo que logró. Aunque haya sido a costa de su vida. Es probable que su inmolación se convierta en un punto de inflexión que ayude a democratizar a las sociedades europeas y, más importante, las musulmanas.
Su idea de que todas las religiones y, en general, todas las posiciones ideológicas pueden y deben ser banalizadas, es un aporte enorme a la democracia. Aunque ello ofenda a determinados grupos. Su otra idea central era que él se sentía obligado a cumplir la ley francesa, no las normas del islam, que prohíben representar de ninguna manera a Mahoma. En esto, Charb, como era conocido, siguió la línea del director anterior de la revista, Philippe Val, que fue quien, en 2005, reprodujo las caricaturas de Mahoma que habían sido publicadas un poco antes en el periódico danés Jyllands-Posten; pero, especialmente, seguía la línea de argumentación de Flemming Rose, entonces director de ese diario. Una religión, dice esa visión, no debe ser sacralizada y sus normas no pueden imponerse en personas que no siguen esa creencia.
 
La religión, sólo un relato
Los líderes del islam deben entender aquello, que han entendido los del catolicismo, el judaísmo y otras creencias religiosas en los últimos tres siglos y medio a duras penas y por la fuerza: un relato religioso determinado es uno más de tantos que existen en el mundo, no es ni superior ni verdadero, en el sentido de que toda persona tiene derecho a libertad de conciencia, de pensamiento y de disenso. Charb, entonces, con todo lo que tenía de izquierdista y de su respaldo público al Partido Comunista francés, creía en una idea profundamente liberal: nadie puede tener siempre la razón y ninguna persona puede estar equivocada todo el tiempo. Si eso cierto, todos y todo puede ser criticado, banalizado, menospreciado.
 
Romper los límites
Charlie Hebdo, primero encabezada por Val y luego por Charb, presionó, y rompió, todos los límites. Sus caricaturistas fueron groseros, grotescos y ramplones, a la vez de agudos e irónicos. Recibieron críticas porque no sólo se rieron de las religiones, sino de los políticos y los empresarios, pero fueron aún más allá, burlándose incluso de los discapacitados. No se puede ir más lejos. A Charb le gustaba citar a George Orwell: "Si algo significa la libertad es decirle a la gente lo que no quiere oír”.
Pero el centro del debate fue su posición contra el islam o, mejor, contra una visión especifica del islam, la más cerrada y radical. Los representantes de otras religiones, y los jefes de prensa de todos los demás sectores que cayeron en manos de la revista, se quejaban de lo que consideran excesos y atropellos. Pero eran los extremistas islámicos los que lo amenazaron, incendiaron su revista y lo pusieron en su "lista de pena de muerte” que distribuyen en las redes. Porque los líderes principales del islam no han pasado por el mismo aprendizaje que sí han tenido los católicos o protestantes en Europa. La Revolución Inglesa declaró la decapitación del rey Carlos I aseverando que "no hay hombre sobre la ley”, incluso si éste aseguraba que fue Dios quien lo puso en el poder. La Revolución Francesa terminó por establecer la idea de que la Iglesia Católica y, de hecho, ninguna iglesia, está por encima de la ley civil y que no debe tener privilegios. Poco antes, la Revolución Norteamericana, menos virulenta, dejó en claro que debe existir, para que se sienten las bases de una verdadera democracia, separación entre Estado y religión. Lo anterior no quiere decir que el secularismo es siempre positivo ni tolerante, como lo demostraron los regímenes comunistas de Europa y lo siguen reflejando hoy decenas de dictaduras en el mundo.
Pero esas revoluciones liberales que pusieron límites a la religión, muchas veces haciendo derramar sangre a raudales, no existieron en el mundo árabe-musulmán. Algunos lograron ser más seculares que otros, como Egipto y Túnez, pero otros tienen dictaduras de tipo religioso-monárquico como la de Arabia Saudita. Y aunque algunos países árabes han logrado tener constituciones más tolerantes, en general todas sostienen al islam como religión oficial y obligan a sus ciudadanos a vivir bajo esos preceptos. En el resto de los países musulmanes la situación es diversa, con la mayoría de ellos seculares como Turquía, Albania o Kirguistán.
Banalización de la religión
Las visiones más radicales del mundo musulmán han intentado siempre imponer su estrecha visión de la realidad no sólo dentro de sus sociedades, sino fuera de ellas. Por eso, por ejemplo, su "prohibición” de que se pueda retratar a Mahoma en cualquier país del mundo.
 Cuando Flemming Rose lo hizo en su diario danés, se produjeron manifestaciones en varios países del mundo, fueron atacadas y quemadas las embajadas danesas en muchos países árabes y, en las refriegas, murieron decenas de personas. Cuando Charlie Hebdo y otras revistas reprodujeron esas mismas caricaturas unas semanas después, el revuelo se produjo otra vez, pero de manera menos violenta y extendida. Y desde entonces, con la idea de Charbonnier de publicar periódicamente caricaturas que representan a Mahoma, las críticas y las protestas fueron cada vez menos. No se pueden organizar manifestaciones en El Cairo y Trípoli todas las semanas… Aún más, el asesinato de Charbonnier y de otras 11 personas en París en el atentado contra la revista, promovió que miles de periódicos y páginas web del mundo, incluido Página Siete, publiquen esas caricaturas de Mahoma; incluso diarios como los alemanes y el New York Times, que no lo habían hecho antes para evitar represalias del mundo islámico, lo hicieron. Y los cinco millones de ejemplares puestos a la venta el miércoles 14 se agotaron en pocas horas. Es exactamente lo contrario de lo que los grupos terroristas islamistas deseaban. Y con todo esto se logró empezar con la tan deseada banalización de la fe musulmana que buscaba Charb.

Como señala el analista argentino Héctor E. Schamis en la página 7 de este suplemento, "el derecho a la blasfemia es el derecho a considerar al dogma religioso como una narrativa como cualquier otra”. Lo entendieron a sangre y fuego los franceses con su revolución de 1789. El sacrificio de Charbonnier y sus colegas quizás ayude a que el mundo islámico lo empiece también a entender.

Interculturalidad en el centro del debate

Moira Zuazo*

Cuando recién comenzaba el año París reaccionó horrorizada con la noticia del atentado terrorista contra la revista Charlie Hebdo, en el que murieron asesinadas 12 personas.
Del miércoles 7 de la tragedia, al viernes siguiente, concurrieron hechos que pintaron una imagen de conjura: toma de rehenes en un pequeño mercado judío a manos de un terrorista islamista, búsqueda intensa de los perpetradores de la muerte en la revista y después, el desenlace: hallazgo y muerte de tres terroristas que ocasionaron los ataques y asesinato de cuatro de los rehenes que se encontraban en el supermercado.
El desenlace global es el que trae una cola más larga y sobre el que quiero mencionar algunos aspectos. Por una parte observamos un cuadro de condena mundial al ataque y una marcha multitudinaria en París en que, compartiendo la primera fila, en un cordón humano de brazos entrelazados, participan importantes líderes políticos del mundo. Este cuadro le permitió afirmar al presidente francés François Hollande: "París se ha convertido hoy en la capital del mundo”. Sí, esos líderes se abrazan, pero ¿conviven?
La condena mundial nos deja entrever un resquicio para la esperanza y se instala la pregunta: ¿cómo podemos vivir juntos de manera pacífica? Un primer consenso es que la respuesta pasa por renunciar a la violencia, renunciar a callarle a tiros la boca al otro/a.
La marcha multitudinaria de apoyo a la democracia y de repudio a la violencia que congregó a millones de musulmanes franceses, judíos franceses, franceses de color y franceses blancos es un acto que nace de la impotencia, es la construcción de la ilusión de la unidad en la calle, unidad que es negada por la realidad de una sociedad fuertemente segmentada producto de la debilidad de las instituciones europeas, no solo francesas, de tomar en serio y gestionar con éxito los grandes desafíos de las sociedades multiculturales para construir efectivamente la interculturalidad.
El presente es el tiempo de achicamiento del mundo al tamaño de una aldea en el que debemos convivir, codo a codo, gentes que cargamos historias, culturas, creencias religiosas y formas de enfocar el mundo abismalmente diversas. La pregunta es ¿cómo construir en cada aldea un mundo intercultural en que quepamos todos?
Un rincón donde pocos miran son las historias particulares de estos fracasos institucionales de construir interculturalidad; cuando atisbamos la historia de los tres terroristas abatidos vemos que son franceses nacidos y crecidos en Francia, lo cual nos lleva a preguntarnos por su Estado y la capacidad de sus instituciones (especialmente el sistema de educación) para abrir oportunidades a los hijos de migrantes. Un dato importante es que entre los inocentes muertos uno era un policía de religión musulmana y de origen argelino. Otro, un empleado maliense y musulmán que salvó a varias personas en el supermercado judío. Son historias de integración y pertenencia.
Pero no se avanza en construir sociedades interculturales si se demoniza al otro, ni siquiera si es un asesino terrorista, pero este diálogo necesario solo es posible en una sociedad abierta y es en este punto que queda claro cual es la importancia y el rol de una prensa libre; el único límite de ésta debe ser la ética y la crítica social que otorga respeto a quien se lo gana o desprecio a quien no se lo merece.
¿Qué lecciones deja París? Charlie Hebdo es una revista de humor extremo, provocador, una revista irreverente contra los poderosos de turno, contra las religiones, bajo su lápiz han pasado desde Cristo hasta Mahoma. ¿Debe tener límites la libertad de expresión? Y la respuesta es "no”, pues esa es la única forma de construir sociedades interculturales que funcionen y que no lo sean solo de nombre. La base de la convivencia es la libertad de que todos puedan pensar, decir, dibujar, creer y crear libremente.
Una comunidad intercultural es aquella en que el respeto y el reconocimiento mutuo han hecho carne en la vida de los ciudadanos de a pie y esto solo es posible en el escenario que se abre en una sociedad abierta en que el ejercicio de libertad permite la construcción de un orden que no silencia el discurso por presiones de los poderosos o a través del miedo.

Es doctora en Ciencias Sociales  y coordinadora de diálogo político de la Fundación Ebert.

Pesar en el  mundo islámico

Aldea Global / Agencias

Mientras 700 mil ejemplares de la revista  Charlie Hebdo se agotaron en minutos en una Francia sedienta de seguir apoyando a sus caricaturistas fallecidos en el atentado terrorista del 7 de enero, la comunidad musulmana reaccionó con una mezcla de frustración e ira ante el contenido de la publicación.
En la portada de la revista aparece nuevamente un dibujo de Mahoma, algo que los musulmanes consideran insultante porque, según su opinión, el profeta de su religión no puede ser representado de ninguna manera.
Otros 4,3 millones de ejemplares se distribuirán en las próximas semanas, dijeron los editores de la revista.
Las reacciones vinieron tanto desde sectores islámicos moderados como radicales y también de líderes católicos y cristianos coptos. El papa Francisco afirmó que asesinar en nombre de Dios es una "aberración”, pero insistió en que "la libertad de expresión” no da derecho a "insultar” la religión del prójimo. El patriarca de los cristianos coptos de Egipto, Tawadros II, afirmó que "rechazaba” la portada del semanario satírico. "El insulto es rechazable a todos los niveles”, indicó.
Decenas de gobiernos islámicos, además de intelectuales y artistas de esa religión, criticaron el deseo de Charlie Hebdo de "provocar de manera gratuita” al Islam y empobrecer, así, la posibilidad de un diálogo interétnico e interreligioso en el mundo.         

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